En su primera celebración litúrgica del año, en la Solemnidad de María Santísima, Madre de Dios, León XIV aseguró que el mundo “no se salva afilando las espadas” y pidió hacer un esfuerzo incansable para “acoger a todos, sin cálculos y sin miedo”.

“El mundo no se salva afilando las espadas, juzgando, oprimiendo o eliminando a los hermanos, sino más bien esforzándose incansablemente por comprender, perdonar, liberar y acoger a todos, sin cálculos y sin miedo”, señaló el Pontífice en la Misa de este 1 de enero enmarcada también en la Jornada Mundial de la Paz, que la Iglesia Católica celebra desde hace 59 años. 

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A la Eucaristía que celebró en la basílica de San Pedro asistió, como es habitual en esta fecha, un nutrido grupo de diplomáticos acreditados ante la Santa Sede, subrayando la dimensión internacional de las intenciones de paz del Pontífice.

El Santo Padre centró su homilía en el misterio de la Encarnación y en el papel decisivo de María, afirmando que con su “sí” la Virgen “contribuyó a dar a la “fuente de toda misericordia y benevolencia un rostro humano: el rostro de Jesús”. 

A través de sus ojos de niño, luego de joven y de hombre, explicó, “el amor del Padre nos alcanza y nos transforma”, recorriendo la historia humana desde la fragilidad de un niño hasta la plenitud de la Pascua. 

“Pidamos al Señor experimentar en todo momento, a nuestro alrededor y sobre nosotros, el calor de su abrazo paterno y la luz de su mirada que bendice, para comprender cada vez mejor y tener siempre presente quiénes somos y hacia qué destino maravilloso avanzamos”, exhortó.

En este contexto, León XIV puso el acento en uno de los ejes centrales de su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año, cuyo tema es La paz esté con todos ustedes: hacia una paz ‘desarmada y desarmante’

“Dios se nos presenta desarmado y desarmante"

Según el Papa, este lema hunde sus raíces en uno de los rasgos más profundos del rostro de Dios: “el de la total gratuidad de su amor”. Un amor que, como subrayó, se manifiesta de forma paradójica: “Dios se nos presenta desarmado y desarmante, desnudo, indefenso como un recién nacido en la cuna”.

El Papa evocó también el camino posterior de María, ya no solo como madre, sino como discípula. Recordó que ella siguió a su Hijo “con su corazón de discípula humilde” a lo largo de los senderos de su misión, “hasta la cruz y la resurrección”.

Un itinerario marcado por la confianza radical en Dios que hizo “consagrando sin reservas su vida al Hijo que por gracia había recibido”. 

“Para hacerlo, también ella bajó la guardia”, afirmó el Pontífice, destacando que María “renunció a expectativas, pretensiones y seguridades”, como saben hacer las madres.

El Santo Padre explicó también el significado profundo de la experiencia de la libertad como fruto de la acción de Dios en la historia.

En la maternidad divina de María, aseguró León XIV, se encuentran “dos inmensas realidades desarmadas: la de Dios que renuncia a todo privilegio de su divinidad para nacer según la carne (cf. Flp 2,6-11) y la de la persona que con confianza abraza totalmente su voluntad, rindiéndole homenaje, en un acto perfecto de amor, de su potencia más grande: la libertad”.

"Cada día puede ser, para cada uno de nosotros, el comienzo de una vida nueva”

De este modo, invitó a los fieles a leer el año que comienza a la luz de la misericordia de Dios porque “cada día puede ser, para cada uno de nosotros, el comienzo de una vida nueva”, gracias “al amor generoso de Dios, a su misericordia y a la respuesta de nuestra libertad”.

En esta perspectiva, el Pontífice animó a concebir el año que se abre como “un camino abierto, por descubrir”. Un camino —concluyó— marcado por la experiencia de ser “perdonados y dispensadores de perdón”, sostenidos por “la cercanía y la bondad del Señor que siempre nos acompaña”.