Especialmente durante los meses de primavera y verano, parejas de novios que pronto se darán el “sí quiero” aguardan con paciencia su turno a las puertas del hogar de las Clarisas en Madrid, el Monasterio de la Inmaculada y San Pascual en Madrid (España).

Entre sus manos sujetan un peculiar obsequio: una docena de huevos que entregarán como ofrenda a Santa Clara con la esperanza de asegurarse un día soleado el día de su boda. 

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Una vez frente al torno, la voz angelical de sor Victoria resuena a través de un telefonillo. Aunque su rostro permanece oculto, su cercanía, delicadeza y el interés con el que se detiene en cada detalle del futuro matrimonio convierten ese instante en un recuerdo imborrable.

En la sala contigua, la Madre Superiora, sor María Jesús, recibe a ACI Prensa con una sonrisa que traspasa la verja que separa a las hermanas clarisas del mundo exterior. “Esta tradición se ha ido pasando de generación en generación. Las madres de los jóvenes que vienen ahora seguramente nos trajeron huevos en su día”, recuerda.

Monasterio de la Inmaculada y San Pascual en Madrid. Crédito: Almudena Martínez-Bordiú/ ACI Prensa
Monasterio de la Inmaculada y San Pascual en Madrid. Crédito: Almudena Martínez-Bordiú/ ACI Prensa

“Santa Clara quiere mucho a los novios”

Más allá de las historias transmitidas entre las hermanas más veteranas, revela que las monjas desconocen el origen exacto de esta tradición. “Una religiosa que falleció hace poco, a los 90 años, nos contó que todo comenzó con un noble que residía en un palacio cercano, en la calle de la Castellana”.

“En medio de un vuelo con fuertes turbulencias, prometió que, si lograba sobrevivir, llevaría huevos a sus vecinas, las clarisas”, y así empezó todo. Con una sonrisa cómplice, sor María Jesús matiza que el noble no pensó en regalar huevos por las “claras”, sino por la relación del monasterio con la repostería. 

Para sor María Jesús, los huevos albergan un profundo significado, símbolo de la unión de los nuevos esposos. “El huevo contiene una vida, y los novios por sí mismos no pueden dar vida. Pero si se unen en matrimonio, ya se inicia una nueva generación, y eso es lo que representan los huevos”. 

“Santa Clara quiere mucho a los novios y también a los niños. En ocasiones también vienen madres a pedir que no llueva en la Primera Comunión de sus hijos, y Santa Clara se lo concede. A veces nosotras le hemos pedimos que no llueva para alguna obra que se iba a realizar en el monasterio y no nos ha hecho tanto caso”, relata la Madre superiora.

Interior de la Iglesia de Santa Clara y San Pascual. Crédito: Almudena Martínez-Bordiú/ACI Prensa
Interior de la Iglesia de Santa Clara y San Pascual. Crédito: Almudena Martínez-Bordiú/ACI Prensa

El Espíritu Santo habla tras el torno

Los ojos de sor María Jesús reflejan una juventud y vitalidad propia de las novicias recién llegadas. “Yo desde pequeña, con sólo tres años, pedía al Señor vivir en un lugar como vivían los ángeles, donde no hubiera que tener nada, para nada más que amar a Dios”. Cuando llegó al céntrico monasterio de Madrid en 1988, supo que aquel era su sitio. 

Varias de las 13 hermanas que habitan el monasterio se turnan tras el torno. Su misión es conversar con parejas, amigos, madres e incluso abuelas que, con fe y alegría, llegan hasta sus puertas. “Las hermanas dialogan muy bien con las personas, porque es el Espíritu Santo quien habla”, asegura.

“Yo siempre digo que los viernes y sábados estamos de boda. Las hermanas del torno se pasan el fin de semana mirando al cielo y rezando por ellos”, cuenta sor María Jesús.

Sin embargo, aclara que sus oraciones no se limitan a pedir buen tiempo. “En el matrimonio también hay días de lluvia, de viento y de granizo, y en esos momentos seguimos rezando por ellos, no sólo el día de la boda. Pedimos que, en medio de la oscuridad, puedan salir adelante”.

Llegada al torno de las Clarisas. Crédito: Almudena Martínez-Bordiú/ACI Prensa
Llegada al torno de las Clarisas. Crédito: Almudena Martínez-Bordiú/ACI Prensa

De un gesto pequeño, Dios hace grandes cosas

En los meses con mayor número de bodas, el torno no cesa de girar. “Hay épocas en las que recibimos muchos huevos, pero nosotras comemos lo que nos den; así lo enseñó nuestro padre San Francisco: comer lo que os pongan”.

La Madre María Jesús subraya que nunca sobran, ya que gran parte de los huevos se reparten a comedores sociales. “Lo que muchos novios no saben es que de un gesto pequeño, Dios hace grandes cosas, y muchas personas necesitadas comen gracias a sus huevos”.

En el monasterio reina un ambiente familiar. Las hermanas más jóvenes cuidan de las mayores, que dependen de ellas para todo. Mientras sor María Jesús habla de la amistad que las une, entra en el locutorio sor Josefa, una de las hermanas más ancianas, quien la acogió cuando llegó al monasterio.

A pesar de padecer alzhéimer, sor Josefa conserva con lucidez los recuerdos de sus primeros pasos en la vocación y de aquel día en que huyó al monasterio, desafiando la oposición de sus padres. “Aquí somos como una familia”, afirma la Madre Superiora mientras sostiene la mano de su hermana.