Beata María Cristina Brando (1856-1906)

Beata María Cristina Brando (1856-1906)
La Madre María Cristina Brando nació en Nápoles el 1 de mayo de 1856. Sus padres fueron Giovanni Giuseppe y María Concetta Marrazo. Su madre murió algunos días después del nacimiento de la Sierva de Dios.

Dueña de una naturaleza gentil y dócil, ella recibió una fructífera educación religiosa en el seno de su familia y, desde temprano en su vida, mostraba signos claros de una inclinación hacia la oración y el celibato.

Atraída por los asuntos de Dios ella rompió con las vanidades terrenales y, de la mano con su amor por la soledad, frecuentemente celebraba el sacramento de la Penitencia y comulgaba diariamente. Ella escuchaba atenta las enseñanzas de Nuestro Salvador (cf. Mt 5, 48), y repetía continuamente: ”Debo ser santa; quiero ser santa”. Hacia sus doce años y ante una imagen del Niño Jesús, ella profesó un voto de castidad perpetua.

Cuando empezó a distinguir una vocación para la vida religiosa, intentó ingresar al Monasterio de las Monjas Sacramentinas en Nápoles, pero su padre no permitió que esta intención prosperara. No obstante, sí logró su consentimiento para ser recibida como candidata de las Clarisas Pobres en su Monasterio Florentino. Sin embargo, en vista de la enfermedad que la aquejaba se le fue denegado su ingreso dos veces y se le obligó a regresar con sus padres para que recibiera un tratamiento. Tras su recuperación, obtuvo el permiso para entrar al Monasterio de las Monjas Sacramentinas. En 1876 se le entregó el hábito y adoptó el nombre de Hermana María Cristina de la Inmaculada Concepción. Aquí también cayó enferma y se le ordenó abandonar la gran aventura que con inmenso fervor había emprendido.

A estas alturas ella comprendió que había llegado el momento de dedicar su vida a un Instituto hacia el cual ella siempre se había sentido llamada. Es así como en 1878, mientras ocupaba una habitación que rentaba a las Hermanas Teresianas de Torre del Greco, ella decidió la fundación de una nueva familia religiosa que actualmente leva el nombre de: la Congregación de las Hermanas, Víctimas Expiatorias de Jesús en el Santísimo Sacramento. Esta nueva congregación creció rápidamente a pesar de los obstáculos financieros y de toda índole, así como la salud inestable de la fundadora.

Luego de su residencia en numerosos lugares, la comunidad, bajo la guía del Siervo de Dios Michelangelo de Marigliano y del Beato Ludovico de Casoria, se establecieron en Casoria, cerca de Nápoles. El nuevo Instituto encontró diversas dificultades pero de muchas maneras también se hizo presente la Divina Providencia y disfrutó de la ayuda de muchos benefactores y del clero, muy especialmente del sacerdote Domenico Maglione. El Instituto creció en integrantes y en comunidades y demostró gran devoción a la Eucaristía y cuidadosa atención a la educación de los jóvenes.

En 1897 el Siervo de Dios profesó sus votos temporales y, el 20 de julio de 1903, la Congregación recibió la aprobación canónica de la Santa Sede. El 2 de noviembre de ese mismo año, la Fundadora, junto con muchas de las hermanas, hicieron su profesión perpetua.

Ella vivió su consagración con generosidad, perseverancia y con gran gozo en su espíritu. Mantuvo el cargo de superior general con humildad, prudencia y amabilidad, ofreciéndole a sus hermanas un constante ejemplo de fidelidad a Dios, a la vocación de cada uno y de afán por mantener el crecimiento del Reino de Dios.

Ella caminó el camino de santidad con exactitud y generosidad y, con la ayuda de la Gracia de Dios, continuamente progresaba imitando al Señor, en obediencia al Evangelio y en la perfección Cristiana.

La Sierva de Dios partió a la Casa del Padre el 20 de enero de 1906, destino al cual siempre aspiró y para el cual se había preparado cuidadosamente.

Su Espiritualidad

La vida de la Madre María Cristina estuvo siempre caracterizada por una Fe sencilla, consistente y viva, y constantemente alimentada por la palabra de Dios, por la fructífera celebración de los sacramentos, por una asidua contemplación de las verdades eternas y por una ferviente oración. Particularmente cultivó una devoción por la Encarnación, la Pasión y Muerte de Cristo, y por la Eucaristía. Con miras a estar más cerca en espíritu y cuerpo al tabernáculo, construyó una celda adyacente a la iglesia, a la que ella llamaba la ´grotticella` (la pequeña gruta) recordando el pesebre de la Natividad. Era una fuente edificante para todos en Casoria. Ahí transcurrían todas las noches de su vida, sentada en una silla, para acompañar a Jesús en la Eucaristía, mientras estaba despierta o en descanso.

Su espiritualidad de expiación era tan fuerte, que se convirtió en el carisma del instituto. De hecho, entre los fragmentos que se conservan de su autobiografía, escrita en obediencia a su director espiritual, se lee que: “el motivo principal de este trabajo es la reparación por las ofensas que recibe el Sagrado Corazón de Jesús en el Santísimo Sacramento, especialmente por los tantos actos de irreverencia y descuido, comuniones sacrílegas y sacramentos celebrados pobremente, por las Santas Misas a las que se asiste sin prestar la menor atención, que amargamente perforan ese Sagrado Corazón, por tantos de sus ministros y tantas almas que están consagradas a Él, que se confunden con esta gente ignorante y dañan su Corazón más todavía. (...) A los Perpetuos Adoradores del divino Corazón de Jesús quiere confiar la dulce y sublime tarea de Víctimas de la adoración y reparación perpetuas de su Divino Corazón, tan horriblemente ofendido y afrontado en el Santo Sacramento de amor. (...) A los Adoradores Perpetuos, en su vida activa y contemplativa, (...) el Sagrado Corazón de Jesús confía la dulce tarea de Víctimas de Caridad y reparación; de caridad porque se les ha confiado con el cuidado de sus hijos”

A la luz de esta segunda dimensión, se establecieron muchas obras: colegios para niñas, escuelas secundarias para niñas, orfanatos, internados y colegios de día: todo por la reparación. Ciertamente, llevando el conocimiento del amor de Dios ahí a donde no se le conoce, hace que al Señor se le ame más, y así se ayuda a más gente a que impidan esas ofensas que la Madre Cristina vivía para expiar.

Esto se vuelve bastante claro en los dos elementos que resumen el carisma que la Madre Brando impartió a sus Hermanas, Víctimas Expiatorias: el amor de Dios y el amor del prójimo que la Beata María Cristina definió como “dos ramas que se originan en un mismo tronco”.

Fue beatificada por el Papa Juan Pablo II, el domingo 27 de abril de 2003, durante la Misa celebrada en la Plaza San Pedro con ocasión del segundo Domingo de Pascua, solemnidad de la Divina Misericordia.

Comentarios