Peregrinar a Roma durante la Edad Media podía costarte la vida. El camino estaba sembrado de maleantes y ladrones. Muchos eran víctimas de robos o, peor aún, acababan contagiados de enfermedades incurables.
Ahora se puede viajar cómodamente en avión, autobús o coche, pero no son pocos los que durante el Jubileo de la Esperanza –que el Papa clausuró el pasado 6 de enero– han preferido avanzar lentamente, al ritmo de sus pasos, hasta la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro.
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Como español, Adrián Ruiz Pelayo ha atravesado a pie todo el sur de Italia desde la ciudad siciliana de Palermo, “sin dinero, sin hacer autostop y sin ningún medio de transporte. Solo caminando”, explica a ACI Prensa.
El proyecto, que ha documentado en redes sociales con el título Un camino por descubrir en Facebook y en Instagram, se convirtió pronto en una experiencia espiritual a la que han contribuido todas las personas con las que se ha ido topando por los pueblos y ciudades que ha recorrido.
“Cuando tenía hambre o sed, simplemente pedía pan o agua pero siempre me daban mucho más: me ofrecían alojamiento y me invitaban a una pizza”, explica.
La muerte del Papa Francisco lo cambió todo. Ruiz tenía prevista una audiencia con él, pero, en lugar de apresurarse hacia Roma, decidió permanecer varios meses más en Sicilia para profundizar su camino interior y humano.
“Ahí fue cuando conocí de verdad el camino, sin estrés, solo encuentro con las personas”, detalla.
Su objetivo es “sacar a la luz la bondad que hay dentro de las personas”
Su objetivo, asegura, no ha sido otro que “sacar a la luz la bondad que hay dentro de las personas”. Este joven ha experimentado como “yendo con poco y abandonándose a la providencia llegas más lejos que en ningún otro medio”.
“Las cosas sencillas como poder darme una ducha caliente y tener el arropo de la gente con un abrazo, agua y pan, han hecho que sea una persona mejor”, asevera. Esta peregrinación, explica, “me ha permitido ver los milagros cotidianos de la vida”.
Uno de los momentos más extraordinarios de su travesía tuvo lugar en el estrecho de Messina. Fiel a su compromiso de no usar transporte motorizado, Ruiz Pelayo cruzó los tres kilómetros que separan la isla de Sicilia de la península italiana sobre una tabla de paddle surf.
“Estuve remando durante cuarenta minutos en unas aguas conocidas por sus fuertes corrientes y remolinos”, explica. “No me caí ni una sola vez”, recuerda aún sorprendido.
Su peregrinación está vinculada espiritualmente con San Francisco de Paola
Ya en Calabria, descubrió una coincidencia que también marcó espiritualmente su camino: había iniciado su peregrinación el 2 de abril, fiesta de San Francisco de Paola, el santo que, según la tradición, cruzó el mismo estrecho extendiendo su manto sobre el agua. “Ahí sentí que todo estaba conectado”, afirma.
En realidad, la decisión de llegar a Roma como un peregrino medieval la tomó en 2019 cuando caminó hasta el monasterio de Santo Toribio de Liébana, en Cantabria (España) , donde se custodia el mayor fragmento del lignum crucis, el mayor trozo reconocido de la madera en la que se crucificó a Jesús.
Allí le entregaron unas semillas de ciprés, que es el árbol de la cruz de Cristo, con una misión: “Tenía que llevárselo al Santo Padre para que pudiera ser bendecido y traído de nuevo al monasterio”, detalla.
Ruiz Pelayo llegó a la capital italiana el pasado 24 de diciembre, tras más de 8 meses de camino, justo a tiempo para asistir a la Misa de Navidad, que León XIV celebró en la Basílica de San Pedro. Pero tuvo que esperar dos semanas para cumplir su promesa.
Finalmente, pudo estrechar la mano del Santo Padre el miércoles 7 de enero tras la Audiencia General. El encuentro fue breve, pero cargado de emoción. “Le dije que era un peregrino de esperanza”, relata.
También le pidió que bendijera las semillas procedentes del monasterio de Santo Toribio de Liébana, y le expresó su deseo de que algún día un Papa visite ese santuario español.
El próximo destino de su peregrinación es Asís, la ciudad de San Francisco, adonde planea caminar desde Roma cumpliendo una promesa personal: hacerlo en ayuno, avanzando apenas diez kilómetros diarios y en silencio.




