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Día 3: 13 de septiembre



Homilía en la misa de proclamación de dos beatos eslovacos

BRATISLAVA, 14 de septiembre de 2003. Misa de beatificación de Mons. Vasil Hopko (1904-1976) y de Sor Zdenka Schelingová (1916-1955)

1. «O Crux, ave spes unica!» ¡Salve, Cruz, única esperanza nuestra!

La celebración de esta liturgia dominical, queridos hermanos y hermanas, nos invita a mirar a la cruz. Es el «lugar privilegiado» en el que se nos revela y manifiesta el amor de Dios. Hacia la Cruz miraron con fe inquebrantable el obispo Vasil Hopko y sor Zdenka Schelingová, a quienes hoy he tenido la alegría de incluir en el elenco de los beatos.

En la Cruz se encuentran la miseria del hombre y la misericordia de Dios. Adorar esta misericordia sin límites es para el hombre el único camino para abrirse al misterio que revela la Cruz. La Cruz está plantada en la tierra y parecería hundir sus raíces en la maldad humana, pero se proyecta hacia lo alto, apuntando hacia el cielo, señalando hacia la bondad de Dios. Por medio de la Cruz de Cristo el maligno ha sido vencido; la muerte ha sido derrotada; se nos ha transmitido la vida; se nos ha restituido la esperanza; se nos ha comunicado la luz. «O Crux, ave spes unica!».

2. En nombre del Señor crucificado y resucitado, os saludo con cariño a todos vosotros, aquí reunidos en la explanada de Petrzalka: te saludo a ti, querido hermano, Jan Sokol, pastor de esta Iglesia de Bratislava-Trnava que hoy me acoge con espíritu de fiesta; saludo a tus auxiliares y a todos los obispos de Eslovaquia, en particular al venerado cardenal Jan Chryzostom Korec. Me uno con alegría a la acción de gracias común por el décimo aniversario de la constitución de vuestra Conferencia Episcopal.

Saludo a los señores cardenales y obispos venidos de los países vecinos, junto a numerosos grupos de fieles. Vuestra presencia fraterna manifiesta de manera elocuente el vínculo de comunión que une a las diferentes Iglesias locales.

Saludo al señor presidente de la República, y a las demás autoridades civiles y militares. A todos les doy las gracias por haber colaborado generosamente a preparar cada aspecto de mi viaje apostólico. Por último, te saludo profundamente a ti, querido pueblo eslovaco, aquí presente o que me escuchas a través de la radio y la televisión. Doy las gracias a Dios porque has sabido mantener, incluso en los momentos difíciles, tu fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Y te exhorto: ¡no te avergüences nunca del Evangelio! (Cf. Romanos 1,16) Custódialo en tu corazón como tu tesoro más precioso del que puedes sacar luz y fuerza en la peregrinación cotidiana de la vida.

3. «Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna» (Juan 3, 14-15), dice Jesús. ¿Qué vemos entonces cuando dirigimos la mirada a la Cruz, en la que fue clavado Jesús? (Cf. Juan 19,37) Contemplamos el signo del amor infinito de Dios por la humanidad.

«O Crux, ave spes unica!». San Pablo habla de ella en la carta a los Filipenses que acabamos de escuchar. Jesús no sólo se hizo hombre, haciéndose semejante en todo a los hombres, sino que asumió la condición de siervo, y se humilló aún más, obedeciendo hasta la muerte, y una muerte de cruz (Cf. Filipenses 2, 6-8).

¡Sí, «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único»! (Juan 3, 16). Admiramos --sorprendidos y con gratitud-- la anchura, la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo que supera todo conocimiento (Cf. Efesios 3, 18-19)! «O Crux, ave spes unica!».

4. La meditación de este grande y admirable misterio fue el apoyo del beato obispo Vasil Hopko y de la beata sor Zdenka Schelingová en la opción por la vida consagrada y, particularmente, en los sufrimientos afrontados durante la terrible prisión.

Ambos resplandecen ante nosotros como ejemplos luminosos de fidelidad en tiempos de dura y despiadada persecución religiosa: el obispo Vasil no renegó nunca de su amor a la Iglesia católica y al Papa; sor Zdenka no dudo en poner en peligro su misma vida par ayudar a los ministros de Dios.

Ambos afrontaron un injusto proceso y una condena inicua, las torturas, la humillación, la soledad, la muerte. De este modo, la Cruz se convirtió para ellos en el camino que les llevó a la vida, manantial de fortaleza y de esperanza, prueba de amor por Dios y por el hombre. «O Crux, ave spes unica!».

5. En el jardín del Edén, a los pies del árbol, se encontraba una mujer, Eva (Cf. Génesis 3). Seducida por el maligno, se apropia de lo que cree que es la vida divina. Y sin embargo se trata de un germen de muerte que la tienta en su interior (Cf. Santiago 1,15; Romanos 6, 23).

En el Calvario, al pie del árbol de la cruz, se encontraba otra mujer, María (Cf. Juan 19, 25-27).
Dócil al proyecto de Dios, participa íntimamente en la entrega que hace el Hijo de sí mismo al Padre por la vida del mundo y, al ser confiada por Jesús al apóstol Juan, se convierte en Madre de todos los hombres.

Es la Virgen Dolorosa que recordaremos mañana en la liturgia y que vosotros, con tierna devoción, veneráis como vuestra Patrona. A ella le confío el presente y el futuro de la Iglesia y de la nación eslovaca para que crezcan bajo la Cruz de Cristo y sepan descubrir y acoger siempre el mensaje de amor y de salvación.

Por el misterio de tu Cruz y de tu resurrección, ¡sálvanos, Señor! Amén

Fuente: Zenit

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