Si se observa un mapa, Groenlandia aparece como un inmenso casquete de hielo que se desborda por los bordes en forma de glaciares abruptos, como una tarta cuya nata se desliza por los costados. En medio de ese paisaje blanco y extremo, la fe actúa como un bálsamo que abriga.
El P. Tomaž Majcen, franciscano conventual, es el único sacerdote católico de todo el territorio, donde en los meses más fríos las temperaturas pueden descender por debajo de los 50 grados Celsius bajo cero.
Su parroquia —también la única en esta isla gigantesca— se encuentra en Nuuk, la capital, donde “en total son unos 800” los católicos, explica el presbítero a ACI Prensa.
“La mayoría son inmigrantes de muchos países distintos, aunque también hay algunos groenlandeses locales”, detalla este sacerdote de origen esloveno, que llegó a Groenlandia en 2023.
La exigua comunidad católica, como el resto de la población, ha recibido con una mezcla de inquietud y tristeza las recientes declaraciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sobre una posible anexión o control de la isla, situada además en una de las rutas previsibles de los misiles intercontinentales en un hipotético conflicto entre Washington y Moscú.