La defensa de la vida en Uruguay sufrió un revés en octubre de 2025 con la promulgación de la Ley de Eutanasia. Sin embargo, el compromiso no se detiene: en el Hospice San José de la ciudad de Montevideo reciben, acompañan y cuidan a las personas en el tramo final de sus vidas.
Aunque funciona desde 2023, su tarea cobra especial sentido hoy, cuando el Gobierno autoriza que cualquier persona mayor de 18 años que “padezca una o más patologías o condiciones de salud crónicas, incurables e irreversibles que menoscaben gravemente su calidad de vida, causándole sufrimientos que le resulten insoportables”, tenga acceso a la eutanasia.
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Un proyecto de gratuidad completa
La iniciativa surgió de un grupo de amigos vinculados a la Escuela de Negocios de la Universidad de Montevideo, que quisieron homenajear al profesor Luis Manuel Calleja, una personalidad distinguida por su vocación de servicio.
La condición era ofrecer “un servicio fuerte a personas que no pudieran agradecer ni retribuir”, explica uno de sus fundadores y actual presidente, Pablo Regent, a ACI Prensa. El propósito era “que la gratuidad fuera completa”.
Fue Luisa Regent, hija de Pablo, quien había sido voluntaria en un Hogar de las Hermanas de la Caridad en Etiopía, quien arrojó la propuesta que “encajó en lo que estábamos buscando”.
Así comenzó a tomar forma la idea del hospice, donde “cada uno puso lo mejor que podría aportar”, confiando en la experiencia de Luisa y en el sostén económico de la naciente fundación Luis Manuel Calleja.
Vivir sus últimos días de la forma más digna
De este modo fue creado el hogar Hospice San José (HSJ) con el fin de “acompañar en forma gratuita a personas en contexto de vulnerabilidad económica y social que se encuentran en la fase final de su vida”, resume Pablo.
“Queremos ayudar a las personas a vivir sus últimos días de la forma más digna posible y sin sufrimiento evitable, brindando contención en un ambiente familiar y con atención de un equipo interdisciplinario de profesionales de la salud y voluntarios especialmente capacitados”, precisa.
En sus estatutos, la Fundación explicita que el servicio tiene inspiración cristiana y que por lo tanto está abierto a todas las personas de buena voluntad que deseen ser parte de este servicio sin restricción de tipo alguno.

El Hospice San José promueve “que todas aquellas personas que deseen cooperar como voluntarias, enrolarse en el equipo sanitario o cooperar de la forma que entiendan posible se sumen al proyecto con la única condición de comprometerse a servir a los huéspedes con cariño, comprensión y profesionalismo, poniendo todo de sí para ser útiles en este servicio”, explica su fundador.
Nos convertimos en su familia
Para describir la forma en la que trabajan, Pablo relata: “Una persona que ingresa en la etapa final de su vida merece vivirla en su casa, acompañada de sus seres queridos que la cuidan, la alimentan, sufren y se alegran con ella. A la vez, médicos y enfermeros la visitan para darle las medicaciones y cuidados paliativos que correspondan”. El Hospice San José “busca hacer realidad todo eso cuando las condiciones no lo permiten”.
“Somos un hogar donde viven huéspedes, así los llamamos pues no son pacientes. Nuestros médicos y enfermeros atienden 24/7 en todo lo que corresponde a lo sanitario mientras que los voluntarios, hoy cerca de setenta, hacemos todas las tareas de la casa, como si fuésemos su familia, cocinamos, lavamos, ordenamos, conversamos y los acompañamos en todo momento, rezamos con y para ellos si se trata de un voluntario con fe. En definitiva, nos convertimos en su familia”, resume.
Las instalaciones están preparadas para que vivan allí hasta cuatro huéspedes, cada uno en una habitación individual con todas las comodidades necesarias para este momento de su vida.
Al referirse al contexto actual en Uruguay, Pablo reconoce que el servicio “tiene una relevancia gigante” en el país, porque “una sociedad en gran medida muestra su calidad en cómo trata a los más frágiles, a los más indefensos”.
En este punto, identifica por un lado a los recién nacidos o los que aún no han nacido, y los que están en sus primeros momentos de vida, “pero también los que están en el final de vida y que también pasan a vivir en una fragilidad que depende totalmente de otros”.
Pablo identifica en el trabajo del hospice “un contraste enorme” con todo el proceso de la eutanasia: “Para nosotros, dedicarnos a cuidar a personas que de lo contrario quedarían abandonadas en un hospital sin tener que estar allí, porque ya no tienen un tratamiento curativo, o tienen que vivir en muy malas condiciones en casas o en lugares que ni siquiera merecen el nombre de casa, o en la calle y en unas condiciones que ninguna persona merece, es de enorme relevancia”, expone.
Sobre la eutanasia “como institución no pensamos nada, sino que respondemos con hechos”, sintetiza. “Nosotros cuidamos a las personas que están sufriendo lo peor en ese periodo, que es la falta de esperanza, la soledad, la desazón por lo que les toca vivir”.

“Lo que más aspiramos es no sólo atender a las personas que atendemos, que ya van cerca de 60 que han pasado con nosotros este último tramo de vida, sino que otros hagan esto, que otros se sumen a dar el mismo servicio”.
En esa línea, expresa su alegría porque ya hay un grupo que está emprendiendo esta tarea en Maldonado, bajo el nombre Hospice Divina Misericordia; y una doctora y una enfermera dedicadas a lo mismo en Rivera, que se están constituyendo con el nombre Medalla Milagrosa.
“Esto tiene que llegar a mucha gente cuidando a los más frágiles”, anima.
Los donantes, sostén del Hospice San José
El único ingreso económico con el que cuenta el hospice son las donaciones, con un presupuesto anual de 220.000 dólares estadounidenses, de los cuales cerca del 80% corresponden a los salarios de enfermeros y médicos.
En el 2025, pudieron acceder al sistema de donaciones con beneficios tributarios para los donantes, pero con un tope que no llega al 30% del presupuesto anual.
El resto del sostenimiento se logra con los resultados de un evento benéfico anual, que en el 2025 les permitió obtener un 40% del presupuesto, y donaciones sin ningún beneficio tributario para los donantes.
“Realmente hay personas muy generosas que comprenden la importancia de este servicio”, valora Pablo, mencionando también a las empresas que aportan productos de limpieza, alimentos y considerando que “todo es de mucha ayuda”.
Para los voluntarios, admite Pablo, “lo más difícil es la constancia. Lo más difícil es que cada lunes a las 3 de la tarde yo tengo que estar ahí”.
Asimismo, reconoce que “una vez que pasó toda la ilusión de empezar, hay días que se hace cuesta arriba, sin duda”. Además, reconoce que el trabajo es rutinario, y se maneja bajo un protocolo. “Esto es lo que al menos a mí más me cuesta”, señala.
“Pero, por otra parte, es también lo más gratificante. Porque sé que voy y dedico un tiempo a unas personas que, además del calor en invierno, la comodidad del clima en verano, la buena comida, un buen baño, reciben el tener amigos. Porque para ellos somos sus amigos, que los acompañamos. Y uno también los recibe”.
“Es imposible que no sea gratificante darme cuenta del significado que yo, Pablo Regent, voy teniendo en esas personas en la etapa más importante de su vida”, afirma.

Aunque surgen problemas y diferencias, momentos más fáciles, más difíciles, momentos en que la tarea cansa, para Pablo es muy satisfactorio “ver a un grupo de gente que no se conocía, que se va sumando porque lo que quiere es ayudar a otros, que juntos van logrando cosas”, aunque al principio muchos lo veían imposible.
Un proyecto por el que vale la pena jugarse
Una de las historias que Pablo guarda en el corazón es la de Rubén, “un señor encantador” que pasó por el hospice, y en un momento manifestó que a él le gustaría tomar la Primera Comunión.
"Tenemos un capellán y para aquel que lo pida, el capellán le da sus servicios. Entonces el capellán se le acercó, habló con él, vio que lo estaba pidiendo en conciencia, con total libertad, entonces un par de voluntarias le dieron un curso acelerado, y se hizo una muy linda fiesta en su cuarto, el día que tomó la comunión”.
Rubén no tenía familia, estaba solo, pero ese día “estaba con un pijama nuevo, había unos sanguchitos, muchos voluntarios alrededor de él”, describe Pablo.
“De repente yo quedé solo con él, en la habitación, todo el mundo se fue yendo, y no supe mucho qué decirle, y le dije algo así como, ¿estás contento? o ¿qué te parece todo esto? Y me acuerdo que me miró con una mirada que no me la puedo sacar, la tengo muy clara como si me estuviera mirando hoy, y me dijo: ‘Hoy es el día más feliz de mi vida’ y falleció 48 horas después a lo sumo, y ese había sido el día más feliz de su vida”.
“Esto fue un momento que me confirmó que esta misión, este proyecto, era un proyecto por el cual valía la pena jugarse", concluyó
Actualmente, hay desafíos en cuanto al sostenimiento económico, en la necesidad de buscar otros medios que permitan una mayor estabilidad. “Es mucha plata la que hay que conseguir, con lo cual tenemos que encontrar nuevas formas de hacerlo asegurando siempre la gratuidad”.
La forma más importante de colaborar, asegura Pablo, “es acercarse para analizar si se puede ser voluntario. Lo más importante son los voluntarios, por más que tuviéramos mucho dinero, si no tenemos los voluntarios suficientes, no se puede”.
Para ingresar como voluntario hay que atravesar una serie de etapas, comenzando por una entrevista informativa, algunas horas de formación y finalmente una entrevista con un psicólogo. “Este no es un servicio para todo el mundo. Nos interesa mucho cuidar al voluntario, que venga a ayudar si es bueno para él, si es un momento apropiado y si las circunstancias concretas de su momento vital así lo indican”, precisa Regent.
En cuanto a lo espiritual, considera que “es muy difícil entregarse en este voluntariado sin una visión trascendente de la vida”, por eso afirma que “ayuda mucho” la preparación espiritual, aunque admite que “es posible que haya personas que sin ella pueden ser útiles a nuestros huéspedes”, por eso convoca a quienes estén interesados a acercarse.
Quienes deseen colaborar con un aporte económico pueden hacerlo en la web, donde hay un botón de contacto, y toda ayuda, por pequeña que sea, es bien recibida.
“La mejor forma de colaborar es conocernos más y ver cómo se puede hacer realidad aquello que nos decía Luis Manuel Calleja, este inspirador que tenemos nosotros, que desde el cielo nos acompaña: ‘Para servir, servir’. Y para eso, hay que saber qué es lo que necesitamos y que la persona que se quiera acercar vea en qué puede ser útil, ya sea como voluntario, donante, o mil cosas que pueden ayudar a que esto sea realidad”.
Además, hay un grupo de amigos en la fe que rezan por el Hospice San José y por sus huéspedes, así que “quien pueda colaborar rezando por nosotros periódicamente, colabora mucho”, invita.




