En la misma ocasión conmemorativa, el encuentro con representantes de todas las confesiones religiosas me permitió renovar mi aprecio por los progresos realizados en las últimas décadas en el camino del diálogo interreligioso. De hecho, en toda búsqueda religiosa sincera hay «un reflejo del único Misterio divino que abarca toda la creación». En este sentido, pido a todas las naciones que garanticen la plena libertad de religión y culto a cada uno de sus ciudadanos.
Sin embargo, no se puede pasar por alto que la persecución de los cristianos sigue siendo una de las crisis de derechos humanos más extendidas en la actualidad, que afecta a más de 380 millones de creyentes en todo el mundo. Sufren niveles elevados o extremos de discriminación, violencia y opresión debido a su fe. Este fenómeno afecta aproximadamente a uno de cada siete cristianos en todo el mundo y se agravó en el 2025 debido a los conflictos en curso, a los regímenes autoritarios y al extremismo religioso. Lamentablemente, todo esto demuestra que, en muchos contextos, la libertad religiosa se considera más un “privilegio” o una concesión que un derecho humano fundamental.
En este sentido, quisiera recordar especialmente a las numerosas víctimas de la violencia, incluida la violencia por motivos religiosos en Bangladesh, en la región del Sahel y en Nigeria, así como a las víctimas del grave atentado terrorista perpetrado el pasado mes de junio contra la parroquia de San Elías, en Damasco. Tampoco olvido a las víctimas de la violencia yihadista en Cabo Delgado, Mozambique.
Al mismo tiempo, no debemos olvidar una forma sutil de discriminación religiosa contra los cristianos, que se está extendiendo incluso en países donde son mayoría, como en Europa o América. Allí, a veces se les restringe su capacidad de proclamar las verdades del Evangelio por razones políticas o ideológicas, especialmente cuando defienden la dignidad de los más débiles, los no nacidos, los refugiados y los migrantes, o promueven la familia.
En sus relaciones y acciones internacionales, la Santa Sede defiende sistemáticamente la dignidad inalienable de cada persona. No se puede pasar por alto, por ejemplo, que cada migrante es una persona y, como tal, posee derechos inalienables que deben respetarse en todos los contextos. No todos los migrantes se desplazan por elección propia, sino que muchos se ven obligados a huir debido a la violencia, la persecución, los conflictos e incluso los efectos del cambio climático, como ocurre en diversas partes de África y Asia. En este año, en el que se celebra también el 75º aniversario de la Organización Internacional para las Migraciones, renuevo la esperanza de la Santa Sede de que las medidas adoptadas por los Estados contra la criminalidad y la trata de personas no se conviertan en un pretexto para socavar la dignidad de los migrantes y los refugiados.
Las mismas consideraciones se aplican a los presos, que nunca pueden ser reducidos a los delitos que han cometido. En esta ocasión, deseo expresar mi más sincera gratitud a los gobiernos que han respondido positivamente al llamamiento de mi venerable predecesor a favor de gestos de clemencia durante el Año jubilar. Espero que el espíritu del Jubileo inspire de manera permanente y estructural la administración de justicia, de modo que las penas sean proporcionales a los delitos cometidos, se garanticen condiciones dignas a los presos y, sobre todo, se hagan esfuerzos para abolir la pena de muerte, una medida que destruye toda esperanza de perdón y renovación. Tampoco podemos olvidar el sufrimiento de tantos presos por motivos políticos en muchos países.
Además, desde una perspectiva cristiana, los seres humanos han sido creados a imagen y semejanza de Dios, quien, «al llamarlos a la existencia por amor, los ha llamado al mismo tiempo al amor». Esta vocación se manifiesta de manera privilegiada y única dentro de la familia. Es en este contexto donde aprendemos a amar y desarrollamos la capacidad de servir a la vida, contribuyendo así al desarrollo de la sociedad y a la misión de la Iglesia.
A pesar de su importancia, la institución de la familia se enfrenta hoy en día a dos retos cruciales. Por un lado, existe una preocupante tendencia en el sistema internacional a descuidar y subestimar su papel social fundamental, lo que conduce a su progresiva marginación institucional. Por otro lado, no podemos ignorar la creciente y dolorosa realidad de las familias frágiles, rotas y que sufren, afectadas por dificultades internas y fenómenos inquietantes, como la violencia doméstica.
La vocación al amor y a la vida, que se manifiesta de manera importante en la unión exclusiva e indisoluble entre una mujer y un hombre, implica un imperativo ético fundamental para que las familias puedan acoger y cuidar plenamente la vida por nacer. Esto es cada vez más una prioridad, especialmente en aquellos países que están experimentando un dramático descenso de la natalidad. La vida, de hecho, es un don inestimable que se desarrolla dentro de una relación comprometida basada en la entrega mutua y el servicio.
A la luz de esta profunda visión de la vida como un don que hay que apreciar, y de la familia como su guardiana responsable, rechazamos categóricamente cualquier práctica que niegue o explote el origen de la vida y su desarrollo. Entre ellas se encuentra el aborto, que interrumpe una vida en crecimiento y rechaza acoger el don de la vida. En este sentido, la Santa Sede expresa su profunda preocupación por los proyectos destinados a financiar la movilidad transfronteriza con el fin de acceder al llamado “derecho al aborto seguro”. Asimismo, considera deplorable que se asignen recursos públicos para suprimir la vida, en lugar de invertirlos en apoyar a las madres y las familias. El objetivo principal debe seguir siendo la protección de todos los niños no nacidos y el apoyo efectivo y concreto a todas las mujeres para que puedan acoger la vida.
De manera similar, existe la práctica de la subrogación. Al convertir la gestación en un servicio negociable, se viola la dignidad de ambos, tanto del niño, que queda reducido a un “producto”, como de la madre, al explotar su cuerpo y el proceso generativo y alterar la vocación relacional original de la familia.
Consideraciones similares se aplican también a los enfermos y a las personas mayores y solas, que a veces tienen dificultades para encontrar una razón para seguir viviendo. La sociedad civil y los Estados también tienen la responsabilidad de responder de manera concreta a las situaciones de vulnerabilidad, ofreciendo soluciones al sufrimiento humano, como los cuidados paliativos, y promoviendo políticas de auténtica solidaridad, en lugar de fomentar formas falsas de compasión como la eutanasia.
Una reflexión análoga puede aplicarse a tantos jóvenes que se enfrentan a numerosas dificultades, entre ellas la adicción a las drogas. Se necesita un esfuerzo conjunto de todos para erradicar esta lacra de la humanidad y el narcotráfico que la alimenta, con el fin de evitar que millones de jóvenes en todo el mundo sean víctimas del consumo de drogas. Junto con este esfuerzo, no deben faltar políticas adecuadas de recuperación de las adicciones y mayores inversiones en la promoción humana, la educación y la creación de oportunidades de trabajo.
A la luz de estos retos, es necesario reafirmar con fuerza que la tutela del derecho a la vida constituye el fundamento imprescindible de cualquier otro derecho humano. Una sociedad sólo está sana y desarrollada cuando protege la sacralidad de la vida humana y se esfuerza activamente por promoverla.
Las consideraciones mencionadas me llevan a creer que, en el contexto actual, estamos asistiendo a un auténtico “cortocircuito” de los derechos humanos. El derecho a la libertad de expresión, la libertad de conciencia, la libertad religiosa e incluso el derecho a la vida están siendo restringidos en nombre de otros pretendidos nuevos derechos, con el resultado de que el propio marco de los derechos humanos está perdiendo su vitalidad y dejando espacio para la fuerza y la opresión. Esto ocurre cuando cada derecho se vuelve autorreferencial y, especialmente, cuando se desconecta de la realidad, la naturaleza y la verdad.
Distinguidos Embajadores:
Mientras que san Agustín destaca la coexistencia de la ciudad celestial y la ciudad terrenal hasta el fin de los tiempos, nuestra época parece algo inclinada a negar a la ciudad de Dios su “derecho de ciudadanía”. Parece que sólo existe la ciudad terrenal, encerrada exclusivamente dentro de sus fronteras. Buscar sólo bienes inmanentes socava esa «tranquilidad del orden», lo que para Agustín constituye la esencia misma de la paz, que concierne tanto a la sociedad y a las naciones como al alma humana, y es esencial para cualquier convivencia civil. En ausencia de un fundamento trascendente y objetivo, sólo prevalece el amor propio, hasta el punto de la indiferencia hacia Dios, que gobierna la ciudad terrenal. [12] Sin embargo, como señala Agustín, «en hombres como éstos, que pretenden encontrar aquí abajo el sumo bien y conseguir por sí mismos la felicidad, el orgullo ha llegado a un tal grado de aturdimiento».
El orgullo oscurece tanto la realidad misma como nuestra empatía hacia los demás. No es casualidad que el orgullo esté siempre en la raíz de todos los conflictos. Por consiguiente, como recordé en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, «se pierde el realismo, cediendo a una representación parcial y distorsionada del mundo, bajo el signo de las tinieblas y del miedo», allanando así el camino para la mentalidad de confrontación, que es el precursor de toda guerra.
Vemos esto en muchos contextos, empezando por la guerra en curso en Ucrania y el sufrimiento infligido a la población civil. Ante esta trágica situación, la Santa Sede reafirma con firmeza la urgente necesidad de un alto el fuego inmediato y de un diálogo motivado por una búsqueda sincera de caminos que conduzcan a la paz. Hago un vehemente llamamiento a la comunidad internacional para que no vacile en su compromiso de buscar soluciones justas y duraderas que protejan a los más vulnerables y devuelvan la esperanza a las personas afectadas. Asimismo, reitero la plena disponibilidad de la Santa Sede a apoyar cualquier iniciativa que promueva la paz y la armonía.
Del mismo modo, vemos esto en Tierra Santa, donde, a pesar de la tregua anunciada en octubre, la población civil sigue sufriendo una grave crisis humanitaria, que se suma al sufrimiento ya experimentado. La Santa Sede está especialmente atenta a cualquier iniciativa diplomática que busque garantizar a los palestinos de la Franja de Gaza un futuro de paz duradera y justicia en su propia tierra, así como a todo el pueblo palestino y a todo el pueblo israelí. En particular, la solución de dos Estados sigue siendo la perspectiva institucional para satisfacer las legítimas aspiraciones de ambos pueblos, pero lamentablemente se ha producido un aumento de la violencia en Cisjordania contra la población civil palestina, que tiene derecho a vivir en paz en su propia tierra.
El aumento de las tensiones en el mar Caribe y a lo largo de la costa pacífica americana también es motivo de profunda preocupación. Deseo renovar mi vehemente llamamiento para que se busquen soluciones políticas pacíficas a la situación actual, teniendo presente el bien común de los pueblos y no la defensa de intereses partidistas.
Esto es especialmente válido para Venezuela, tras los recientes acontecimientos. Renuevo mi llamamiento para que se respete la voluntad del pueblo venezolano y se trabaje por la protección de los derechos humanos y civiles de todos y por la construcción de un futuro de estabilidad y concordia, encontrando inspiración en el ejemplo de dos de sus hijos, a quienes tuve la alegría de canonizar el pasado mes de octubre, José Gregorio Hernández y la hermana Carmen Rendiles. De este modo, se podrá construir una sociedad fundada en la justicia, la verdad, la libertad y la fraternidad, y así salir de la grave crisis que aflige al país desde hace muchos años.
Entre las causas de esta crisis se encuentra, sin duda, el tráfico de drogas, que es una lacra para la humanidad y requiere el compromiso conjunto de todos los países para erradicarlo y evitar que millones de jóvenes de todo el mundo se conviertan en víctimas del consumo de drogas. Junto a estos esfuerzos, debe haber una mayor inversión en desarrollo humano, educación y creación de oportunidades de empleo para personas que, en muchos casos, se ven envueltas en el mundo de las drogas sin saberlo.
Otras crisis se extienden por todo el panorama mundial. Me refiero, en primer lugar, a la desesperada situación de Haití, marcada por múltiples formas de violencia, desde la trata de personas hasta el exilio forzoso y los secuestros. En este sentido, espero que, con el apoyo necesario y concreto de la comunidad internacional, el país pueda adoptar lo antes posible las medidas necesarias para restablecer el orden democrático, poner fin a la violencia y lograr la reconciliación y la paz.
Tampoco podemos olvidar la situación que ha afectado durante décadas a la región africana de los Grandes Lagos, asolada por una violencia que se ha cobrado numerosas víctimas. Animo a las partes implicadas a que busquen una solución definitiva, justa y duradera que ponga fin a un conflicto que se ha prolongado durante demasiado tiempo. Del mismo modo, pienso en la situación de Sudán, que se ha convertido en un vasto campo de batalla, así como en la continua inestabilidad política de Sudán del Sur, el país más joven de la familia de naciones, que nació tras el referéndum celebrado hace quince años.
No podemos dejar de mencionar los crecientes indicios de tensión en Asia Oriental, y expresar nuestra esperanza de que todas las partes implicadas adopten un enfoque pacífico y basado en el diálogo para resolver las cuestiones controvertidas que son fuente de posibles conflictos.
Mis pensamientos se dirigen de manera particular a la grave crisis humanitaria y de seguridad que aflige a Myanmar, agravada aún más por el devastador terremoto del pasado mes de marzo. Con renovada intensidad, hago un llamamiento para que se elijan con valentía los caminos de la paz y del diálogo inclusivo, a fin de garantizar a todos un acceso justo y oportuno a la ayuda humanitaria. Los procesos democráticos, para ser auténticos, deben ir acompañados de la voluntad política de perseguir el bien común, fortalecer la cohesión social y promover el desarrollo integral de cada persona.
En el centro de muchas de las situaciones que he mencionado, podemos ver algo que el propio Agustín señaló, a saber, la idea persistente de que la paz sólo es posible mediante el uso de la fuerza y la disuasión. Mientras que la guerra se conforma con la destrucción, la paz requiere esfuerzos continuos y pacientes de construcción, así como una vigilancia constante. Estos esfuerzos son necesarios por parte de todos, empezando por los países que poseen arsenales nucleares. Pienso en particular en la importante necesidad de dar seguimiento al nuevo Tratado START, que expira en febrero. De hecho, existe el peligro de volver a la carrera por producir armas nuevas cada vez más sofisticadas, incluido el uso de la inteligencia artificial. Esta última es una herramienta que requiere una gestión adecuada y ética, junto con marcos normativos centrados en la protección de la libertad y la responsabilidad humana.
Estimados Embajadores:
A pesar de la trágica situación que tenemos ante nuestros ojos, la paz sigue siendo un bien difícil, pero posible. Como nos recuerda Agustín, «nuestros supremos bienes consisten en la paz» porque es el objetivo mismo de la ciudad de Dios, a la que aspiramos, incluso inconscientemente, y de la que podemos disfrutar un anticipo incluso en la ciudad terrenal. Durante nuestra peregrinación en esta tierra, la construcción de la paz requiere humildad y valentía. La humildad de la verdad y la valentía del perdón. En la vida cristiana, vemos estas virtudes reflejadas en la Navidad, cuando la Verdad, la Palabra eterna de Dios, se hace humilde carne, y en la Pascua, cuando el Justo condenado perdona a sus perseguidores y les concede su vida como el Resucitado.
Además, si miramos más de cerca, no faltan signos de esperanza valiente en nuestro tiempo, y debemos apoyarlos constantemente. Pienso, por ejemplo, en los Acuerdos de Dayton, que hace treinta años pusieron fin a la sangrienta guerra en Bosnia y Herzegovina. A pesar de las dificultades y tensiones, abrieron la posibilidad de un futuro más próspero y armonioso. Pienso también en la Declaración conjunta de paz entre Armenia y Azerbaiyán, firmada el pasado mes de agosto. Esperamos que esto allane el camino para una paz justa y duradera en el Cáucaso meridional y resuelva las cuestiones pendientes a satisfacción de ambas partes. Recuerdo asimismo los esfuerzos realizados en los últimos años por las autoridades vietnamitas para mejorar las relaciones con la Santa Sede y las condiciones en las que la Iglesia desarrolla su actividad en el país. Todas estas son semillas de paz que hay que cultivar.
El próximo mes de octubre se cumplirá el octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís, un hombre de paz y diálogo, reconocido universalmente incluso por quienes no pertenecen a la Iglesia católica. Su vida brilla con fuerza porque estaba animada por el valor de la verdad y el conocimiento de que un mundo pacífico se construye a partir de corazones humildes volcados hacia la ciudad celestial. Un corazón humilde y artesano de paz es lo que deseo para cada uno de nosotros y para todos los habitantes de nuestros países al comienzo de este nuevo año.
Gracias.
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