Durante los meses de septiembre y octubre, los monjes benedictinos del Monasterio de San Salvador de Leyre, en Navarra (España), se adentran en el bosque para recoger enebro, el ingrediente esencial de una ginebra que preserva una tradición milenaria.
En las faldas de la sierra de Errando se erige este conjunto monástico del siglo IX, cuna del antiguo reino de Pamplona y uno de los más antiguos de Europa, conocido por su relevancia histórica y patrimonio arquitectónico.
En el interior de sus gruesas paredes habitan 17 monjes españoles que llevan una vida contemplativa, marcada por el silencio y la oración, fieles al célebre ora et labora y siguiendo un carisma centrado en la liturgia, la vida interior y el espíritu de familia.
Entre ellos se encuentra fray Eduardo Oliver, un joven de 30 años que, tras descubrir los primeros destellos de su vocación durante la JMJ de Madrid de 2011, fue conducido por el Señor hasta este monasterio, destinado a convertirse en su hogar. “Vivir aquí fue un deseo que acabó convirtiéndose casi en una necesidad”, cuenta en conversación con ACI Prensa.
Su jornada arranca a las 5:30 de la mañana y transcurre en torno a la liturgia de las horas, la oración en común, la oración personal y el trabajo. “El monasterio lo atendemos nosotros, nos ocupamos de las necesidades que haya, desde la sastrería, la cocina, la contabilidad, hasta cuidar a los mayores”, explica.