Segundo día

Vida oculta de San José

Un alma piadosa (Catalina Emmerich) tuvo algunas revelaciones sobre la existencia de San José: lo vio piadoso, modesto, bueno, laborioso, brindando toda clase de servicios a su jefe carpintero; igualmente asiduo al trabajo y a la oración; suspira hacia el Mesías, tal como lo hacían todos los verdaderos Hebreos, hijos de la promesa; decía con ellos: ¡Cielos envíen su rocío! ¡Hagan volver al Justo! Y no pensaba en su santa modestia que, ese Justo, ese Deseado de las Naciones, ese Cordero dominador del mundo, sería un día confiado a su custodia. Bajo el ojo de Dios, caminaba con simplicidad y fidelidad, cumpliendo sus deberes de cada día, de la oración y del amor hacia el Creador, de caridad hacia los hombres sus hermanos, de caridad, de amor al trabajo, de obediencia y de humildad, que eran las virtudes propias de su vocación. Tratemos de imitar a San José, practicando las virtudes de nuestro estado: como hijos, la sumisión, la docilidad hacia nuestros padres y maestros; amabilidad y la bondad hacia los hermanos y amigos, la modestia, la asiduidad al estudio y, finalmente, la oración, la atención a la presencia de Dios, que son los dos grandes apoyos de la virtud sobre la tierra.

Oración

Bienaventurado José, que pasaste la vida en la oscuridad y esforzados trabajos, te elijo por mi modelo y mi protector. Obtén que soporte con paciencia las cargas de mi estado, que me santifique con ellas, para merecer un día la corona celeste. San José, protector de aquellos que tienen confianza en ti, ruega por nosotros. Amén.

Ejemplo

Bondad de San José hacia aquellos que lo invocan

Hace tiempo, un hombre se encontraba muy mortificado, su familia acababa de sufrir una pérdida que lo sumergía en la miseria. En su indigencia, el desventurado apeló al afecto de uno de sus hijos, que vivía fuera de la casa paterna; pero el hijo rico en amor filial, era pobre en lo material; no tenía nada, absolutamente nada. ¿Qué haría? Su tierna devoción a San José lo condujo al pie de su altar; ahí, se puso de rodillas y de su ardiente corazón se escapa esta ferviente oración: “San José… quisiera auxiliar a mi padre, pero tu conoces mi incapacidad… lo que yo no puedo, tú lo puedes; San José, ven, ven en mi auxilio; San José, ayúdame, y celebraré por siempre tus bondades”.

Su voz suplicante subió hasta los cielos; el augusto esposo lo había oído. Una hora después, un desconocido ponía a disposición del suplicante una suma que devolvía a su familia todo lo que el infortunio le había arrebatado.


Traducido del francés por José Gálvez Krüger para ACI Prensa

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