arguments)},i[r].l=1*new Date();a=s.createElement(o), m=s.getElementsByTagName(o)[0];a.async=1;a.src=g;m.parentNode.insertBefore(a,m) })(window,document,'script','https://www.google-analytics.com/analytics.js','ga'); ga('create', 'UA-526318-1', 'auto'); ga('require', 'GTM-MKNZDXB'); o nervioso, le dijo: «Umm… Eminencia, sólo quiero presentarle a mis padres. Yo estoy estudiando en Roma y me han venido a visitar».

Él preguntó de dónde éramos, y, gracias a Dios, comenzó a hablar en inglés. 

No queríamos quitarle más tiempo, así que le pedimos su bendición y le agradecimos sus atenciones. Mi esposo, armándose de todas sus agallas, le preguntó si le podía sacar una foto. Él respondió -siempre sonriendo- que desde luego. Puso una condición: «Pero con toda la familia».

Lo vimos alejarse, todavía sorprendidos, hasta que entró en el Vaticano. Más tarde, un sacerdote nos dijo que ese era el camino que seguía para entrevistarse con el Santo Padre.


DOS RECUERDOS CON EL CARD. RATZINGER
Martín Ribas

Recuerdo 1:

Mi madre me contaba, hace algunos años, cómo un joven y apuesto sacerdote llamado Joseph Ratzinger llegó a su parroquia Heilig Blut en Bogenhausen (Munich) para ser vice-párroco. Sus homilías eran extraordinarias. Y en casa se decía: «este sacerdote será alguien grande en el futuro».

En el año 2002, saludé personalmente al Card. Ratzinger, después de la misa que solía celebrar todos los jueves para los peregrinos alemanes y cualquier persona que deseaba acudir. Me presenté y le conté sobre mi madre y la familia, y cómo se acordaban de él.

Su pronta y amable respuesta me impresionó. En seguida adivinó la edad de mi madre. Además, me contó, en un tono siempre sereno y cordial, cómo tuvo ocasión de acudir a la casa de mi tío abuelo, llamado Dietrich Hildebrand, para una conferencia sobre la fe, pues la casa se encontraba cerca de la parroquia.

También me sorprendió cuando dijo que mi tía abuela acababa de escribir una biografía sobre tío Dietrich. Decía que le parecía buena y que estaba por salir una biografía más corta.

Se mostró contento de saludarme. No dejó de asombrarme su sencillez y cercanía; y ¡qué decir de su memoria! Al final le pedí un autógrafo, pues había traído conmigo su libro «La Sal de la Tierra». Con gusto lo firmó y se despidió deseándome lo mejor para los estudios.

Recuerdo 2:

Hace un año y medio tuve la oportunidad de ser monaguillo en una misa con el Card. Ratzinger. Era una misa privada con conocidos del Cardenal. Me invitó un amigo que conoce bien a la familia y que organizó la ceremonia. En ella confería el sacramento de la confirmación a una de las hijas.

Cuando llegó el Cardenal a la sacristía del Santo Ufficio, nos saludó con amabilidad, uno por uno. Al llegar mi turno me preguntó por mis estudios. Le dije que estudiaba 1º de teología. Entonces se interesó por las asignaturas y estuvimos hablando sobre Teología Fundamental: algunos temas y autores.

Yo no salía del asombro de que el mismo Card. Ratzinger se interesaba por los estudios de un seminarista. Sentía una alegría y ánimos indescriptibles. ¡Qué hombre tan humilde y bondadoso! Desde entonces he guardado siempre un grande afecto y aprecio por él.


ESTOY LEYENDO SU LIBRO
Luca Frontali

Me acerqué al Portone di Bronzo, hace ya 4 años, a recoger unos boletos para la audiencia papal de los miércoles. Cerca de ahí, en la Piazza della Città Leonina, pude ver una figura baja, con un abrigo negro y el solideo rojo. Era el Card. Ratzinger.

Estaba hablando con Mons. Bertone, aún secretario de la Congregación para la Doctrina de la fe. Una vez que éste se alejó, yo me acerqué al Cardenal.

Me miró con sus ojos cristalinos. Me saludó con tal tranquilidad, que parecía que lo único que tenía que hacer era estar conmigo. Le besé el anillo episcopal y entablé con él una conversación.

Le dije sin más: «Estoy leyendo su libro, Eminencia...».

Con una sonrisa modesta y radiante, me preguntó: «¿Cuál?» Es bien sabido que la producción literaria de Ratzinger es muy abundante: más de 700 libros y artículos. Pero me comió la emoción de estar de frente a él.

Le respondí: «Ah, perdón, el de su vida, su biografía...». Sonrió bonachonamente y dijo: «Oh, aquellos son unos recuerdos personales y nada más». Su actitud me desveló el alma humilde de aquel gran hombre. No pude menos que recordar las palabras de Bernanos: la verdadera humildad es, ante todo, decoro y equilibrio.

Le pedí sus oraciones y me despedí. Estaba muy contento de ver que la figura del gran custodio de la fe -«el número dos en la Iglesia», como lo solían apodar-, se portaba de manera tan natural y cercana, sin aspavientos que hicieran pensar a nadie la importancia y la carga de su misión. No cabe duda que nuestro nuevo Papa es una persona afable y muy humana.


LA IMPORTANCIA DE LOS DETALLES
Jason Jurotich

Tuve la gracia de participar en una de las Misas de sufragio de Dina Bellotti, renombrada artista que retrató a Juan Pablo II. En ésta, me invitaron a cantar un salmo. Obviamente, acepté la invitación inmediatamente.

Al llegar a la iglesia, me di cuenta de que el Card. Ratzinger estaba sentado en una de las bancas, participando en la celebración como un fiel más. Me llamó mucho la atención su espíritu de recogimiento y oración. Vivía estos momentos de modo tan intenso que contagiaba su fe a los que le rodeábamos.

Pero esto no fue todo. Después de la Misa se fue a la sacristía para saludar a los que habíamos ayudado en la ceremonia. Jamás nos había visto, y, sin embargo, mostraba una gran cercanía hacia cada uno de nosotros.

Me impactó que, cuando llegó a mí, me llamó «il profesionale» (el profesional), refiriéndose al salmo que había cantado. Me quedé conmovido por el modo como me lo dijo.

Por lo demás, no tenía por qué hacer nada de esto. Por ello, sus palabras de esa tarde, más que un halago, eran una lección de vida que me enseñaban la importancia de la gratitud y la fuerza de la sencillez.


¡VENGA TU REINO!

Algunos de nuestros seminaristas están escribiendo las experiencias que han tenido con el actual Papa cuando era cardenal. A lo mejor te interesan para una sección de testimonios. Te mando una que me gustó y a ella uno mi abrazo y mi bendición.

Ayer, el Papa escribió un mensaje precioso al rabino de Roma. Dice: “Confío en la ayuda del Altísimo para continuar el diálogo y reforzar la colaboración con los hijos y las hijas del pueblo hebreo”. Es un mensaje corto, pero el rabino de Roma, Riccardo Di Seni ha dicho que está muy complacido y agradecido por este mensaje, tan inmediato, importante y significativo”.

Dios te bendiga. Afectísimo en Cristo, Miguel Carmena, L.C.


UN HOMBRE ABIERTO Y CORDIAL
Daniel Hennessy

En otoño de 1997 llegué a Roma para iniciar mis estudios de filosofía. Para mí, todo era novedad, frescura y sorpresas. Me apasionaba, sobre todo, pensar que estaba viviendo en el corazón mismo de la Iglesia.

Me llamó mucho la atención la vida eclesial que se vivía, y que casi se respiraba por aquí. En la capital italiana, el pan nuestro de cada día es ver por las calles a cientos de religiosas, misioneros, monseñores y hasta obispos. Pero, la verdad, nunca pensé en que el encuentro con un cardenal fuera también algo natural.

Un día, algunos sacerdotes amigos míos me invitaron a comer a un restaurante típicamente romano. La comida fue muy amena y sosegada. Al terminar, nos dirigimos hacia la Basílica de San Pedro, a rezar el credo en la tumba del primer Papa.

Casi al llegar, nos cruzamos casualmente con el entonces Cardenal Ratzinger y su secretario, quienes regresaban a sus apartamentos después de una jornada de trabajo. Se les veía realmente cansados.

Sin embargo, cuado el Cardenal nos vio, se detuvo a saludarnos uno a uno. Nos preguntó el nombre a cada uno, el lugar de procedencia y qué hacíamos en Roma. Nos dio unas palabras de aliento muy cálidas y se despidió.

Pasamos unos 8 ó 10 minutos hablando con él, allí en la banqueta cerca del Vaticano. Por lo que sé de otros compañeros, el Cardenal siempre aprovechaba cualquier oportunidad para acercarse a la gente.


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