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Juan Casiano

Del doble combate contra el espíritu de fornicación

I. Según nos dice la tradición de los Padres, el segundo combate que hemos de librar en nosotros es contra el espíritu de fornicación. Más arduo que los demás cuanto porfiado, es también el más persistente. Prueba de ello es que muy pocos alcanzan en él una victoria decisiva. Tiene todas las trazas de una lucha enconada que se inaugura en el umbral de la adolescencia, que no se extingue hasta que no se han superado las demás.

Porque el ataque es doble; esta pasión tiene como dos cabezas, o, mejor dicho, dos flancos que se disponen simultáneamente en plan de batalla. Y claro es que hay que oponer resistencia a esas dos partes beligerantes. Quiero decir que el mal reside en el cuerpo y en el alma a la vez, y que la impetuosidad del asalto resulta de la confluencia de ambas fuerzas. De ahí que si el cuerpo y el alma, coaligándose, no luchan de consuno, es imposible vencer.

Ni es suficiente el ayuno corporal para conquistar y conservar la castidad perfecta. Contra este inmundo espíritu ha de preceder la contrición del corazón, junto con la oración y la rumia constante de las Escrituras. Hay que unir además el conocimiento de las cosas del espíritu y el trabajo manual, que tienen la propiedad de reprimir la inconstancia y veleidad del corazón. Y, sobre todo, es preciso haber echado sólidos cimientos de humildad. Esta última condición es indispensable para que el monje pueda obtener la victoria sobre un vicio cualquiera.

II. La enmienda de este vicio radica en la perfección del corazón, supuesto que es también de nuestro corazón de donde procede el virus de esta enfermedad, como dice el Señor: «Del corazón provienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios» y todos los otros males. Por tal razón, lo que hay que purificar primero es la misma fuente de donde manan la muerte y la vida, según esta palabra de Salomón: «Guarda con gran cautela tu corazón, porque es el manantial de la vida».

La carne, en efecto, está sujeta a su libre voluntad y a su imperio, y, por tanto, hay que abrazar con suma diligencia la austeridad de los ayunos, no sea que el organismo, cargado excesivamente con la abundancia de los manjares, oponga resistencia a los preceptos saludables del alma y rechace, insolente, el dominio del espíritu.

Por lo demás, si concedemos toda la importancia únicamente a la mortificación corporal, sin que el alma se abstenga a su vez de sus pasiones, ocupándose en la meditación divina y en las cosas espirituales, no podremos en modo alguno llegar a la verdadera integridad, como quiera que permanece en nosotros lo que es principal enemigo de la pureza física de nuestro cuerpo.

Es menester, pues, que, a tenor de la sentencia de la Escritura, purifiquemos ante todo «el interior de la copa y del plato, y luego limpiarlo también por defuera».

III. Cabe advertir, además, que los otros vicios suelen eliminarse mediante el trato con los hombres y el ejercicio cotidiano. Las mismas caídas son, en cierto modo, de una eficacia curativa. Así, por ejemplo, la ira, la tristeza, la impaciencia, desaparecen por medio de la meditación, la vigilancia solícita y la compañía de los hermanos que nos invita a alternar con ellos. Y la razón es muy sencilla al exteriorizarse con más frecuencia los movimientos del alma, y al hallarse sorprendidos una y otra vez en flagrante delito, deviene más fácil su curación.

En cambio, esta enfermedad de que estamos hablando necesita, aparte la mortificación corporal y la contrición del corazón, la soledad y el retiro. Desapareciendo de este modo la fiebre maligna, puede el alma recobrarse y llegar a un estado de salud perfecta.

Hay ciertos pacientes a quienes no es conveniente presentar ante sus ojos manjares nocivos, porque su sola vista despertaría en ellos la apetencia, que sería en todo caso fatal. De la misma manera, para ahuyentar esta afección morbosa es muy útil el descanso y la soledad. El alma enferma, al no ser turbada por imágenes del mundo exterior, puede llegar a un estado más puro de contemplación. Y. por tanto, puede serle más fácil desarraigar el incentivo de la concupiscencia.

IV. De lo dicho no vaya nadie a creer que a nuestro juicio no se hallan en una comunidad monjes continentes. Al contrario: creo muy posible que los haya. Pero una cosa es ser continente (o sea, ????at???? otra ser casto (esto es, ?????), y mantenerse como adherido a la integridad e incorrupcisn durante toda nuestra existencia. Esta virtud no se atribuye más que a aquellos que se mantuvieron siempre vírgenes en su cuerpo y en su alma. Tales son, por ejemplo, Juan Bautista y Juan Evangelista en el Nuevo Testamento, y en el Antiguo, Elías, Jeremías y Daniel. Y no sería arbitrario incluir en este número a aquellos que, después de haberse levantado del cieno de la corrupción, han llegado, tras de largos trabajos y duro esfuerzo, al mismo estado de pureza que aquéllos. Han sentido el aguijón de la carne y lo sienten todavía, aunque no tanto por el apetito perverso cuanto por el movimiento espontáneo de la naturaleza.

Este es cabalmente el estado que yo creo difícil de alcanzar para muchos. Si es o no imposible, no voy a pronunciarme de una manera categórica. Que cada cual, en lugar de remitirse a mi juicio personal, examine su propia conciencia.

Por otra parte, no dudo que hay muchos continentes que saben hacer frente y anular los asaltos de la carne —ya sea que tengan lugar a intervalos, ya a diario—, por temor del infierno y el deseo del reino de los cielos. Sin embargo, la sentencia unánime de los ancianos es que, aun cuando no se sucumba a los embates de la carne, no es posible permanecer absolutamente inmune de todo rasguño o alfilerazo. Mientras estamos en la brecha, aunque hayamos vencido reiteradamente al enemigo, es casi inevitable que se hiera uno a sí mismo alguna que otra vez.

El don de la castidad supone una gracia especial de Dios

V. Por lo cual, si queremos tomar a pechos la contienda espiritual y entablar el combate según las directrices dadas por el Apóstol, dispongámonos a vencer al espíritu inmundo con todas las energías de nuestro ser. Pero no cifremos nuestra confianza en la eficacia de nuestras propias fuerzas, porque el esfuerzo humano es impotente para realizar tal cosa; apoyémonos antes en el auxilio del Señor. El alma sufrirá una derrota tras otra, hasta que se dé cuenta de que está trabando un combate superior a sus fuerzas. No podrá obtener la victoria por su propio trabajo y denuedo, si no es sostenida por la protección divina y la gracia de lo alto.

VI. Cierto que para todo progreso en la virtud y para alcanzar el triunfo sobre un vicio cualquiera se necesita la gracia de Dios, y es suya la victoria. Pero hay en la adquisición de la perfecta pureza un beneficio particular del Cielo, un don especial. El parecer de los Padres está de acuerdo con la experiencia de aquellos que han llegado a alcanzarla. Porque es en cierta manera un salir de la carne, permaneciendo en el cuerpo. Es algo que está por encima de la naturaleza el vivir revestido de una carne frágil y no sentir su aguijón.

Por eso es imposible al hombre remontar el vuelo hacia esas cumbres con sus propias alas, hasta alcanzar una recompensa tan sublime y celeste, a no ser que el Señor le saque del lodo de este mundo por el don de la castidad. Porque no hay virtud que iguale más a los hombres con los espíritus angélicos e imite más su vida que la gracia y mérito de la virginidad. Viviendo todavía en la tierra, son ya, gracias a esa virtud, «ciudadanos del cielo», al decir de San Pablo. Y la promesa hecha a los santos para la vida futura, cuando haya desaparecido la corrupción de la carne, la poseen ya ellos aquí en la tierra bajo la envoltura de un cuerpo frágil.

VII. Oye lo que dice el Apóstol: «Quien se prepara para luchar en la palestra, de todo se «abstiene». Veamos qué significa ese «todo» tan absoluto. La comparación de las luchas humanas nos servirá para comprender mejor las condiciones y características de nuestro combate espiritual.

Quienes pretenden luchar según las bases del juego en este certamen visible, no pueden usar a su antojo de todos los alimentos que les sugiere el deseo, sino solamente de los manjares que establece el reglamento profesional. Y no basta que se abstengan de los alimentos prohibidos, como también de la embriaguez y la intemperancia: deben evitar además la inacción, el ocio y la desidia, y desarrollar su fuerza gracias a los ejercicios cotidianos y a un estudio ininterrumpido.

Por donde, ajenos a toda solicitud y a toda tristeza e inhibiéndose asimismo de los negocios seculares, del afecto conyugal y de las cargas anejas a la vida de familia, no conocen más que la práctica de su carrera, prescindiendo de toda ocupación terrena. Sólo del que preside los juegos esperan el sustento cotidiano, la gloria de la corona y el galardón condigno al mérito de su victoria. A esto añaden una continencia absoluta, por temor a que perdiendo su vigor no se hagan inaptos para el pugilato.

VIII. Si hemos comprendido las leyes normativas de los juegos de este mundo, a cuyo ejemplo ha querido instruirnos el Apóstol, subrayando con qué atención, con qué solicitud y vigilancia se conducen los atletas de la tierra, ¡con cuánta mayor pureza convendrá guardar nuestro cuerpo y nuestra alma quienes debemos recibir a diario la carne sacrosanta del Cordero!

La ordenación de la Ley antigua no permitía al impuro acercarse al sacrificio. Y así sanciona el Levítico: «Quienquiera que esté puro podrá comer de la carne del sacrificio; pero aquel que, manchada su alma por la impureza, comiere la carne de la víctima pacífica ofrecida a Dios, perecerá delante del Señor».

¡Cuál será, pues, la prestancia del don de integridad, cuando sin él, los mismos que vivieron bajo la antigua Ley, no podían participar en los sacrificios figurativos; y los que ambicionan las coronas efímeras de aquí abajo, no pueden alcanzarlas!

Con qué pureza de corazón hemos de conducirnos bajo la mirada de Dios

IX. Es necesario ante todo purificar las reconditeces de nuestro corazón con sumo empeño. La pureza que desean obtener aquellos gimnastas en el cuerpo, debemos nosotros alcanzarla en el alma. Aquí, en el santuario de la conciencia, es donde reside el Señor. Él es el árbitro, el que preside los juegos, el testigo ocular de nuestra carrera y de nuestro certamen. No dejemos que se desarrolle en nuestro fuero interno por causa de los pensamientos ociosos el mal inconfesable que no queremos cometer ostensiblemente. Rechacemos de plano las cosas que pueden sernos placenteras, pero que nos harían enrojecer a la vista de los hombres. Porque aun cuando puedan pasar inadvertidas a nuestros semejantes, de ningún modo escapan a la mirada de los santos ángeles ni a la ciencia omnímoda de Dios, a quien nada se oculta en la tierra.

X. Digamos ahora cuál es el indicio de la total y perfecta pureza.
La señal evidente, la prueba palmaria de la pureza interior, es que, mientras nos hallamos sumergidos en el sueño, no se ofrezca a nuestro espíritu ninguna imagen de pecado. Que no se origine en nosotros, en esa coyuntura, ningún movimiento de concupiscencia. Claro es que estos movimientos no arguyen verdadera culpabilidad. Pero no es menos cierto que tales miserias son indicio de que el alma es en este aspecto todavía imperfecta. No han desaparecido en ella por completo las manifestaciones en que suele producirse el apetito desordenado por la complicidad de imágenes ilusivas.

XI. Y es que el descanso nocturno aquilata nuestros pensamientos y sanciona nuestra negligencia en guardarnos de ellos en medio de la agitación del día. Si ocurre alguna ilusión durante la noche, la falta no está desde luego en el sueño, sino en la flojedad y descuido del tiempo que le ha precedido. Dicho de otra manera: es síntoma de un vicio que estaba como incubándose interiormente y que se ha manifestado en ese momento. El que se ponga de manifiesto no es debido a esa hora de la noche. Obedece al hecho de que reside en las fibras más íntimas del alma. El sueño no ha hecho más que producirle, empujándole a la superficie. Ha puesto en evidencia la fiebre maligna que habíamos contraído durante la jornada, nutriendo nuestro espíritu de pravos pensamientos.

Lo propio acontece en las enfermedades corporales. No tienen su origen en el momento preciso en que se exteriorizan, sino que deben atribuirse a la negligencia del tiempo que las ha precedido: un alimento nocivo, pongo por caso, tomado imprudentemente, ha engendrado humores corrosivos, capaces de causar la muerte.

XII. Dios, supremo hacedor del género humano, que conocía mejor que nadie la obra de sus manos y los medios de enmendarla, puso el remedio allí donde sabía que estaba la causa de la enfermedad: «Quien mira a una mujer —afirma— con ánimo de codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón». Condena los ojos impúdicos, pero no tanto los ojos como el sentimiento interior que abusa de la mirada para ver lo que no es lícito mirar. De hecho es el corazón quien, enfermo y herido por el dardo de la pasión, mira a impulsos de la concupiscencia. El Creador, en su sabiduría, le ha concedido el beneficio de poder ver; y él, por su miseria profunda, pone ese poder al servicio del mal.

Así, la mirada viene a ser una ocasión de manifestar el morbo de la sensualidad latente en el alma. He aquí el motivo por el cual endereza el saludable precepto al corazón: para que la enfermedad que permanece oculta en él no se ponga de manifiesto en la ocasión propicia de una mirada. No ha dicho: «Guarda tus ojos con circunspección». Este hubiera sido el mandato, si el apetito desordenado procediera de los ojos. Pero éstos no hacen simplemente más que prestar un servicio al alma. Y así ha dicho: «Guarda tu corazón con gran cautela». A él se le prescribe el remedio, porque es él quien puede abusar constantemente de la ayuda que le ofrecen los ojos.

XIII. Esta será la primera medida de prudencia para ponernos en guardia contra los malos pensamientos con miras a nuestra purificación.

El enemigo, que, como maestro de maldad, goza de una astucia superlativa, sabe sugerirnos de un modo sutil la idea del sexo. Y al principio nos evoca el recuerdo de nuestra madre, de nuestras hermanas o de mujeres de santa vida. Este recuerdo va arraigándose insensiblemente en nuestro corazón. Debemos reaccionar inmediatamente. Hay que repeler lejos de nosotros tales pensamientos. De lo contrario, si andamos remisos, si contemporizamos con ellos, el demonio usará de sus argucias y nos hará caer, gracias al recuerdo de cosas que le permitirán imbuir a manos llenas las ideas del mal. Debiéramos tener grabado en la memoria aquel precepto: «Guarda tu corazón con gran solicitud».

Según el mandato primordial del Creador, no dejemos de observar los movimientos de la cabeza de la serpiente, es decir, los principios de los pensamientos malvados, a cuyo favor intenta el enemigo deslizarse en nuestra alma. No le dejemos penetrar a sabiendas en el santuario de nuestro corazón. Defendámonos con resolución para que no pueda introducir en nosotros el resto de su cuerpo, o sea el consentimiento de un placer culpable. Porque no hay duda de que una vez dentro, tendrá a nuestra alma cautiva, y su mordedura le inoculará la muerte.

Es preciso además que exterminemos los pecados de nuestra tierra: «peccatores terrae», esto es, los pensamientos sensuales, y ello ya en su principio, cuando nacen en nosotros. Es necesario «estrellar a los hijos de Babilonia contra la roca», Jesucristo, mientras son pequeños todavía. Porque si no acabamos con ellos en su primera edad, se harán mayores gracias a nuestra condescendencia, y entonces, cobrando mayor fuerza y vigor, se levantarán inexorables contra nosotros para perdernos, o, por lo menos, no podremos vencerlos sino a trueque de muchas lágrimas y gemidos.

«Cuando el fuerte», o sea nuestro espíritu, guarda su casa bien armado», haciendo del temor de Dios una muralla inexpugnable en las profundidades secretas de su corazón, «todos sus bienes», esto es, el precio de sus trabajos y las virtudes adquiridas, «están seguros». «Pero si sobreviene uno que es más fuerte que él», es decir, el diablo, «y le vence» por el consentimiento de los pensamientos ruines, «le arrebatará sus armas, en las que él ponía su esperanza», o sea el recuerdo de las divinas Escrituras y el temor de Dios; y entonces «repartirá sus despojos», Poniendo en manos de los vicios opuestos los méritos de las virtudes.

Elogio de la castidad

XIV. En realidad, mi propósito no es tratar de las prerrogativas de la castidad, sino explicar su naturaleza, tomando como punto de partida la doctrina de los Padres. Una vez expuesto el medio de adquirirla y conservarla, al mismo tiempo que el fin que con ella perseguimos, pienso silenciar todo lo que las Escrituras dicen acerca de ella, limitándome solamente a aducir el pasaje de San Pablo en su carta a los Tesalonicenses sobre este punto. Por él podremos ver claramente cómo la prefiere a todas las demás virtudes, a juzgar por las palabras encomiásticas que le dedica.

XV. El Apóstol encarece especialmente la castidad dándole el nombre de «santidad». «La voluntad de Dios —dice— es vuestra santificación». Y luego, temiendo acaso dejar en duda, o al menos en la oscuridad, lo que él intenta decir al pronunciar este nombre «santificación»: si es la justicia, la caridad, la humildad o la paciencia lo que él quiere expresar, sigue concretando de esta manera: «La voluntad de Dios es vuestra santificación; que os abstengáis de la fornicación. Que cada uno de vosotros conserve el vaso de su cuerpo en honor y santidad, no con afecto libidinoso como hacen los gentiles que no conocen a Dios». Ved qué alabanzas le dedica: la llama «honor de nuestro vaso», o sea de nuestro cuerpo, y le da el nombre de «santidad». Por donde, a la inversa, el que vive en el torbellino de las pasiones, vive en la inmundicia y en la ignominia, y se halla desprovisto de toda santidad.

Un poco más lejos el Apóstol reanuda por tercera vez el elogio de esta virtud y la califica asimismo de «santidad». Dice así: «No nos llamó Dios a la impureza, sino a la santidad. Por tanto, quien estos mandamientos desprecia, no desprecia al hombre, sino al mismo Dios que nos dio su Espíritu para habitar en nosotros». Con estas palabras reviste San Pablo su precepto de una autoridad irrebatible. Afirma: «El que menosprecia estos mandamientos», esto es, lo que acabo de deciros respecto a la santidad, «no es un hombre a quien él desprecia», es decir, no es a mí, que doy este mandato, sino a Dios. que habla en mí, y que ha destinado nuestro corazón a ser la morada del Espíritu Santo.

Con simplicidad y sin alarde de largas exposiciones doctrinales, ya veis con qué palabras tan laudatorias exalta el Apóstol este don inapreciable.

En primer término le atribuye el honor de la santidad. Afirma en seguida que el vaso de nuestro cuerpo es libertado por ella de la inmundicia; y en tercer lugar, que por ella también persevera él en el honor y la santidad, después de haber pisoteado la ignominia y la vergüenza. En fin —y esto constituye la recompensa suprema y la beatitud perfecta— enseña que gracias a ella el Espíritu Santo vendrá a ser el huésped de nuestras almas.

XVI. Siquiera toque a su fin este libro, quiero, sin embargo, citar todavía un pasaje del mismo Apóstol, análogo al que acabo de aducir. Al hacer esto daré lo que no he prometido.

Escribe a los Hebreos: «Procurad la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá a Dios». También aquí parece evidente que sin la santidad, por la cual el Apóstol entiende habitualmente la integridad del alma y la pureza del cuerpo, es de todo punto imposible ver a Dios. Y agrega para explicar su pensamiento: «Que no haya entre vosotros ningún impúdico ni profanador como Esaú».

La perspectiva de una recompensa sublime constituye un acicate para nuestra vigilancia

XVII. Pero cuanto más sublime y celeste es el premio de la castidad, tanto más inextricables son los lazos que le tiende el enemigo. Por eso debemos emplearnos en la continencia corporal y en la contrición del corazón, pero juntándolas a una asidua oración con lágrimas y gemidos. Sólo entonces descenderá sobre nuestros corazones el rocío del Espíritu Santo. Él apagará el horno encendido de la carne, que el rey de Babilonia no cesa de avivar con el soplo infernal de las sugestiones sensuales.

XVIII. Por lo demás, en el sentir de los ancianos, así como es imposible obtener la pureza si no nos cimentamos antes en la humildad de corazón, del mismo modo nadie puede llegar a la fuente de la verdadera ciencia si el vició de la impureza permanece arraigado en el fondo del alma.

De otra parte, si no es posible poseer la ciencia espiritual sin la integridad, ésta puede hallarse sin la gracia de la ciencia. Y la razón es que los dones son distintos. La gracia del Espíritu Santo no se da a todos por igual. Sólo se recibe aquella gracia o carisma del cual se hace uno digno y capaz por su celo y sus esfuerzos. Así, todos los Apóstoles gozaron de la integridad perfecta; pero el don de ciencia brilló de una manera particular en San Pablo, quizá porque procuró de su parte disponerse a recibirla y se hizo acreedor a ella por su solercia y aplicación.

XIX. Se atribuye a San Basilio, Obispo de Cesarea, esta grave sentencia: «Et mulierem ignoro et virgo non sum»: no conozco mujer y, sin embargo, no soy virgen. Tan bien había comprendido él que la incorrupción de la carne no consiste tanto en la abstención de todo comercio ilícito, como en la entereza de corazón. Esta es en realidad la que guarda impoluta la santidad del cuerpo, ya por temor a Dios, ya por amor a la castidad.

XXI. La presencia de Dios hará posible que nos mantengamos en este estado de pureza. En efecto, debemos considerar que Dios es, día y noche, testimonio infalible y, mejor aún, testigo presencial, no sólo de nuestros actos —inclusive los más secretos—, sino también de todos nuestros pensamientos. Un día tendremos que darle cuenta de todo lo que cela nuestro corazón, no menos que de nuestros gestos y miradas.

XXII. Que un santo entusiasmo nos anime, pues, a luchar contra los movimientos del alma y los incentivos de la carne, hasta que la naturaleza no suscite ni tienda más lazos contra nuestra pureza.

No olvidemos que si el alma vive bajo la acción perturbadora de los fantasmas de la noche, ello será índice expresivo de que no ha llegado todavía a la perfecta posesión de la castidad.

XXIII. Para vernos libres de estas ilusiones entre sueños, debemos guardar un ayuno siempre igual y moderado. Quien rebasa los límites en la austeridad, los rebasará también necesariamente en los momentos de solaz y descanso. Y con esa falta de templanza y justa medida, no podrá el monje permanecer en la tranquilidad perfecta, pues ora se sentirá abatido por una inedia excesiva, ora se verá cargado por la demasía en los manjares. Es inevitable: nuestra carne sigue las alternativas y vicisitudes de nuestro régimen de vida.

Luego hay que practicar constantemente la humildad, la paciencia del corazón, y hacer frente durante el día a la cólera y las demás pasiones que dan pie a que aquélla se produzca. Especialmente el fuego de la lujuria prende en seguida allí donde se halla el veneno de la ira, que es como su excitante inmediato.

Y sobre todo nos es necesaria una solicitud a ultranza durante la noche. Del mismo modo que la pureza y la atención durante el día preparan una noche santa, así las vigilias nocturnas nos hacen atesorar energías para toda la jornada.

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