arguments)},i[r].l=1*new Date();a=s.createElement(o), m=s.getElementsByTagName(o)[0];a.async=1;a.src=g;m.parentNode.insertBefore(a,m) })(window,document,'script','https://www.google-analytics.com/analytics.js','ga'); ga('create', 'UA-526318-1', 'auto'); ga('require', 'GTM-MKNZDXB'); enal alemán en la Madre de Dios, y que va a dar misa a las 5». Yo le contesté: «¿Quién? ¿No dijeron Ratzinger? » «¡Ese, ese…!», me respondió. Sin pensarlo dos veces, le dije que fuéramos a la misa. En el fondo, tenía mis dudas de que fuera él, pues alguien tan importante no se presenta de buenas a primeras en cualquier parte. Qué sorpresa cuando vi, efectivamente, que el Card. Joseph Ratzinger entraba por el pasillo con algunos sacerdotes más para celebrar la Eucaristía a no más de 150 personas. Yo estaba maravillado por la sencillez del hombre que tenía enfrente. Al final de la misa, se acercó a los que le esperábamos en el patio anterior. Nos saludó a todos, sin ningún tipo de barrera ni “prudencia” humana. Ese fue mi primer contacto real con el ahora Benedicto XVI. Otro momento que nos habla un poco de nuestro Papa se refiere a una misa que celebró el verano de 2003. Una niña de unos 11 años aproximadamente le pidió si él podría celebrarle la misa de su Primera Comunión. Él, con su característica cercanía y espíritu paternal, aceptó. Un diácono amigo mío estuvo ahí presente. Me contaba, con una sonrisa, que durante la homilía había visto la talla de sacerdote que era. Me decía: «Mira, cuando llegó el sermón, el Cardenal, que tiene una mente privilegiada y acostumbrado a discursos muy elevados, le habló 15 minutos a la niña sin preocuparse de los demás. Se bajó al nivel de la festejada, como si sólo estuviera ella. Sin embargo, a todos nos tenía embobados, y a la niña, ¡ni se diga!». Realmente del cielo nos han mandado un ángel en Benedicto XVI. Ahora, él necesita de nosotros para llevar adelante el rebaño.

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