Las lágrimas de los fieles que llegan a su tumba en Guatemala cuentan la historia de un héroe silencioso: Fray Augusto Ramírez Monasterio, el sacerdote franciscano que prefirió morir torturado antes que traicionar el secreto de confesión, y cuyo martirio acaba de ser reconocido por el Vaticano 42 años después de su asesinato en plena guerra civil.

En entrevista con EWTN Noticias el 27 de enero, Fray Edwin Alvarado, párroco del Templo de San Francisco El Grande, en donde se encuentra la tumba del mártir Fray Augusto Ramírez Monasterio, destacó que el anuncio ha despertado gran interés entre los fieles y señaló que la gente “está viniendo más a la tumba donde yacen sus restos, a saludar, a rezar”. 

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Alvarado contó que ha sido testigo de cómo los fieles llegan a la tumba. algunos entre lágrimas, y “el pueblo de Guatemala tiene mucha expectativa de un mártir en la vía de la confesión”.

El religioso recordó que Fray Augusto fue ampliamente conocido en la comunidad, especialmente entre quienes formaron parte de grupos juveniles y hoy son adultos, muchos de los cuales se sienten orgullosos del testimonio del futuro beato, que fue formador, párroco y superior del convento del Templo San Francisco el Grande, en la Antigua Guatemala. 

Contexto histórico y martirio 

El 22 de enero, el Papa León XIV firmó el decreto que reconoce el martirio de Fray Augusto Ramírez Monasterio, quien vivió y desarrolló su ministerio en una etapa de profunda convulsión social y violencia en Guatemala, marcada por más de tres décadas de guerra interna (1960–1996), en la que el Estado combatió a grupos insurgentes.  

En 1983, el general Óscar Humberto Mejía Víctores asumió el poder tras un golpe de Estado que depuso al general Efraín Ríos Montt, manteniendo la línea represiva del régimen militar. 

En el sitio web de la Orden de los Frailes Menores (OFM), se indica que, en 1983, Fray Augusto fue capturado por haber confesado a un campesino implicado en la guerrilla. 

Acusado de simpatizar con movimientos contrarios a las autoridades, el sacerdote fue secuestrado y sometido a torturas con la intención de obligarlo a revelar lo recibido en confesión; sin embargo, se negó a traicionar el sigilo sacramental. 

El secreto inviolable de la confesión o sigilo sacramental, “proviene directamente de la ley divina revelada y está enraizado en la naturaleza misma del sacramento, hasta el punto de no admitir ninguna excepción en el ámbito eclesial ni en el ámbito civil”, señala una nota de la Penitenciaría Apostólica del Vaticano de 2019.  La ruptura de este sigilo conlleva para el sacerdote la excomunión latae sententiae (automática), reservada a la Santa Sede. 

Fray Augusto fue liberado pero permaneció bajo constante vigilancia, amenazas y acoso. Pese a ello, rechazó abandonar el país y decidió permanecer fiel a su comunidad. El 7 de noviembre de 1983 fue nuevamente detenido y asesinado. Su cuerpo presentaba signos de tortura y múltiples impactos de bala. 

“Su muerte se dio en un contexto donde acompañar, reconciliar o guardar la confidencialidad pastoral podía interpretarse como un acto subversivo, y hoy la Iglesia reconoce su martirio como testimonio de fe, conciencia y fidelidad al Evangelio”, indican los franciscanos. 

Un testimonio vigente para la Iglesia 

Fray Edwin Alvarado describió a Fray Augusto como un sacerdote “muy cercano a la gente, muy humilde y muy sencillo”. 

El religioso relató que pudo conocer años después al campesino al que Fray Augusto confesó y ayudó, y recordó con emoción una frase que marcó su vida: “nunca me había encontrado un sacerdote que me amara tanto”. 

Fray Augusto le había ofrecido al campesino cuidar a sus hijas, si es que le pasaban algo, aunque fue el propio religioso quien terminó dando su vida. Alvarado resaltó que este testimonio refleja que Fray Augusto era una persona profundamente entregada a su ejercicio sacerdotal con “un corazón noble, justo y caritativo”.