18 de marzo de 2022 7:14 pm

Un “milagro” de Dios hizo posible la reconciliación con mi padre, relata sacerdote

Por Almudena Martínez-Bordiú

Testimonio del P. Don Massimo. Crédito: Youtube/ Diócesis de Roma

“Soy hijo de un padre brutal y bestial. Un hombre del que he recibido durante toda mi vida, solamente puñetazos, patadas e insultos”, con estas duras palabras comienza su testimonio  el P. Massimo, un sacerdote italiano que solamente con la gracia y el amor de Dios fue capaz de perdonar a su padre.  

El sacerdote compartió su testimonio durante el primero de los cinco encuentros organizados por la Diócesis de Roma en la Basílica de San Juan de Letrán bajo el título “¿Qué hay de alegre en esta tierra maldita? Los novios, una novela de misericordia”. 

La niñez y adolescencia del sacerdote fue extremadamente dura. Relató que vivía con un padre que, además de golpearle, le amenazaba y le maltrataba psicológicamente, tanto a él como a su madre y sus hermanos. 

Después de que su madre se escapara de casa debido a la violencia ejercida por su marido, de eso hace ya tres años, el P. Massimo decidió denunciar a su padre ante la policía.  

La palabra papá nunca ha significado nada para mí. Cuando hablaba con alguno de esta historia, lo veían como un calvario ordinario e incluso banal y decían que exageraba los hechos”, dijo con valentía el sacerdote.  

El P. Massimo confesó que no recordaba ningún día felíz en casa. “¿Qué cosa puede haber más horrible?”, dijo ante los presentes con la voz entrecortada.  

“El día que le diagnosticaron un cáncer avanzado, yo estaba en el hospital con él. Me ordenó que me mantuviera cerca de él, como si fuera mi deber. Me sentía como un perro atado a su amo”, relató. 

“Cuando empezó la quimioterapia, en una sala de espera, vomité mi rabia contra él. Le dije cosas indecibles a mi padre el día que empezó su calvario. Me convertí en un animal, entré en la noche oscura de la fe. Al ofender a mi padre le di la espalda a Dios, estaba cansado de llevar esa cruz sobre mis hombros”, lamentó.  

A continuación, el sacerdote explicó que tenía la necesidad de alejarse de su familia y de formar la suya propia, con una mujer e hijos, pero de pronto llegó su vocación religiosa y sacerdotal.  

“Cuando papá se enteró de mi vocación, me echó de casa blasfemando y después de mi ordenación sacerdotal, su actitud fue aún más despiadada”, contó el P. Massimo a continuación.  

Luego llegaron los años de distanciamiento, y durante un tiempo ambos permanecieron separados, mientras que su padre “continuaba humillando” a su madre y hermanos.  

“Pensaba que mi deber como sacerdote era arrebatar a mi padre de las manos del diablo, pero en su enfermedad él estaba siendo purificado de sus culpas. Era yo el que estaba en el infierno”, dijo a continuación. 

El milagro de la misericordia 

Don Massimo no conseguía perdonar a su padre aunque estuviera enfermo, y él mismo aseguró que se encontraba sumido “en la oscuridad”. Sin embargo, de pronto ocurrió un “milagro” y la luz volvió a su vida. 

“El milagro ocurrió una mañana de enero, salimos del hospital y le acompañé a casa. Papá había comprendido que el tiempo se agotaba, estaba triste y cansado. Le miré fijamente, hablamos durante veinte minutos y empecé a sentir algo desconocido”.  

“Por primera vez quise a mi padre y fue sin hacer nada. Papá me devolvió la mirada y por fin me sentí querido por él. Lo miré durante mucho tiempo, ya no sentía odio hacia él, como si todo el mal no hubiera existido. Lo pude ver por primera vez como lo que era, mi padre”, confesó el sacerdote.  

“Alguien me acarició de repente -continuó Don Massimo-, como el viento cálido del verano: era mi Señor. Sólo he sentido compasión cuando mi padre estaba muriendo, sin mérito la misericordia vino a visitarnos. Papá me pareció tan hermoso como el sol, adorable, porque la misericordia es el milagro de la vista devuelta a un ciego”, afirmó. 

“Todo niño lleva en su corazón recriminaciones, decepciones, cicatrices de distinto grado, vinculadas a la relación con los padres. Honrar al padre y a la madre significa darles el peso justo, considerarlos ni más ni menos que lo que son: personas heridas, falibles, miserables, limitadas como todos, necesitadas de una caricia”. 

“Porque el problema de la vida no es que las cosas tengan que cambiar, no es ver cosas nuevas, sino ver nuevas todas las cosas”, concluyó el sacerdote . 

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