Vigésimo cuarto día

San José después de su muerte

La obra de la Redención no estaba todavía terminada, los cielos cerrados apor la falta de Adán, no estaban abiertos y el alma de José andaba en los limbos reuniéndose a la de sus padres, los santos patriarcas, los profetas inmortales, los santos pontífices y los santos reyes, los justos de Israel que esperaban, en una oración incesante, la venida del Mesías. Con qué alegría conocieron su feliz nacimiento y cuánto alegraban con su liberación cercana. Algunos de eso que nosotros llamamos años los separaban a penas del momento en que victorioso de la muerte y del infierno, Jesús triunfante descendió a los limbos. José lo vio con los ojos de su alma; no era ya el niño que había cargado en sus brazos, el adolescente que había encontrado en el templo, el celeste obrero que lo ayudaba en sus trabajos: es el Salvador que lleva sobre su espalda la marca de su victoria, es el hombre Dios que ha vencido al demonio con la efusión de su sangre preciosa y que lleva en sus manos, en sus pies, en su corazón, las heridas radiantes, prendas de su amor. ¡Con qué dicha José y los ancianos de Israel lo adoraron, cuántas acciones de gracias, cuántos cánticos de alegría se elevaron de ese coro de almas rescatadas! ¡Si conociésemos es don de Dios! ¡Si supiésemos lo que guarda Jesús para nosotros, su recuerdo, su amor, su sangre nos liberarían de la servidumbre del pecado; ningún esfuerzo nos parecería penoso para complacer a Jesús y unirnos a él más estrechamente!

Oración

Oh santo protector mío, es en especial por la hora en que debo decidir mi eternidad que recurro a ti. Te invoco con toda mi alma, asísteme en esos últimos desfallecimientos, sostén mi fe, mi esperanza y mi amor; obtenme esta contrición que lava el corazón de todas las suciedades, preséntame a mi soberano Juez, y obtén para mí un juicio favorable, para que contigo alabe y bendiga a Dios por toda la eternidad.
San José, tan poderoso en el cielo, ruega por nosotros.

Ejemplo

La Sagrada Familia de la Presentación

La Venerable madre Rivier, fundadora de las Hermanas de la Presentación de María, era muy devota del misterio de la vida oculta de Nuestro señor en Nazaret. Hacía de ella, a menudo, el objeto de sus meditaciones. Este misterio le era tan querido, que todo tiempo y en toda estación se complacía en recordárselo a sus hijas proponiéndoles la imitación de la vida de la sagrada familia de Nazaret. Para recordársela más fuertemente a todos los espíritus, hizo colocar en un apartamento accesible a todo el mundo, tres estatuas de tamaño natural, que representaban a Jesús, María y José trabajando juntos. La venerable Madre indicó luego a cada hermana su día de visita a la Sagrada familia. Ella misma daba ejemplo con una piadosa asiduidad. Todos los días, iba a contemplar, durante algunos momentos a Jesús, María y José en su oscuro trabajo. Esta contemplación la enternecía hasta hacerla derramar lágrimas; decía que ahí tenía para meditar todo el año. Cuando, por consecuencia de sus enfermedades no tuvo más fuerzas para ir a la habitación donde estaban las estatuas, se hizo traer, para nutrir su devoción, una pintura que representaba la sagrada Familia. En la meditación de la vida oculta de Jesús, María y José concibió el plan el plan de su Orden Terciaria. Igualmente quiso ella que las Hermanas que la conformaran llevaran el nombre de Hermanas de la Sagrada Familia. Su devoción le hacía decir que, si hubiese entrado en la comunidad, después del establecimiento de la Orden Terciaria, ella habría sido una Hermanita de la Sagrada Familia.


Traducido del francés por José Gálvez Krüger para ACI Prensa

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