¿Un católico puede someter su cuerpo a criogenización tras la muerte?

Por David Ramos

Imagen referencial. Foto: Pixabay / Dominio público.
Imagen referencial. Foto: Pixabay / Dominio público.

REDACCIÓN CENTRAL, 11 Oct. 17 / 06:01 pm (ACI).- El costo de la tecnología para criogenización de cuerpos humanos es cada vez más barata, han anunciado empresarios del área, por lo que en pocos años sería más accesible someter cadáveres de personas, esperando ser resucitados en el futuro. Pero, ¿puede un católico someterse a un procedimiento así?

Mark Hall, portavoz de la compañía británica Stem Protect, dijo recientemente al diario The Daily Mail que en diez años podrían garantizar la criogenización de una persona por 250 años por un costo de poco más de 6 mil dólares.

Actualmente, el costo fluctúa entre 65 mil y 100 mil dólares.

En el caso de una persona que dispone que su cuerpo sea congelado tras su muerte, “desde el respeto a la autonomía, que es la manera como la persona ejerce la libertad, no hay objeciones morales de ningún tipo”, explica el Dr. Lenin De Janon Quevedo, médico investigador del Instituto de Bioética de la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA).

Es como comprar una sepultura”, precisó el Dr. De Janon Quevedo, en declaraciones a ACI Prensa. “Para los católicos, sería objetable que los restos no descansen en un sitio sagrado. Para quien no cree, será objetable si viola alguna ley local de cómo deben ser tratados los restos mortales, algo que también debemos los cristianos observar”.

Desde un “aspecto estrictamente biomédico”, el investigador del Instituto de Bioética de la UCA señaló que “el hecho de congelar un cuerpo dentro de los primeros 25 minutos después de la muerte haría difícil la aplicación del criterio central con el que se certifica al fallecido”, que es que los tejidos del cerebro y el corazón sean “indudablemente irrecuperables”, lo que toma al menos cinco minutos para lo primero y entre 20 y 40 minutos para lo segundo.

Para el médico, “el factor tiempo” es clave para despejar “la incertidumbre moral” sobre la muerte del individuo.

El médico del Instituto de Bioética de la UCA advirtió que “someter a bajas temperaturas a un cuerpo sin esperar el tiempo suficiente que otorgue certeza de que la integración de la persona es ‘irrecuperable’, sería literalmente condenar a un individuo vivo a la pena capital de morir por congelamiento”.

Desde un punto de vista antropológico, explicó, este asunto “está relacionado con la búsqueda de la eternidad, sobre la que mitos y leyendas han dado a conocer, y que no es más que la manifestación de la condición humana de perseguir la trascendencia”.

“¿No será que estamos cambiando los camposantos por tanques de nitrógeno que le ofrecen a nuestros restos mayor perdurabilidad?”, cuestionó.

En un tercer aspecto, el ético, el médico argentino precisó que “nadie posee la autoridad de condenar a una persona a morir por congelamiento, ni siquiera por autorización expresa de ésta, ya que ella tampoco puede transferir una autoridad que no ostenta”.

“Por otro lado, si la medicina como práctica científica demostrara que las partes congeladas son efectivas al tratamiento, estaremos frente a una necesidad difícilmente afrontable por una persona en soledad”, por lo que necesitará la ayuda de la comunidad.

Sin embargo, precisó el investigador del Instituto de Bioética de la UCA, “si la congelación es ‘por si acaso’, a esperas de desconocidos y eventuales beneficios en un futuro, la única obligación de la comunidad es permitir al individuo disponer libremente de sus restos mortales según su voluntad y conforme a lo que sus fondos puedan afrontar, siempre que no contravenga las normas existentes al respecto”.

“Mientras tanto, sería deshonesto que las empresas que congelan y preservan muestras humanas alienten a congelar partes del cuerpo prometiendo cierto uso medicinal para nada comprobado”, señaló.

¿Qué dice la Iglesia?

Para el P. Mario Arroyo Martínez Fabre, doctor en filosofía por la Pontificia Universidad de la Santa Cruz de Roma, la idea de congelar el cuerpo tras la muerte “es una esperanza ingenua”, aunque precisó que “no está expresamente prohibido” por la Iglesia.

No está legislado, es una opción que no se ha contemplado porque no era una realidad. Aplicarle la ley (canónica) así como está sería como anacrónico y quizás equívoco”, dijo.

En lo referente al respeto que se le debe al cuerpo, como templo que ha sido del Espíritu Santo, las normas de la Iglesia son claras con que “debe guardarse en un lugar sagrado. En ese sentido, criogenizarlo rompe con esa disposición”.

Pero el sacerdote indicó que el caso de la criogenización es diferente, por ejemplo, al de conservar las cenizas de un fallecido en casa, pues “no es que lo esté guardando en el living de mi casa porque no puedo superar la muerte de un ser querido, sino porque tengo la tonta ilusión de que me van a resucitar quizás en algún tiempo”.

“Me parece que no es muy cristiano, porque no acepta la realidad de la muerte”, reiteró, pero “de ahí a decir está prohibido, yo esperaría a una indicación expresa del magisterio”.

Lo pertinente sería levantar una consulta a la Santa Sede o un obispo en el lugar donde lo haga, para dar su opinión, porque el supuesto es totalmente distinto, porque esta persona vive con la esperanza de que la resuciten en 100 años”.

Sobre si el alma quedaría congelada junto al cuerpo por la criogenización, el sacerdote fue tajante: “El alma no se congela, es un imposible”.

“Creo que es imposible que el alma vuelva. El alma no se congela, no es el mismo sujeto. El sujeto ya recibió su juicio en el Cielo, el infierno o el purgatorio”, aseguró.

Actualización 12 de octubre de 2017 a las 2:33 p.m. GMT-5: Una versión anterior de este artículo consignaba, equivocadamente, que las células del corazón mueren antes que las del cerebro.

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Etiquetas: Iglesia Católica, Bioética, Muerte, muertos

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