w Date();a=s.createElement(o), m=s.getElementsByTagName(o)[0];a.async=1;a.src=g;m.parentNode.insertBefore(a,m) })(window,document,'script','https://www.google-analytics.com/analytics.js','ga'); ga('create', 'UA-526318-1', 'auto'); ga('require', 'GTM-MKNZDXB'); dalo permanece en otro pecado externo contra el sexto mandamiento del Decálogo, deben ser castigados con suspensión (que es la privación del ejercicio del ministerio sacerdotal); si persiste el delito después de la amonestación, se pueden añadir gradualmente otras penas, hasta la expulsión del estado clerical.

2. El clérigo que cometa de otro modo un delito contra el sexto mandamiento del Decálogo, cuando este delito haya sido cometido con violencia o amenazas, o públicamente o con un menor de dieciséis años de edad, debe ser castigado con penas justas, sin excluir la expulsión del estado clerical cuando el caso lo requiera”.

El Papa Juan Pablo II, decía a los Obispos y Cardenales de EEUU: “la gente debe saber que en el  sacerdocio ministerial o en la vida religiosa no hay lugar para quienes dañan a los jóvenes”. Lo prescrito  en el Derecho Canónico no libera al implicado en estos problemas morales de tener  que responder ante la autoridad civil.

Las normas dadas previenen para que no se imponga la “cultura de la sospecha”; por eso prevé un auténtico proceso para individuar los hechos y confirmar las pruebas  de la culpabilidad ante un tribunal; se insiste en la rapidez del proceso pero se exterioriza la preocupación por que, en las investigaciones previas, se tomen las medidas cautelares para impedir al individuo sospechoso producir daños ulteriores. En los procesos se garantiza la preservación de la santidad de la Iglesia,  el bien común y los derechos de las víctimas y de los culpables.

Las leyes de la Iglesia, serias  y severas, están concebidas en el marco de la tradición apostólica de tratar los asuntos internos de manera interna, lo que no significa sustraerse a cualquier ordenamiento civil vigente, exceptuando siempre el caso del sigilo sacramental.

La Iglesia, fiel a su maestro Jesús, que es inflexible y duro frente al mal, al pecado y al delito, es comprensiva y misericordiosa con los pecadores que reconocen su condición y quieren de verdad convertirse, porque bien sabe que ella es “sacramento universal de salvación”. La Iglesia no puede, por tanto, olvidar que el mismo Jesús que dijo: “Al que escandalice a uno de estos pequeños más le vale que le cuelguen una piedra de molino al cuello y lo arrojen al fondo del mar”(Mt.18,7); y que de Judas, el traidor, se expresó así: “Más le valdría no haber nacido”(Mt. 26,24), es el que también afirmó que “no había venido a condenar sino a salvar” (Jn. 3,17) y, quien, ante la mujer adúltera, a punto de ser apedreada por sus hipócritas acusadores, los increpó diciendo: “el que esté sin pecado que tire la primera piedra..”. Y a ella la perdonó exhortándola: “Vete y no vuelvas a pecar” (Jn. 8, 1-11).

Ciertamente, esto ni lo comprenden ni lo acogen quienes no tienen fe y no han aceptado a Cristo: ésos se constituyen en jueces inclementes e inexorables de sus hermanos y no están dispuestos a reconocer sus propias miserias y pecados, como hombres débiles que también son. “Dios no quiere la muerte – la destrucción – del pecador, sino  que éste se convierta y viva” (Ez.18, 23).  En este contexto es en el que debe actuar siempre la Iglesia, siguiendo  el ejemplo de su divino fundador y maestro de la “verdad sobre el hombre”: Jesucristo.

No pocas veces los medios de comunicación social, al ventilar un problema de un sacerdote o de un religioso,  en este plano, generalizan y la mancha de uno la extienden a todos. Este proceder, a más de equívoco y de causar bastante  daño, es carente de ética e injusto con la inmensa mayoría de sacerdotes y religiosos que luchan  por ser fieles a sus compromisos y dan ejemplo de vida honesta y virtuosa.

Frente a un sacerdote que falla son muchísimos más los que se levantan cada mañana con la intención de ofrecer la vida entera en el servicio a la Iglesia como testigos de Jesús. La primera comunidad cristiana no se centró y se quedó petrificada ante Judas que traicionó al Señor, sino que se fijó y siguió a los once, gracias a cuya predicación y ejemplo la Buena Nueva ha llegado a nosotros.
Merecen reproche los medios de comunicación, que en esta materia y para sentar doctrina, acuden a personas poco solventes moralmente y, menos, autorizadas para opinar sobre el tema.

Un laico ateo o resentido, un clérigo movido por sentimientos de odio y de venganza, o un sacerdote que renuncia a su ministerio por faltas graves en el campo  del celibato y la castidad, o un seminarista que por parecidas razones  es excluido del Seminario son las personas menos indicadas y autorizadas para hablar sobre la fidelidad sacerdotal. Tampoco se puede tener como doctrina recta la novelesca opinión de un escrito o imagen televisiva que busca celebridad y “se hace propaganda” denigrando de los demás, especialmente del clero y de la Iglesia.

La dureza, la severidad, la sevicia y hasta la morbosidad con que algunos comunicadores enjuician a quien falla en esta materia, hace revivir el episodio de la mujer sorprendida en adulterio que trae el Evangelio de San Juan – ya citado atrás – y despiertan el deseo de repetir la frase de Jesús: “el que esté sin pecado que tire la primera piedra” (Jn 8, 1-11). Cuando cada uno tenga el valor de atisbar, aunque sea de lejos, su propia conciencia, enmudecerá y descubrirá  la razón que tiene Jesús cuando dice: “El Padre ha entregado al Hijo la misión de juzgar” (Jn 5,22). Con mucha razón asegura el Apóstol Santiago: “Quién eres tú para juzgar al prójimo?” (Sant. 4,12).

Y no sobra agregar aquí, frente al pronunciamiento de algunos “legisladores y comunicadores”, que es, por decir lo menos, ingenuo pensar y proponer como solución a los problemas sexuales de los clérigos y religiosos, que lo mejor es “acabar con el celibato” y permitir que todos se casen. Esto equivale a decir que, como los matrimonios generalmente funcionan mal, se hace necesario acabar con la “institución del matrimonio”, olvidando que la falla no está en la “institución” - que señala el ideal de vida conyugal -, sino en los seres humanos - hombres y mujeres-, que no asumen adecuada y fielmente las responsabilidades y exigencias propias de dicha institución; o, como suele decirse, “la fiebre no está en las cobijas”. El problema es más de fondo y su solución no puede ser menos seria y profunda.   

Debe quedar claro a los fieles católicos y a toda la comunidad que los obispos, sacerdotes y religiosos nos sentimos profundamente dolidos y seriamente preocupados  por el escándalo dado por algunos clérigos, que, aunque escasos en número,  han producido un grave e irreparable daño con sus pecados y delitos sexuales. Estamos convencidos de que a esta dolorosa realidad la única respuesta es la Santidad de vida.
Nos sentimos comprometidos a revivir cada día la conciencia de nuestra consagración, porque, como dice el Apóstol Pablo: “llevamos este tesoro en vasos de barro” (2 Cor 4,7) y nos vemos cada día más, urgidos de lograr la “configuración con Cristo”, es decir, pensar como él, actuar como él, vivir como él, para conseguir “tener los mismos sentimientos de Cristo y sus mismas actitudes” (Filp. 2,5). Todo eso quiere decir santidad, y para lograrlo, además de nuestro esfuerzo, se requiere el respaldo de la oración de toda la Iglesa.  Por eso, los invito a orar sin interrupción a Dios para que todos en la Iglesia cada vez seamos más santos y entendamos mejor nuestra misión en ella, a fin de que, en verdad, aparezca ante el mundo con un nuevo rostro y sea como Cristo la quiere: “Una, SANTA, católica y apostólica”, conscientes de lo que significan las palabras de Jesús: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt.28, 18-20) “y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt. 16, 18).

Bucaramanga, 27 de agosto de 2007.

Victor Manuel Lopez Forero
Arzobispo de Bucaramanga

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