Casi 800 venezolanos permanecen presos por motivos ideológicos en diferentes cárceles de Venezuela. La Iglesia Católica, en medio de esta triste y dolorosa realidad, busca brindar consuelo a decenas de familiares que hacen vigilia en las afueras de los centros de reclusión, esperando confiadamente la liberación de sus seres queridos.
El P. Honegger Molina es uno de los sacerdotes que valientemente acompaña a estas familias. Esta semana, visitó las cárceles de El Rodeo y Tocorón, dos de los principales centros de tortura del sistema chavista, según denuncian activistas y exdetenidos. El P. Molina es párroco de la Anunciación del Señor, al este de Caracas.
Recibe las principales noticias de ACI Prensa por WhatsApp y Telegram
Cada vez es más difícil ver noticias católicas en las redes sociales. Suscríbete a nuestros canales gratuitos hoy:
“Sin la fe, sin la esperanza y sin la confianza en Dios sería imposible transitar en estos días y seguir de pie”, dijo el sacerdote en una entrevista con ACI Prensa. Además, asegura que una de las características más impactantes de estas personas es que no tienen odio ni rencor en sus corazones, a pesar de todo su sufrimiento.
Desde la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores, el gobierno chavista —ahora dirigido provisionalmente por Delcy Rodríguez— anunció la liberación de presos políticos como una iniciativa dirigida a promover la reconciliación nacional. Sin embargo, después de dos semanas, las excarcelaciones han ocurrido a cuenta gotas, dejando a cientos de familias en la incertidumbre.
“La fe es el motor fundamental que sostiene a la gente”, aseguró el P. Molina. En sus visitas a El Rodeo y Tcoorón, pudo constatar que muchas familias son “católicas fervorosas” y se dedican a rezar el Rosario durante el día. “Se aferran profundamente a Dios y a la espiritualidad”, añadió.
“Es lo que los ha llevado a estar noche y día, con muchas horas sin comer y a la intemperie, bajo el sol y la lluvia, expuestos al dolor y a la enfermedad —porque algunos se han enfermado—; eso ha hecho que sus cuerpos estén débiles, pero su alma y su espíritu están fuertes en Dios”, comentó el sacerdote.

Algunas madres no volvieron a ver a sus hijos. Carmen Dávila, de 90 años, falleció tan solo horas después de que su hijo, el médico Jorge Yéspica, fuera liberado el 20 de enero. Carmen había participado activiamente en las campañas orientadas a lograr la excarcelación de Jorge.
Otro caso, el de Yarelis Salas, de 38 años, quien murió a las afueras de la cárcel de Tocorón mientras esperaba la liberación de su hijo de 22 años, Kevin Orozco, detenido en el marco de las protestas desatadas después de las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024. A pesar de que las autoridades no se han pronunciado oficialmente, activistas en redes sociales informan que Yarelis sufrió un infarto.
El párroco Molina explica que una de las mayores dificultades a las que se enfrentan estas personas es la indefensión judicial. “No tienen a quien acudir. El Estado venezolano no les da apoyo ni seguridad jurídica o legal. Eso no existe. Los casos pasan de una instancia a otra e incluso a los presos los trasladan de una cárcel a otra sin previo aviso”, indicó.
“Los procesos que hay para ingresar a las prisiones y poder ver a sus familiares son de mucha humillación, su dignidad humana se ve mancillada, vejada. En el caso de las mujeres, todo lo que es la requisa, la revisión personal. De igual manera los hombres”, agregó.
Incluso los platos de comida que llevan los familiares muchas veces no llegan a sus seres queridos. Todo esto, dijo el P. Molina, aunado a no saber si saldrán o a cuántos años de prisión serán condenados, impone sobre estas personas un sufrimiento casi insoportable.
“Dios se descubre en la mirada esperanzada de esta gente. Ellos son reflejo del Dios sufriente, del Dios que carga con la cruz camino al Calvario, del Dios que abraza el dolor de la humanidad en su propio cuerpo. Esta gente sufre todo lo que significa el sistema penitenciario venezolano y sufre la ausencia de un ser querido en la casa”, aseguró el párroco venezolano.
Muchas de estas personas han abandonado sus obligaciones diarias, sus trabajos y sus responsabilidades por visitar a sus seres queridos. Muchos tienen que venir del interior del país hasta Caracas, sacrificando su tiempo y su tranquilidad. “La cruz pesa mucho”, dijo el P. Molina, pero remarcando que es llevada con esperanza en medio del dolor.
La Iglesia, asegura, siempre ha estado presente en la voz de los obispos. En el último tiempo, el episcopado venezolano no se ha cansado de exigir la liberación de todos los que están presos injustamente y de invitar a los venezolanos a no resignarse ante el mal.
El sacerdote puntualiza que, si alguno de los presos ha cometido algún delito, debe ser castigado según el debido proceso, pero de no ser así —“como la mayoría de estos casos, que son públicamente comprobados que están allí solo por expresar su pensamiento, eso no puede ser”—.
“La Iglesia va a seguir allí. Hay muchas religiosas que van a hacer oración y a llevar comida a la gente; también algunos grupos de apostolado, aunque hay que reconocerlo, ha menguado la presencia de los laicos católicos y hay muchos pastores y fieles cristianos evangélicos. La gente agradece este acompañamiento, hace falta más presencia”, concluyó.




