Santa Teresa de Jesús (1515-1582), la primera Doctora de la Iglesia, relató en sus escritos una de las experiencias místicas que marcó profundamente su corazón. Este hecho fue tan impactante que la llevó a hacer un voto especial a Dios que la impulsó en sus reformas, fundaciones y camino de santidad.

Cuenta la santa y escritora mística que cierta vez vio a su izquierda un ángel en forma humana. Era de baja estatura y muy hermoso, su rostro lucía encendido y dedujo que debía ser un querubín, uno de los ángeles de más alto grado.

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“Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios”, describió Santa Teresa de Jesús.

“Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios”.

“No es dolor corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento”, explicó la Doctora de la Iglesia (Vida 29,13).

Este tipo de vivencia espiritual es conocido en la Iglesia como “transverberación”, que es la experiencia mística de ser traspasado en el corazón, causando una gran herida.

Más adelante, buscando corresponder a este regalo divino, Santa Teresa asumió el voto de hacer siempre lo que le pareciese más perfecto y agradable a Dios. Por esta razón, la reformadora y fundadora carmelita se esforzó por cumplir perfectamente este juramento el resto de su vida.

Cuando la santa partió a la Casa del Padre, la autopsia reveló que en su corazón se encontraba la cicatriz de una herida larga y profunda. Los carmelitas celebran el 26 de agosto la fiesta de “la transverberación” de Santa Teresa de Jesús.

Como legado, la Doctora de la Iglesia también dejó plasmada su experiencia mística en la siguiente poesía de amor, titulada Mi Amado para mí:

Ya toda me entregué y di
y de tal suerte he trocado
que mi Amado para mí
y yo soy para mi Amado.

Cuando el dulce Cazador
me tiró y dejó herida
en los brazos del amor
mi alma quedó rendida,
y cobrando nueva vida
de tal manera he trocado
que mi Amado para mí
y yo soy para mi Amado. 
 
Hirióme con una flecha
enherbolada de amor
y mi alma quedó hecha
una con su Criador;
ya yo no quiero otro amor,
pues a mi Dios me he entregado,
y mi Amado para mí
y yo soy para mi Amado.