18 de enero de 2022 12:01 am | ÚLTIMA ACTUALIZACIÓN 19 de enero de 2022 11:27 am

18 de enero: Santa Margarita de Hungría, la princesa que abrazó la cruz por amor a su patria

Hoy, 18 de enero, celebramos a Santa Margarita de Hungría, ‘mediadora de la tranquilidad y la paz’.

Margarita fue princesa de Hungría, hija del rey Bela IV y de María Láscaris -quien, por su parte, era hija del emperador de Constantinopla y ostentaba el título de princesa de Nicea-. 

Una nación envuelta en el dolor

La princesa Margarita nació el 27 de enero de 1242. Solo un año antes, su nación había caído en manos de los ejércitos mongoles, lo que había traído tristeza, hambre y destrucción. En esas trágicas circunstancias, Bela y María, pidiendo por la liberación de Hungría, prometieron a Dios que si les concedía una niña, esta sería consagrada a su servicio como monja. 

Una vocación es un regalo de lo alto

Cuando Margarita tenía solo tres años fue confiada a las dominicas de Veszprém. A los doce, sería trasladada al nuevo monasterio que su padre, el rey, había edificado en la pequeña isla del Danubio que está cerca de la ciudad de Buda (Budapest). En ese monasterio la santa pasaría el resto de su corta vida. Allí profesó sus votos ante fray Humberto de Romans, maestro general de la Orden de Predicadores entre 1254 y 1263. 

Cada vez más enamorada de su vocación y de la misión que tenía con su patria, la joven princesa se dedicó con fervor heroico a recorrer el camino de la perfección. La ascesis conventual -silencio, soledad, oración y penitencia- se fue armonizando de a pocos con su celo por la paz, su valentía natural para denunciar lo injusto y el afecto hacia sus compañeras, a las que sirvió en las labores más humildes. 

Cristo nos da la libertad

Con la madurez, Margarita asumió como propia la decisión que sus padres tomaron antes de que naciera. Llegó a ser claro para ella que si estaba en un monasterio era por amor al Señor y no para agradar a los hombres. Estaba allí, sí, no más por sus padres, sino porque Dios lo había querido; era monja no para complacer a la corona sino para agradar a su Creador. 

Aunque sus padres solían enviarle fastuosos regalos, nunca los quiso para sí. Apenas podía, se deshacía de ellos donándolos para beneficio de los pobres que estaban bajo el cuidado del monasterio. En una oportunidad, incluso, el rey y la reina cambiaron de opinión y quisieron casarla, pero ella se negó. Lo que de verdad le llenaba el alma y le daba consuelo era rezar, contemplar a Jesús crucificado, amar la Eucaristía y gozar de la compañía de la Virgen María. 

Amar la cruz 

Puede que parezca incomprensible que una persona se someta a rigurosas penitencias -incluyendo cilicios- como las que practicó Margarita. Ese siempre será un tema difícil de abordar; en primer lugar, por la distancia en el tiempo y, luego, por la dificultad que tenemos para comprender lo que no nos produce agrado. Afortunadamente, con un poco de apertura de espíritu es posible acercarnos a aquello que movió a Margarita a amar tanto.

La santa había logrado percibir sin duda algo que nos es casi siempre ajeno: la gravedad de nuestros pecados. Ella quiso, a través del dolor físico, acompañar al Señor en su sacrificio redentor, asumido por amor a la humanidad. Y es que a Cristo se le ama completo, también con la cruz a cuestas.

Margarita buscó la paz para su patria ayudando a cargar el peso de los pecados de sus hermanos.  

No solo para Hungría, sino para todo el mundo

Santa Margarita de Hungría murió con solo 28 años, el 18 de enero de 1270. Su cuerpo permaneció sepultado en el monasterio donde vivió hasta 1526. Después de diversas vicisitudes, sus reliquias fueron reubicadas en la iglesia de las clarisas de Bratislava (1618), pero fueron removidas de allí, décadas más tarde, cuando se decretó la supresión del monasterio de las clarisas en 1782.

El proceso de canonización de la santa sufrió retrasos e interrupciones por siglos, hasta que el Venerable Pío XII finalmente la canonizó el 19 de noviembre de 1943. En la homilía de la Misa de canonización el Pontífice declaró a Santa Margarita “mediadora de la tranquilidad y la paz, fundadas en la justicia y la caridad en Cristo, no solo para su patria, sino para todo el mundo”.

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