COMENTARIO: La verdad importa, los medios importan y los seres humanos nunca son meros instrumentos — ni siquiera cuando el objetivo es culpable y la tentación de "hacer algo finalmente" es abrumadora. 

Las noticias de este fin de semana procedentes de Venezuela cayeron como un trueno. El presidente Trump y su equipo describieron lo que parece ser una operación casi impecable como una acción de aplicación de la ley vinculada a acusaciones en Estados Unidos. 

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Sin embargo, Trump también habló en el lenguaje del control: que Estados Unidos dirigiría Venezuela hasta que esté "lista" para valerse por sí misma. También cuestionó la posición de María Corina Machado, una figura destacada de la oposición, sugiriendo que no es respetada por el pueblo venezolano. 

Esa combinación —lenguaje de aplicación de la ley, lenguaje de tutela y un ataque público a la oposición— desencadenó reacciones previsibles. ¿Qué quiere decir Trump con "control"? ¿Tenía la autoridad para extraer a funcionarios venezolanos? 

Algunos vitorearon. Otros condenaron. La mayoría de la gente eligió un bando antes de conocer los hechos. Los católicos deberían resistir este reflejo. 

No porque seamos ingenuos ante el mal. No porque no entendamos las amenazas. Sino porque la Iglesia enseña algo inconveniente en un mundo adicto a las consignas y, hoy en día, a los resultados instantáneos: la verdad importa, los medios importan, y los seres humanos nunca son meros instrumentos —ni siquiera cuando el objetivo es culpable y la tentación de "hacer algo finalmente" es abrumadora. 

¿Cómo llegó Venezuela a este punto? 

Para entender este momento, la realidad de Venezuela importa. El sistema conocido como "chavismo" entró a través de las urnas en 1998. Luego, con la ayuda de Cuba, Hugo Chávez y sus seguidores vaciaron sistemáticamente las instituciones democráticas de Venezuela que hacen que las elecciones tengan sentido. 

Venezuela no ha sido un Estado-nación normal desde aquellas elecciones de 1998. Independientemente de lo que se piense del orden político anterior a Chávez, el proyecto que lo sustituyó ha sido brutal para el pueblo venezolano: presos políticos, cámaras de tortura, rehenes, medios de comunicación censurados, tribunales convertidos en armas, colapso económico, escasez, exilio forzoso y la humillación constante de la vida ordinaria. 

Plataforma geopolítica con rostros cambiantes 

Venezuela no sólo sufre una mala gobernanza interna; se ha convertido en una plataforma. En opinión de los expertos —y en la experiencia vivida por muchos venezolanos— Cuba, por ejemplo, se ha "instalado" dentro de la arquitectura de seguridad de Venezuela, con la ayuda y asociación de Rusia, China y, según algunos, Irán. 

Venezuela no es simplemente una "cuestión electoral". Es un sistema de supervivencia de partido-Estado, endurecido por patrocinadores externos y reforzado por conocimientos de seguridad e inteligencia importados del extranjero. Maduro no es un santo. 

Y Chávez —muerto hace ya más de una década— sigue siendo tratado por muchos como una especie de presidente espiritual en la imaginación nacional. No al estilo de una deidad norcoreana, sino lo más cerca que suele estar el mundo político de América Latina: una figura mítica cuya imagen sirve como prueba de lealtad, un símbolo que sobrevive al hombre. Eso importa porque nos dice algo aleccionador: eliminar a un líder no desmantela automáticamente el sistema. Los sistemas sobreviven sustituyendo rostros. 

Medios y fines 

Los católicos nunca deben dejarse impresionar por el poder terrenal. La Iglesia está llamada a insistir en la verdad y la claridad moral, especialmente cuando las emociones están a flor de piel. Incluso un tirano no pierde su dignidad humana. La justicia no es venganza. 

La imaginación moral cristiana rechaza la mentira más tentadora de la política: que porque el fin se siente justo, los medios son automáticamente limpios. No lo son. Los católicos pueden reconocer el sufrimiento de los venezolanos y el peligro de la influencia hostil en nuestro hemisferio y seguir insistiendo en que cualquier uso de la fuerza debe ser juzgado por normas morales: proteger a los inocentes, limitar el daño y mantener el poder bajo disciplina. 

El Papa León XIV expresó su "profunda preocupación" por lo que está ocurriendo en Venezuela y subrayó que "el bien del querido pueblo venezolano debe prevalecer sobre cualquier otra consideración. Esto debe conducir a la superación de la violencia y a la búsqueda de caminos de justicia y paz. Rezo por todo esto, y les invito a rezar también". 

Es con esa profunda preocupación que debemos seguir los acontecimientos en Venezuela y, de hecho, en todas las Américas. Por eso, la primera postura católica ante un acontecimiento como este debe ser la prudencia: aún no sabemos lo suficiente como para declarar una victoria moral, y quizá nunca lo sepamos. Necesitamos la verdad sobre los objetivos, los métodos, los límites y lo que vendrá después. 

Subsidiaridad 

La doctrina social católica nos ofrece un concepto útil en este sentido: la subsidiariedad. Las decisiones deben tomarse al nivel competente más bajo, lo más cerca posible de las personas afectadas. 

Una república que respeta la subsidiaridad no anuncia casualmente que gestionará el futuro político de otra nación por decreto. Por tanto, si Washington quiere legitimidad regional, debe buscar la legitimidad regional. Utilizar el marco interamericano. Construir una coalición de socios dispuestos entre las naciones responsables. Exponer el caso en el hemisferio, no sólo en Washington. 

Un hemisferio de consecuencias 

Sí, Venezuela tiene petróleo. Cualquier lector serio debería asumir que el petróleo influye en la mentalidad de las grandes potencias. Actualmente, ese petróleo ha sido despilfarrado por un sistema socialista que llevó a la ruina a un país rico. Pero la cuestión más importante es geopolítica. 

No se puede entender a Venezuela sin centrarse en su política exterior: sus asociaciones deliberadas con los adversarios de Estados Unidos y cómo esas asociaciones convierten al país en una plataforma antiestadounidense. No se trata simplemente de un dictador en Caracas; se trata de si el hemisferio se convierte en una base segura desde la cual potencias hostiles pueden socavar a Estados Unidos y a sus vecinos. 

Sabemos muy poco inmediatamente después de una operación como esta. Pero sabemos lo suficiente para decir esto: los responsables políticos estadounidenses deberían prestar más atención, y el resto del hemisferio también. La negligencia es el modo en que las potencias externas se instalan, cómo las redes criminales hacen metástasis y cómo los dictadores se consolidan. 

Los católicos no tienen por qué fingir que el chavismo es un programa político normal, o que Venezuela es simplemente una democracia desordenada que necesita mejores observadores electorales. Los Estados-partido utilizan las elecciones como gestión, no como consentimiento. Centralizan el poder, vacían las instituciones y castigan la disidencia. No se limitan a "perder" y marcharse. 

Verdad y justicia 

Pero los católicos tampoco deben ser reclutados para una historia simplista donde las únicas opciones morales son "aplaudir todo" u "oponerse a todo". El papel de la Iglesia es más antiguo y profundo: insistir en la verdad, exigir moderación, mantener la protección de los inocentes en el centro y presionar a todos los actores hacia la paz con justicia. Eso se traduce en expectativas concretas: 

  • Decir la verdad sobre lo que se hizo y por qué, sin propaganda. 

  • Definir límites: objetivos, cronograma, vías de salida y quién gobierna en el día a día. 

  • Proteger a los civiles como un deber moral, no como una línea de relaciones públicas. 

  • Si el pueblo venezolano así lo elige, estar listos para apoyar una transición delimitada que sea de propiedad local, no una gestión permanente desde el extranjero. 

  • Mantener la realidad humanitaria en primer plano: refugiados, escasez, represalias y la vulnerabilidad de la sociedad civil y de la Iglesia. 

Sí, rezar seriamente: por Venezuela, por la Iglesia en Venezuela, por la seguridad de los inocentes y por la prudencia de los líderes aquí y allá. Porque la distinción final que la política moderna odia es esta: la fuerza no es lo mismo que la dominación, y la justicia no es lo mismo que la venganza. 

Si olvidamos eso, no sólo perderemos credibilidad moral, sino también sabiduría estratégica en el mismo hemisferio que no podemos permitirnos perder. 

Traducido y adaptado por el equipo de ACI Prensa. Publicado originalmente en el National Catholic Register.