Mons. Ronald A. Hicks, recientemente nombrado Arzobispo de Nueva York por el Papa León XIV, llega a una de las sedes más importantes de la Iglesia Católica en Estados Unidos con una experiencia que marcó su ministerio: su paso por América Latina. En esta región convivió con comunidades vulnerables y dejó una huella pastoral que aún permanece.
Habla español y uno de sus santos favoritos es el mártir salvadoreño San Óscar Arnulfo Romero, pero su vínculo con América Latina no es circunstancial. Se gestó a partir de su experiencia en la institución Nuestros Pequeños Hermanos (NPH), la cual conoció como voluntario antes de ingresar al seminario.
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NPH es una organización internacional fundada en 1954 por el P. William Wasson, sacerdote de origen estadounidense que desarrolló su ministerio en México. Desde entonces, la institución brinda hogar, educación, atención médica y acompañamiento integral a menores de edad en situación de extrema vulnerabilidad en América Latina y el Caribe. Según su sitio web, al día de hoy, han ayudado a más de 20.000 niños
En 1989, Hicks llegó como voluntario a la sede de NPH en México. En ese primer encuentro conoció a Emilia Cárdenas Ponce y a su hermano Abad, de once y nueve años, quienes vivían en la institución tras haber quedado huérfanos por el asesinato de sus padres.
En entrevista con ACI Prensa, Emilia recuerda a Mons. Hicks como alguien “muy jovial, muy atento”, especialmente cercano a su hermano menor, ya que era cuidador encargado de los varones. Aunque no residían en las mismas instalaciones, mantenía un contacto constante para preguntar cómo estaba Abad y asegurarse de que fuera alimentado y protegido.
“Ron me decía: ‘no te preocupes, yo lo cuido, yo estoy bien al tanto’”, recuerda Emilia. Aunque estuvo sólo un año, porque luego regresó a Chicago, Illinois (Estados Unidos) para ingresar al seminario, “seguimos manteniendo esa amistad”, asegura.
Con el tiempo, el destino volvió a cruzarlos. En 2005, ya como sacerdote, regresó a Centroamérica con un encargo mayor: director regional de NPH Centroamérica, responsabilidad que asumió hasta 2010. Con residencia en El Salvador, supervisó los hogares de NPH también en Guatemala, Honduras y Nicaragua.

Para entonces, Emilia colaboraba con NPH en El Salvador, por lo que reencontrarse con el “Padre Ron” —como le conocían— fue una gran alegría. Aunque conservaba la misma jovialidad, lo recuerda ahora como una persona “muy organizada, muy responsable, pero siempre con esa gran empatía con la gente, tanto con los adultos y tanto con los niños”.
Emilia destacó que algo que le marcó profundamente de su relación con el “Padre Ron” fue la importancia que le daba a las personas: se interesaba por recodar el nombre de cada niño y adulto con quien se relacionaba. Cuando presidía una Misa de graduación, una boda o incluso un funeral, quería saber la historia detrás de cada momento.
“Él tiene un corazón tan grande que trata a todos tan especial, o sea, los hace sentir importantes de verdad”, aseguró.
En El Salvador, Mons. Hicks trabajó estrechamente con Olegario Campos, conocido cariñosamente como Tío Olegario, quien fue director nacional de NPH El Salvador entre 1999 y 2019. En entrevista con ACI Prensa, Campos recuerda a Hicks como una persona “muy respetuosa”, que “quería mucho a los niños, siempre estaba cerca de ellos”.

Durante esos años, NPH El Salvador atendía alrededor de 340 niños huérfanos y en situación de riesgo, con el apoyo de alrededor de 140 colaboradores.
El Tío Olegario recuerda que, tanto para los adultos como para los menores, el hoy Arzobispo de Nueva York era visto como una “persona muy respetuosa, muy sencilla, muy amable”, pero, sobre todo, destacó que “siempre nos escuchaba, siempre nos apoyaba”.
El Salvador: una experiencia que la cambió la vida
Pero si Mons. Hicks dejó una huella profunda en quienes lo conocieron, América Latina también dejó una marca en él. Años después, durante la Misa una noche antes de ser instalado como Obispo de Joliet (Estados Unidos) en 2020, recordó una “una experiencia que cambió mi vida y mi visión”.
Contó que, al inicio de su labor en Centroamérica, cuatro niños de entre 12 y 14 años llegaron a su oficina para hablar con él. Les pidió esperar unos minutos mientras terminaba de trabajar, pero la espera se prolongó más de lo previsto. Cuando finalmente pudo atenderlos, uno de ellos le dijo: “Padre, usted es más como un abogado que como un sacerdote”.
Aquellas palabras, confesó, “me rompieron el corazón”. Pensó en todo lo que hacía por ayudarlos y se cuestionó si “acaso no se daban cuenta de que yo era quien trabajaba con un equipo para mantener este techo sobre sus cabezas”.

Sin embargo, la pregunta que quedó resonando fue otra: “cuando me vaya de aquí después de cinco años, ¿cómo quiero que me recuerden?”.
Según dijo, eso cambió su forma de relacionarse con ellos y se aseguró “de pasar tiempo real con ellos, estando con ellos, rezando con ellos, comiendo con ellos, jugando con ellos, escuchándolos. Simplemente estando allí como su padre espiritual y como su pastor”.
Esa experiencia lo impulsó a querer ser un obispo cercano, un “obispo que pasa tiempo con el pueblo de Dios, un obispo que intenta ser un buen pastor”.
“El mejor arzobispo del mundo”
Emilia dice sin pensarlo que “esos de Nueva York se la rifaron”, como se dice coloquialmente en México a alguien que se ganó un premio: “Van a tener el mejor arzobispo del mundo”.
Asegura que ganan a un pastor que sabe escuchar, que “pone esa atención precisa para la persona con la que estaba hablando”, sin importarle ni la edad ni la condición.

Para Tío Olegario, la Iglesia neoyorquina gana a un pastor con gran capacidad para resolver conflictos. Según cuenta, “la unión entre todos para servir mejor a los niños, para apoyarnos y que los niños estuvieran mejor”, y “realmente lo hizo muy bien”.
A pocas semanas de que asuma su encargo pastoral en Nueva York, el 6 de febrero, la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos compartió un video en el que el prelado confesó que su paso por Centroamérica lo marcó profundamente.
“Esa experiencia con la gente y la cultura me cambió y me transformó. Y eso es lo que sucede cuando tenemos un encuentro con Jesús, con Su palabra, Su sacramento, la Eucaristía, un encuentro con Él a través de actos de caridad y misericordia hacia los demás. Cuando tenemos un encuentro con el Señor, volvemos a casa por un camino diferente”.
Ese otro camino pasó para Mons. Hicks por América Latina.




