Esta misteriosa expresión de Jesús, indicada en el Evangelio de Mateo, nos hace pensar en los numerosos conflictos con los que los hombres pueden resistirse e incluso atacar la Novedad que Dios ha reservado para todos.
Amar la paz, buscar la paz, significa proteger lo que es santo y que precisamente por eso está naciendo: pequeño, delicado y frágil como un niño. A nuestro alrededor, una economía deformada intenta sacar provecho de todo. Lo vemos: el mercado transforma en negocios incluso la sed humana de buscar, de viajar y de recomenzar.
Preguntémonos: ¿nos ha educado el Jubileo a huir de este tipo de eficiencia que reduce cualquier cosa a producto y al ser humano a consumidor? Después de este año, ¿seremos más capaces de reconocer en el visitante a un peregrino, en el desconocido a un buscador, en el lejano a un vecino, en el diferente a un compañero de viaje?
El modo en el que Jesús salió al encuentro de todos y dejó que todos se le acercaran nos enseña a valorar el secreto de los corazones que sólo Él sabe leer. Con él aprendemos a captar los signos de los tiempos (cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et spes, 4). Nadie puede vendernos esto. El Niño que los magos adoran es un Bien que no tiene precio ni medida. Es la Epifanía de la gratuidad.
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No nos espera en los lugares prestigiosos, sino en las realidades humildes. «Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá» (Mt 2,6). Cuántas ciudades, cuántas comunidades necesitan que se les diga: “Ciertamente no eres la menor”. Sí, ¡el Señor nos sigue sorprendiendo!
Se deja encontrar. Sus caminos no son nuestros caminos, y los violentos no consiguen dominarlos, ni los poderes del mundo los pueden obstruir. Aquí reside la grandísima alegría de los magos, que dejan atrás el palacio y el templo para ir hacia Belén; ¡y es entonces cuando vuelven a ver la estrella!
Por eso, queridos hermanos y hermanas, es hermoso convertirse en peregrinos de esperanza. Y es hermoso seguir siéndolo, juntos. La fidelidad de Dios siempre nos sorprenderá. Si no reducimos nuestras iglesias a monumentos, si nuestras comunidades se convierten en hogares, si rechazamos unidos los halagos de los poderosos, entonces seremos la generación de la aurora. María, Estrella de la mañana, caminará siempre delante de nosotros.
En su Hijo contemplaremos y serviremos a una humanidad magnífica, transformada no por delirios de omnipotencia, sino por el Dios que se hizo carne por amor.
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