23 de enero de 2026 Donar
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Venerable Nerino Cobianchi, padre de familia que hizo de la vida cotidiana un camino de santidad

Nerino Cobianchi, nuevo venerable/ Crédito: Wikimedia Commons

El Papa León XIV reconoció este jueves las virtudes heróicas del italiano Nerino Cobianchi, laico y padre de familia que puso a Dios en el centro de su existencia y supo transformar la vida cotidiana en un medio de santificación.

Nació un 25 de junio de 1945 en Velezzo Lomellina, en la región de Lombardía (Italia), y desde muy pequeño tuvo una gran unión con sus progenitores, especialmente con su padre, cuya muerte repentina por una embolia marcó profundamente la vida de su hijo, que a partir de ese instante tomó la decisión de amar y entregarse enteramente al prójimo.

En la localidad de Lomello, donde se trasladó junto a su familia, el nuevo venerable recibió la formación religiosa gracias a las Hijas de María Auxiliadora y al párroco, quien influyó en su camino de fe. 

Una vida entregada a los demás

Fue durante su servicio militar cuando emprendió un profundo y radical camino espiritual que lo llevó a convertirse en un cristiano firmemente convencido. Como subraya el Dicasterio para las Causas de los Santos, esta experiencia marcó el inicio de una vida entregada al servicio de los demás.

Contrajo matrimonio con su novia Graziella en 1970, en el santuario de Santa Ana en Cilavegna. Fruto de este matrimonio nacieron dos hijas, Elena y Andrea. En 1975 se hizo  voluntario de la Cruz Roja y comenzó a colaborar con la parroquia junto a su esposa, especialmente en el acompañamiento de jóvenes. 

Durante sus años como voluntario, Nerino estuvo constantemente proponiendo nuevas iniciativas para ayudar a los más necesitados. En 1980, tras el terremoto de Irpinia y Basilicata, partió para llevar ayuda a los necesitados.

Fundó también un grupo de trabajadores cristianos que se reunían para rezar juntos y organizó grupos de jóvenes para recoger ropa usada y distribuirla a las personas sin hogar, llegando incluso a recaudar bienes para proyectos en Somalia, Burundi, Uruguay o Angola.

Pero su profundo deseo de entrega iba aún más lejos, y decidió asumir personalmente la acogida de personas en situación de indigencia. Con este objetivo, propuso a Cáritas la adquisición de una casa de acogida destinada a jóvenes, pobres, inmigrantes y mujeres víctimas de la trata y de la explotación sexual. Con sus propias manos, Nerino acondicionó el lugar, que posteriormente pasó a formar parte de la asociación “Pianzola-Olivelli”.

Una caridad sin fronteras

Cuando en 1991 llegaron los primeros refugiados albaneses a Apulia, Nerino buscó jóvenes que lo ayudaran y cargó la furgoneta con alimentos, ropa y medicamentos: al no haber encontrado a nadie dispuesto a acompañarlo, partió solo. 

Durante años, Nerino realizó viajes allí donde creía que más lo necesitaban. Viajó a Yugoslavia con alimentos para las víctimas de la guerra civil, también fue a Angola para la inauguración de centros provida y visitó además Zagreb y Albania. En Moscú instaló una imprenta y en noviembre de 1993 regresó de Bosnia con una furgoneta llena de niños, víctimas de la guerra. 

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En octubre de 1996 aparecieron los primeros síntomas de la enfermedad que llevaría a Nerino a la muerte, manifestados en fuertes dolores de espalda. Fue hospitalizado en varias ocasiones; durante una de estas hospitalizaciones realizó incluso una breve salida para reunirse con el prefecto de Pavía en relación con el permiso de residencia de los jóvenes albaneses en acogida.

Los médicos le diagnosticaron un carcinoma en la cabeza y en el páncreas, ya inoperable, por lo que su obispo hubo de desistir del propósito de ordenarlo diácono permanente. De enero a mayo de 1997 se sometió a varios ciclos de radioterapia en Verona.

Pocos días después se inauguró el almacén de la solidaridad, destinado a la recogida y almacenamiento de alimentos y materiales para enviar a países pobres. En octubre de ese año presentó a sus colaboradores un proyecto, concebido por él, para la formación de personas privadas de libertad y su reintegración en la sociedad.

Murió con fama de santidad en su casa de Cilavegna, el 3 de enero de 1998. Fue sepultado en el cementerio de la misma localidad, donde en su tumba está esculpida la frase que concluye la parábola del buen samaritano: “Ve y haz tú lo mismo”.

Entrega a Dios y al prójimo

Según destaca el dicasterio vaticano, la acción caritativa de toda su vida se fundó en una fe sólida, alimentada por la oración, la participación diaria en la Misa, la lectura de la Biblia y el rezo del rosario. En cada una de sus actividades supo vivir la esperanza cristiana entendida como abandono total y confiado en el Señor. 

Hombre sereno, maduro, humilde y agradecido, no fue movido por activismo ni por mera filantropía, sino por una auténtica caridad cristiana, arraigada en el Evangelio y animada por el deseo de entregarse a Dios y al prójimo.

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