La Guerra Cristera de México, también conocida como la “Cristiada”, no sólo fue un conflicto armado sino también un choque frontal entre un Estado que buscaba la secularización forzosa y una sociedad que se negó a renunciar a su identidad católica. Este episodio sangriento dejó un legado de mártires y una herida histórica que ha marcado la compleja relación entre la Iglesia y el Estado en el México moderno.

El antecedente: La Constitución de 1917

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El conflicto no estalló de la noche a la mañana. Su raíz se encuentra en la Constitución de 1917, que incorporó artículos anticlericales diseñados para someter a la Iglesia al control absoluto del Estado:

  • Artículo 3: Prohibía a toda “corporación religiosa”, así como a los ministros de culto, dirigir escuelas de instrucción primaria.

  • Artículo 5: Impedía el establecimiento de órdenes monásticas y votos religiosos.

  • Artículo 24: Restringía el culto público exclusivamente al interior de los templos, “siempre bajo vigilancia de la autoridad”.

  • Artículo 27: Despojaba a las iglesias de su capacidad jurídica para poseer bienes, pasando estos a ser propiedad de la nación.

  • Artículo 130: Negaba la personalidad jurídica a las iglesias, prohibía a los ministros de culto participar en política y facultaba a los estados para limitar el número de sacerdotes.

El detonante: La “Ley Calles”

Plutarco Elías Calles, presidente de México (1924-1928) y figura clave en la Guerra Cristera. Crédito: National Photo Company Collection, dominio público, vía Wikimedia Commons.
Plutarco Elías Calles, presidente de México (1924-1928) y figura clave en la Guerra Cristera. Crédito: National Photo Company Collection, dominio público, vía Wikimedia Commons.

En 1926, el presidente Plutarco Elías Calles radicalizó la situación con la “Ley sobre delitos y faltas en materia de culto religioso y disciplina externa”, conocida también como “Ley de Tolerancia de Cultos" o “Ley Calles”. Esta reforma al Código Penal establecía sanciones severas.

Entre sus restricciones más duras destacaban:

  • Prohibición del culto público fuera de los templos: “Todo acto religioso de culto público deberá celebrarse precisamente dentro de los templos, los cuales estarán siempre bajo la vigilancia de la autoridad”.

  • Prohibición de vestimenta religiosa: Se castigaba con multas y cárcel a los sacerdotes que vistieran sotana o cualquier distintivo religioso fuera de los templos.

  • Prohibición de ministros religiosos extranjeros: Los sacerdotes no nacidos en México eran multados y deportados.

  • Disolución de las “órdenes monásticas o conventos”: Se prohibía su establecimiento, disolviendo los conventos ya existentes.

  • Censura a los sacerdotes: Se prohibía a los ministros de culto hacer “crítica de las leyes fundamentales del país, de las autoridades en particular, o en general del Gobierno”.

La respuesta de la Iglesia fue drástica, inédita y disciplinada entre todos los arzobispos y obispos mexicanos: el 31 de julio de 1926 —con el rechazo de la Santa Sede a la “Ley Calles” y a “todo acto que pueda significar o ser interpretado por el pueblo fiel como una aceptación de la ley misma”— se suspendió el culto público en todo México.

El estallido

“Es efectivamente la suspensión del culto la que puede marcar el comienzo de la guerra ‘cristera’, ‘la Cristiada’”, sentencia el historiador francomexicano Jean Meyer en las primeras páginas del primer tomo de su obra La Cristiada.

Meyer cita una carta de unos cristeros a su párroco, que apresado por las autoridades los instó a rendirse: “Sin su permiso ni mandato nos lanzamos a esta lucha bendita por nuestra libertad, y sin su permiso y sin su mandato continuaremos hasta vencer o morir”.

Así, en distintas partes del país, fieles católicos se alzaron espontáneamente en armas.

Soldados cristeros marchan hacia la batalla durante la Guerra Cristera en México. Crédito: Desconocido, dominio público, vía Wikimedia Commons.
Soldados cristeros marchan hacia la batalla durante la Guerra Cristera en México. Crédito: Desconocido, dominio público, vía Wikimedia Commons.

No fue unánime la disposición a la resistencia armada contra el gobierno. “Los obispos predicaban indiscutiblemente la resistencia”, señala Meyer, pero al mismo tiempo “precisaban que ellos no querían otra resistencia que la pasiva y pacífica”.

Aunque hubo muchos prelados que de alguna forma apoyaron pastoralmente a los cristeros, “los enemigos de la acción armada eran más numerosos”, señala.

Tampoco fue uniforme la situación entre los presbíteros. Un listado del historiador francomexicano apunta a 100 “sacerdotes activamente hostiles a los cristeros”, mientras que 40 eran “activamente favorables a los cristeros”. Cinco sacerdotes son registrados como “combatientes”, mientras que 65 fueron considerados “neutrales”.

Entre “sacerdotes que abandonaron las parroquias rurales y sacerdotes de ciudades” sumaron 3.500, mientras que los presbíteros “ejecutados por el gobierno” fueron 90.

Fue “el pueblo, ‘el indio’ del que nos hablan los diplomáticos y los gobernantes” el que reaccionó, dice el historiador, y lo hizo “violentamente”, pues “la iglesia era algo más que un edificio de piedras amontonadas, y la sensibilidad popular había sido afectada en su vida misma, ya que lo profano y lo sagrado se mezclan inextricablemente”.

“El pueblo, la gran mayoría o muchos campesinos —que fueron los que dieron más dura la batalla de guerrilla en los estados de Jalisco, de Guanajuato, Michoacán, Colima y otros estados del centro—, ellos no tenían mucha teología, ni hacían muchas elucubraciones, ni hacían muchos distingos de cosas, sino que era una cosa, vamos a decir, del corazón y del sentimiento religioso (...), del amor a su fe”, dijo a ACI Prensa el Administrador Apostólico de la Diócesis de Cancún-Chetumal, Mons. Pedro Pablo Elizondo Cárdenas.

Algunos protagonistas

Es difícil hacer una selección especial de las figuras clave y las que entregaron su vida a manos de las tropas anticlericales federales, especialmente tomando en cuenta que la Conferencia del Episcopado Mexicano estima que suman “más de 200 mil mártires que entregaron sus vidas defendiendo su fe”.

Pero para comprender la magnitud de la Cristiada, es preciso identificar a algunos actores que articularon el movimiento, así como a las figuras que encarnaron la resistencia espiritual frente a la persecución federal:

  • La resistencia cristera fue coordinada por la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa —conocida como “La Liga”— que aunque llegó a asegurar dos millones de firmas buscando una fallida reforma a la Constitución de 1917 y un relativamente exitoso boicot, se lanzó a la guerra sin estar “preparada para hacer frente a la situación”, de acuerdo a Meyer.

  • Enrique Gorostieta fue un general de carrera y estratega brillante que llegó a ser el máximo líder militar de los cristeros. Sus cartas revelan una “fe ciega en Dios”. Fue asesinado el 2 de junio de 1929.

    Enrique Gorostieta, importante general mexicano católico durante la Guerra Cristera. Crédito: Desconocido, dominio público, vía Wikipedia.
    Enrique Gorostieta, importante general mexicano católico durante la Guerra Cristera. Crédito: Desconocido, dominio público, vía Wikipedia.
  • Beato Anacleto González Flores: Conocido como el “Maistro Cleto” y apodado también el “Sócrates tapatío”, en alusión a su procedencia del estado de Jalisco, fue un laico que lideró los esfuerzos pacíficos por hacer frente a la persecución del gobierno federal, y fue martirizado el 1 de abril de 1927. Es el patrono del laicado mexicano.

  • San José Sánchez del Río, “San Joselito”, que se lanzó a la guerra asegurándole a su madre que “nunca había sido tan fácil ganarse el cielo como ahora, y no quiero perder la ocasión”. Fue capturado, torturado y martirizado. Antes de morir pidió que llevaran este mensaje a sus padres: “Que viva Cristo Rey, y que en el cielo nos veremos”.

  • Beato P. Miguel Agustín Pro: La fotografía de su ejecución el 23 de noviembre de 1927, que muestra al sacerdote jesuita con los brazos abiertos en cruz frente al pelotón de fusilamiento, es uno de los símbolos más fuertes de la brutal persecución religiosa que sufrieron los católicos durante la primera mitad del siglo XX.

  • Los santos mártires de los Caballeros de Colón: Entre los asesinados por odio a la fe durante la persecución religiosa desplegada por el gobierno federal destacan seis sacerdotes miembros de la fraternidad de los Caballeros de Colón, que tuvo un papel protagónico, económico y social, en el apoyo a la libertad religiosa durante ese trágico periodo en México que llevó incluso a la ofrenda de la propia vida.

Se trata de los santos sacerdotes Luis Bátis Sáinz, José María Robles Hurtado, Mateo Correa Magallanes, Miguel de la Mora de la Mora, Rodrigo Aguilar Alemán y Pedro de Jesús Maldonado Lucero. Todos ellos fueron canonizados el 21 de mayo del año 2000 por San Juan Pablo II, junto a otros 19 mártires mexicanos, incluido San Cristóbal Magallanes.

Un cuadro con esos 25 mártires, en el que se agregó en años recientes la imagen de San José Sánchez del Río, se puede apreciar en el Templo Expiatorio a Cristo Rey, la antigua Basílica de Guadalupe, en Ciudad de México.

Cuadro que muestra a 25 santos mártires mexicanos canonizados por San Juan Pablo II en el año 2000, con la reciente inclusión de San José Sánchez del Río. La obra se encuentra en el Templo Expiatorio a Cristo Rey, la antigua Basílica de Guadalupe, en Ciudad de México. Crédito: David Ramos/ACI Prensa.
Cuadro que muestra a 25 santos mártires mexicanos canonizados por San Juan Pablo II en el año 2000, con la reciente inclusión de San José Sánchez del Río. La obra se encuentra en el Templo Expiatorio a Cristo Rey, la antigua Basílica de Guadalupe, en Ciudad de México. Crédito: David Ramos/ACI Prensa.

Los "Arreglos" de 1929 y ¿el fin de las hostilidades?

Oficialmente, la Guerra Cristera concluyó el 21 de junio de 1929, con los llamados “Arreglos” entre el arzobispo mexicano Leopoldo Ruiz y Flores, como delegado apostólico del Papa Pío XI; el Obispo de Tabasco, Mons. Pascual Díaz; y el entonces presidente del país, Emilio Portes Gil, sucesor de Plutarco Elías Calles.

Sin embargo, los “Arreglos” no significaron modificaciones a la Constitución de 1917 ni a la “Ley Calles”, sino que establecieron un modus vivendi en el que el gobierno federal se comprometía a no aplicar las leyes para perseguir a los católicos, mientras que los obispos reanudaban el culto y los cristeros deponían las armas.

Pero la persecución estaba lejos de acabar. Escribe Meyer que “para los cristeros, el modus vivendi se convirtió muy pronto en un siniestro modus moriendi, padecido como una prueba peor que la guerra misma y llevado como una cruz, misterio incomprensible al cual se sometían por amor al Papa y a Jesús, Cristo Rey”.

Añade: “Todos los antiguos cristeros dicen: ‘Han muerto más después de los 'arreglos' que durante la guerra’”.

“En la capital de la República se adoptó el partido de asegurar y de repetir que todo había terminado, pero en las memorias de la Secretaría de Guerra aparecen balances de campañas hasta 1941, y los generales discuten el medio o los medios de reducir a los rebeldes, en ocasiones muy peligrosos, acá o allá”, escribe el historiador francomexicano en otra parte del primer tomo de La Cristiada.

Este periodo es considerado comúnmente como la “segunda Cristiada”, pero Meyer precisa que “si la primera etapa (1926-29) de la cristiada era ya una guerra de pobres, la segunda fue una guerra de miserables, sin medios, sin ayudas”.

El largo camino hacia la libertad religiosa en México

No sería hasta 1992 —después de concretadas dos visitas a México del Papa San Juan Pablo II, en 1979 y 1990— que las relaciones entre Iglesia y Estado serían formalmente restablecidas en el país, y una reformada Constitución de 1917 y la nueva y vigente “Ley de asociaciones religiosas y culto público” permitieron que se reconociera la personalidad jurídica de la Iglesia Católica.

Sólo desde entonces, por ejemplo, la Iglesia Católica puede ser dueña de templos en México, pero todos los construidos antes de 1992 —entre ellos la Basílica de Guadalupe— son propiedad de la nación.

Con todo, la ley actual aún prohíbe que tanto asociaciones religiosas como ministros de culto posean o administren “estaciones de radio, televisión o cualquier tipo de telecomunicación”, así como “administrar cualquiera de los medios de comunicación masiva”. De hecho, la norma sólo permite que se realicen “publicaciones impresas de carácter religioso”.

Un llamado de los obispos mexicanos en el centenario

En su más reciente Mensaje al Pueblo de Dios, los obispos mexicanos hicieron un llamado a “honrar la memoria” de la “resistencia cristera”.

Advirtieron que este centenario “no puede ser una mera conmemoración nostálgica. Debe ser un examen de conciencia y un compromiso renovado”.

“Nuestros mártires nos preguntan hoy: ¿Estamos dispuestos a defender nuestra fe con la misma radicalidad? ¿Hemos perdido el sentido de lo sagrado? ¿Nos hemos acomodado a una cultura que quiere relegar la fe al ámbito privado?”.