Hace veinticinco años, la Diócesis de Granada y la Guadix (España) pusieron la primera piedra de un proyecto nacido para no dejar solos a quienes habían caído en la drogodependencia. Aunque Proyecto Hombre llevaba años operando en el país, su implantación en la ciudad andaluza supuso un refugio para decenas de personas enganchadas a las drogas o el alcohol.
“En el año 2000 no existía la información ni la sensibilidad que hay ahora. Había mucha heroína, mucho alcohol y mucha soledad. Llegaban personas que lo habían perdido todo: la familia, el trabajo, la autoestima”, recuerda el P. José María Tortosa, uno de los impulsores históricos de esta iniciativa.
El sacerdote, que actualmente reside en Roma, conoce de primera mano cómo el miedo, la ansiedad por la siguiente dosis y la dependencia destruyen matrimonios, separan a los padres de sus hijos y erosionan hasta el último resto de dignidad personal. Por eso insiste en que la rehabilitación no puede reducirse a la simple abstinencia.
“Una persona no se cura sólo dejando de consumir"
“Una persona no se cura sólo dejando de consumir. También tiene que reconstruir su vida: volver a trabajar, a confiar, a relacionarse. Si no se potencia eso, la recaída es casi inevitable”, afirma, convencido de que uno de los grandes logros de Proyecto Hombre ha sido demostrar que salir de una adicción implica rehacer la propia existencia.