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La Pasión de Cristo y Mel Gibson. El arte y el artista cristianos

Autor: Jesús Villagrasa, L.C.

La Pasión de Cristo, una representación cinematográfica de las últimas doce horas de la vida de Jesucristo ha llegado a la pantalla grande en la cuaresma del 2004. El 25 de febrero, miércoles de ceniza, en Estados Unidos; durante al segunda quincena de marzo en países de Europa y América Latina. La película es ya a un hito en la historia del cine. Mel Gibson, director y "alma" del filme y co-autor del guión, la ha financiado con 25 millones de dólares de su bolsillo y la ha defendido de acusaciones desmesuradas y de varios intentos de boicot.

La expectación previa al estreno -entusiasta o llena de animadversión- suscitada en parte por las polémicas de que fue objeto, ha superado a cualquier otra película. A pesar del rechazo inicial de las grandes compañías distribuidoras, en la primera semana de proyección la película ha batido el record de recaudación. Durante la filmación muchos dudaron que pudiera tener éxito y, sin embargo, ahí está... rompiendo esquemas y previsiones [1] .

El presente artículo considera el fenómeno La Pasión de Cristo desde tres perspectivas: la crónica cinematográfica, la polémica y sus motivos, y desde el punto de vista artístico. Esta última perspectiva revela la explicación última del fenómeno, la razón de ser de la originalidad y belleza de esta película: se trata de una genuina obra de arte cristiano.

1. Crónica cinematográfica

Bajo la dirección de Mel Gibson, el trabajo de producción y rodaje de la película comenzó el 4 de noviembre de 2002 en Matera, al sur de Italia, para aprovechar la particular luminosidad de las semanas inviernales. Las escenas de interiores fueron filmadas, posteriormente, en los estudios romanos de Cinecittà. La parte antigua de Matera, abandonada hace 50 años, mantiene la apariencia de una ciudad de hace 2000 años; su arquitectura y el paisaje de las áreas circundantes se asemeja a las construcciones y parajes de la Jerusalén del tiempo de Jesús. 

Rodada en dos lenguas muertas, latín y arameo, la película no iba a tener subtítulos. Durante meses, Mel Gibson quiso omitirlos con la intención de ofrecer una película lo más fiel posible a la historia real. La intención de Gibson ha sido mostrar todo tal cual fue hace 2000 años. Sin doblaje, en cualquier rincón del mundo los espectadores asistirían a la pasión de Cristo representada por actores que hablan -en opinión del director- en las lenguas usadas en la Palestina de los tiempos de Jesús. Por sí solas, las imágenes deberían ser capaces de contar el drama. Una decisión de este tipo exigió a los actores dar lo mejor de sí mismos. Deberían ser capaces de expresar "todo" sin el auxilio de palabras inteligibles [2] . Estimulados por este reto y bajo la dirección de Gibson, los actores han realizado una extraordinaria puesta en escena. Algunos colaboradores del director y muchos invitados a proyecciones previas de una versión subtitulada dudaban de que sin subtítulos pudiera lograrse la admirable síntesis de historia y teología que se alcanza con ellos. Gibson cambió su idea original en beneficio de la comprensión de la película.

La historia se centra en las doce últimas horas de la vida de Jesucristo, desde la agonía en el Huerto de Getsemaní hasta la muerte en cruz. La película sumerge al público en la experiencia de la Pasión, pero la secuencia final es la resurrección. La piedra del sepulcro rueda y la tumba queda abierta, la luz penetra en las sombras, caen las telas que envuelven el cuerpo de Jesús. Cristo sentado de perfil en la tumba se pone en pie, con las llagas en las manos, y camina hacia la luz de la nueva vida. Con estas imágenes el público deja la sala. Si al martirio de Cristo se dedican dos horas, bastan dos minutos para recordar que la última palabra del Viernes Santo es la Resurrección, que el clímax del Misterio Pascual es la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte.

El guión relata los acontecimientos sirviéndose de los cuatro evangelios. Por ejemplo, el temblor y la rasgadura del velo del templo son de Mateo; el joven huyendo en Getsemaní, de Marcos; las mujeres de Jerusalén, de Lucas; el diálogo con Pilatos sobre la verdad, de Juan.

Se trata -dice el director- de la historia del mayor de los heroísmos, del amor más grande. La historia de un hombre extraordinario, Jesús,  que los cristianos creemos que es verdadero hombre y verdadero Dios, que da la vida por los demás; consciente y voluntariamente va a su pasión y muerte para salvar a los hombres de la muerte eterna. Un hombre muere a causa de nuestros pecados y para la redención de los pecados de todos. De todos los pecados. Y en primer lugar, por los pecados de los protagonistas de la pasión: Judas lo traiciona, el Sanedrín lo acusa con mentira y lo condena injustamente, los discípulos lo dejan sólo, Pedro lo niega tres veces, Herodes se burla de él, Pilatos se lava las manos irresponsablemente, la muchedumbre manipulada pide a gritos su ejecución, los soldados romanos lo flagelan, humillan y crucifican sin piedad. Y entre todos los personajes se mueve la presencia insidiosa de Satanás que desde el Huerto a la Cruz acecha los pasos de Cristo para ver si cede ante los tormentos, si renuncia a su misión. En la primera escena de la película Jesús libra el combate, la agonía, del Huerto, y Satanás es vencido: un enérgico pisotón de Jesús a la cabeza de una serpiente recuerda la promesa de Génesis 3, 15: "Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar".

Jim Caviezel interpreta a Jesús en un modo creíble, natural, normal, sin misticismos raros. De la misma edad de Jesús, alto, con el físico fuerte de quien ha trabajado con sus manos y que puede enfrentar los sufrimientos terribles de la pasión antes de morir, aun reconociendo -como hace la película- el misterio de una carga y un suplicio que supera toda fortaleza humana.

La actriz rumana Maia Morgenstern interpreta magistralmente a María, la madre de Jesús. La presencia discreta, dulce y fuerte de la madre acompaña a Cristo durante toda la pasión. La madre, desde la fe y con el corazón, participa hondamente de la pasión, penetra progresivamente en el misterio, recoge la sangre preciosa derramada en el suelo del pretorio después de la flagelación, besa los pies sangrientos y llagados del hijo en la cruz, sostiene a Jesús bajado de la cruz como en el motivo de la Pietà. Durante todo el filme su porte es serio. Habla poco. Nada de histrionismos. El vínculo entre madre e hijo es sugerido en varios momentos más por el contacto visual que por las palabras. Cada vez que Cristo caído cruza la mirada con la madre recobra fuerzas para levantarse.

Satanás, el tentador inteligente y discreto, aparece inicialmente como un personaje andrógino, con rasgos de mujer y voz de varón, pero se torna cada vez más femenino, sobre todo en el Via Crucis cuando cruza una larga mirada con María, la nueva Eva, y en la escena de la crucifixión. "Enemistad pondré entre ti y la mujer...".

El filme intercala algunos flashbacks (saltos al pasado) que, sin romper el coherente relato evangélico de la pasión, permiten penetrar en el alma de los personajes y en el sentido de las acciones. María aparece en dos flashbacks, seleccionados de la infancia de Jesús y de su vida en Nazaret: cuando Cristo cae bajo la Cruz, María recuerda una caída de su niño, como corrió y se abalanzó sobre ella para consolarlo; en la pasión, María corre con la misma premura para sostener a su hijo yacente en el  enlosado, bajo la cruz, y le dice: "Jesús, estoy aquí contigo", y él, mirándola: "¿Ves, Madre, cómo hago nuevas todas las cosas?". Durante el juicio Jesús recuerda un momento entrañable de la vida en Nazaret: está haciendo una mesa moderna, alta, en su taller del carpintero y María le dice, "eso no tiene futuro". Jesús bromea con su madre, la salpica con agua mientras se lava las manos, la besa. Es el único momento cómico de una película dramática. La luminosa vida cotidiana de la Sagrada Familia en Nazaret contrasta con la sordidez de un juicio injusto y amañado, y con la crueldad de los azotes, golpes, insultos y burlas.

En otro flashback la persona de María Magdalena se funde con la mujer descubierta en adulterio de Juan 8; en el momento de las negaciones, Pedro recuerda sus promesas de lealtad en la Última Cena. Cuando la muchedumbre lo injuria camino del Calvario, Cristo recuerda su llegada triunfal a Jerusalén. Las escenas de la Eucaristía en la Última Cena insertadas en la crucifixión, gracias a la combinación de imagen y textos evangélicos, son de gran densidad teológica y descubren la íntima conexión entre la Eucaristía y el Sacrificio de la Cruz. Mientras Jesús ofrece el pan, que es su cuerpo, su cuerpo es dolorosamente sacrificado y entregado por nosotros en la cruz. Cuando ofrece el vino, que es su sangre, Jesús se desangra en la cruz, por todos. El pan levantado, la cruz alzada. Jesús dice a sus discípulos que no hay mayor amor que dar la vida por los amigos, y ahí está él mismo crucificado, dando la vida, amándonos hasta el extremo. Y les pide que celebren la Eucaristía para que su pasión y muerte siga presente en medio de ellos. De esta manera, en breves pero densos trazos, el guión destaca los diversos aspectos de la Eucaristía: el banquete, la comunión, la presencia y el sacrificio de Jesús.

Algunas escenas no evangélicas, tomadas de escritos de místicos de la pasión, o de tardías historias legendarias y de evangelios apócrifos (la Verónica y su paño), parecen incluidas para interpretar y penetrar el misterio que se realiza. Así, los niños que incordian a Judas tras la traición representan simbólicamente los turbios pensamientos que lo atormentan.

La técnica cinematográfica y la fotografía de Caleb Deschanel son óptimas. Del azul intenso en el Huerto de los Olivos se pasa al fuego y a la sangre que invaden el resto del filme. La iluminación, en ocasiones, está inspirada en la obra de Caravaggio. Todo concurre a la recreación histórica y a la comunicación del mensaje: el vestuario extraordinario, las escenografías desoladas y, sólo cuando es necesario, suntuosas; el eficaz maquillaje. Mel Gibson, antes del estreno, confesó haber puesto "todo" en esta película: "Si esta obra falla, durante cincuenta años no habrá futuro para el cine religioso. En esta película hemos echado el resto: todo el dinero que hacía falta, prestigio, tiempo, rigor, el carisma de grandes actores, la ciencia de los eruditos, la inspiración de los místicos, experiencia, técnica de vanguardia y, sobre todo, nuestra certeza de que valía la pena, de que lo que ocurrió en aquellas horas incumbe a cada hombre. Con este Hebreo tendremos que vérnoslas todos después de la muerte. Si no lo logramos nosotros, ¿quién podrá hacerlo? Pero lo conseguiremos, estoy seguro: nuestro trabajo ha estado acompañado de demasiados signos que me lo confirman".

2. Las polémicas previas al estreno

Durante el verano y otoño del año 2003, una versión no definitiva de la película fue presentada en Estados Unidos y en Italia a pequeños grupos de católicos y protestantes, a personajes del mundo religioso y político y a responsables de medios de comunicación, con el objetivo de recoger impresiones de los cristianos, de calibrar las reacciones y de salir al paso de rumores o abiertas acusaciones que habían comenzado a circular. Los productores querían demostrar la falsedad de las acusaciones de antisemitismo y de falta de rigor histórico lanzadas contra la película.

La cuestión del antisemitismo

Profundamente ofendido, Mel Gibson niega las acusaciones de difamación antisemita hechas a su persona y a la película. Sin haber visto la película, las organizaciones judías Liga Anti Difamación y Centro Simon Weisenthal hicieron declaraciones de este tipo. Ambas organizaciones -apunta Gibson- tienen, lamentablemente, un largo historial de confrontación con la Iglesia Católica; ambas se han dedicado a difamar la memoria del Papa Pío XII y consideran el Evangelio, en sí mismo, antisemita. "El antisemitismo -precisa- no sólo es contrario a mis creencias personales sino que también es contrario al mensaje de mi película. No odio a la gente y, ciertamente, no odio a los judíos; tengo amigos y socios judíos. La Pasión de Cristo es una película hecha para inspirar, no para ofender. Mi intención al llevarla a la pantalla es crear una obra de arte que quede y motive la reflexión en las audiencias de distintos credos o de ninguno, a quienes la historia les es familiar". Mel Gibson y Jim Caviezel son católicos y el guión fue escrito por católicos, pero el reparto y el equipo de producción está integrado por cristianos, judíos, musulmanes, budistas y hasta agnósticos.

Voces representativas cristianas y judías han salido en defensa de la película. Shaila Rubin, judía americana, directora de producción de la película, fue una de las dos personas que recibieron por primera vez el borrador para emitir un juicio. Ella no encontró antisemitismo (cf. Zenit, ed. inglesa, 4-III-2004). Maia Morgenstern (María), judía e hija de un superviviente del Holocausto, declara a The Jewish Journal que el filme no es antisemita. Dean Devlin, coproductor de Braveheart, después de ver la película dijo: "No he encontrado en ella el menor antisemitismo, y yo soy judío". Keith Fournier, abogado constitucionalista que ha participado en importantes casos sobre la libertad religiosa ante la Corte Suprema de los Estados Unidos, asistió a una proyección privada en Washington DC junto con otras personalidades políticas y sostiene que la acusación de antisemitismo no tiene sentido.

Un rabino ortodoxo muy respetados de Estados Unidos, Daniel Lapin, fundador y director de la organización Toward Tradition dedicada a fortalecer las buenas relaciones entre judíos y cristianos, en un artículo publicado en Jewsweek (3-X-2003) salió al paso de la campaña que algunas organizaciones judías libraban contra la película afirmando que "estas protestas contra The Passion no sólo son moralmente indefendibles sino que resultan estúpidas". Ante todo, "tienen muy pocas posibilidades de conseguir cambios en la película. Gibson es un artista y un católico de honda convicción de la que es expresión su película. Por ello, el motivo que le ha llevado a hacer la película no es comercial. Además, cualquiera que haya visto su Braveheart puede comprobar la profunda identificación de Mel Gibson con el héroe de esta cinta épica, que prefiere ser despedazado antes que traicionar sus principios. ¿Cree alguien probable que Gibson pacte con las organizaciones judías?". Lapin también considera errados los ataques contra Gibson porque "aunque puedan venir bien a las organizaciones judías que recaudan fondos con el espectro del antisemitismo, o a los periodistas judíos que en el New York Times o en otros medios quieren hacer carrera, desde luego no responden en absoluto a los intereses de la mayoría de los judíos norteamericanos que viven en confortable armonía con sus conciudadanos cristianos. Muchos cristianos ven todo esto no sólo como ataques a Mel Gibson o como meras críticas contra su película, sino, con alguna razón a mi juicio, como ataques contra todos los cristianos".

Dos semanas antes del estreno, D. Lapin declaraba en la revista Toward Tradition (12-II-2004): "Yo no soy ni profeta ni crítico cinematográfico. Soy sólo un rabino ortodoxo que usa la antigua sabiduría judía para hacer tres predicciones sobre La Pasión". La primera, "Mel Gibson y Icon Productions van a ganar mucho dinero. Los distribuidores que se rindieron a las presiones de las organizaciones judías y rechazaron La Pasión van a darse puntapiés a sí mismos". La segunda, "La Pasión se hará famosa como la película sobre la Biblia más seria y sustanciosa hecha hasta el presente". La tercera, "la fe de millones de cristianos será más ferviente cuando La Pasión los entusiasme e inspire. La pasión propulsará a muchos americanos no creyentes a abrazar el cristianismo. La película será vista algún día como un heraldo del tercer despertar religioso americano". Y añade, "las organizaciones judías han malgastado su tiempo y su dinero porque han errado en su intento. Esperaban arruinar a Gibson, en vez de enriquecerlo. Esperaban acabar con La Pasión, en lugar de promoverla. Esperaban ayudar a los judíos en ver de dañarlos". "Uno de los directores del AJC [The American Jewish Committee] advirtió recientemente que La Pasión podría 'minar el sentido de comunidad entre cristianos y judíos que se da en este país. Nosotros no permitiremos que esta película lo haga'. No señor, -responde Lapin- no es la película la que amenaza el sentido de comunidad; lo hace la contestación arrogante e inmoderada de ciertas  organizaciones judías". Contrarios a la campaña de la Liga Anti Difamación son también el rabino Yechiel Eckstein, presidente y fundador de la International Fellowship of Christians and Jews  y Michael Medved, crítico de cine y ortodoxo judío.

El cardenal Darío Castrillón, prefecto de la Congregación para el Clero, después de ver la película declaró al diario La Stampa (18-IX-2003): "El antisemitismo, como toda forma de racismo, distorsiona la verdad a fin de denigrar a toda una raza de personas. La película no hace nada de esto. Basada en la objetividad histórica de los relatos evangelios hace surgir sentimientos de perdón, misericordia y reconciliación. Retrata los horrores del pecado, a la vez que el suave poder del amor y el perdón, sin hacer ni insinuar siquiera condenas en contra de un determinado grupo. Esta película comunica exactamente lo opuesto: que aprendiendo del ejemplo de Cristo, no debería existir más violencia contra otro ser humano". Algunas personas no comparten la idea de que la película sea fiel a la historia y han abierto un segundo frente de polémica.

La cuestión de la historicidadMel Gibson repite, convencido, que su película corresponde a la verdad de los hechos históricos, que es conforme a lo que los cuatro evangelios nos cuentan sobre la pasión y muerte de Cristo y que quien espere un relato fiel a la vida de Cristo no saldrá decepcionado. A la vez, y sin ningún reparo, admite que para algunos pasajes se ha inspirado en las visiones de algunos "místicos" de la pasión; principalmente en una religiosa alemana en proceso de beatificación, Anna Katharina Emmerick (1774-1824), que recibió los estigmas de la pasión y otros carismas extraordinarios, y que describió sus visiones en el libro "La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo". Gibson, por ejemplo, justifica su opción por la crucifixión de las manos y no de las muñecas, como parece más probable históricamente, diciendo que "la posibilidad de que Jesús haya sido crucificado en las muñecas tiene fundamento, pero la tradición ha representado a Jesús con heridas en las manos y, a lo largo de la historia, los santos que recibieron los estigmas del Señor, los presentaron también en las manos".

Un grupo de expertos católicos y judíos americanos declaró que el guión de la película contenía "errores históricos" y que su visión de las figuras judías no era correcta. Sorprende, sin embargo, que un comité interreligioso de expertos se haya basado en una versión primitiva del guión (una versión "robada" y muy diferente de la actual, según la productora). Paula Fredriksen, profesora de Escritura en Boston University, autora de Jesus of Nazareth, King of the Jews, un estudio histórico de las últimas doce horas de la vida de Jesús, afirma que el guión los sobresaltó. "Nosotros señalamos sus errores históricos y -como Gibson había proclamado su Catolicismo- sus desviaciones de los principios magisteriales de interpretación bíblica. Concluimos con algunas recomendaciones generales sobre algunos cambios en el guión" (The New Republic, 28-VII-2003) [3] .

Algún defensor de las licencias históricas de Mel Gibson usa un argumento bastante débil que suena así: "Desde Jesucristo Superstar a La última tentación de Cristo estamos acostumbrados a que un cineasta entre a saco en los Evangelios para recrear su particular visión de la vida de Cristo. Si alguien se escandaliza y reclama fidelidad al texto evangélico, se le etiqueta de conservador y se le recuerda que la creatividad del artista no está atada por la letra del texto. Si alguien se siente ofendido por la 'recreación', se le responde que, por supuesto, no hay ningún ánimo de ofender, pero que la libertad de expresión no admite censuras ni cortapisas de sensibilidades heridas. Pero llega La Pasion, recreación de las últimas horas de Jesucristo antes de morir en la cruz, y ese tradicional cliché ya no vale". El argumento es débil porque no afronta el problema de la historicidad. Ciertamente, un artista puede hacer libremente opciones artísticas en la creación de su obra. Cabe, sin embargo, preguntarse por qué motivo Mel Gibson introduce elementos ajenos al Evangelio o a serios estudios históricos sobre el tiempo de Jesús, si su intención era presentar la pasión "como fue". Esta pretensión de completa historicidad, declarada repetidamente por Gibson, puede explicar algunas intervenciones críticas de estudiosos de la Sagrada Escritura y de la cultura e historia del tiempo de Jesús. De otro modo, no se entiende el "celo" preocupado y la intervención de unos estudiosos que se ponen a juzgar la "ortodoxia histórica" de una película.

En esta polémica, tampoco han faltado defensores de renombre. Ted Haggard, presidente de la Asociación Nacional Evangélica, cuyos teólogos valoran mucho la cita exacta de la Biblia, declaró que la película es la representación más auténtica que haya visto. El arzobispo de Denver, Mons. Charles Chaput, la considera una obra de arte extraordinariamente fiel al Evangelio, y que para Mel Gibson, su realización ha sido un acto de fe y algo enormemente significativo (cf. National Catholic Register, 14-X-2003). Augustine Di Noia, subsecretario de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe, declaró que "sin ser un trabajo documental, sino de imaginación artística, la película de Gibson es absolutamente fiel al Nuevo Testamento: incorpora elementos de la Pasión de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, manteniéndose fiel a la estructura fundamental común a los cuatro relatos" (Zenit, 10-XII-2003).

Cada una de estas valoraciones tiene elementos de notable interés para hacer un juicio ponderado de la película: en ella se integran la fidelidad a los hechos, la libertad artística y la penetración creyente en el misterio. Los hechos narrados en los evangelios son acontecimientos reales. Los cuatro evangelistas son conscientes de contar hechos históricos, pero más todavía acontecimientos salvíficos. Los evangelios son la narración de una historia, penetrada por la fe, expresada por la fe, aceptada y vivida en la fe. Mel Gibson es un artista y un cristiano; no es un evangelista -en primer lugar porque no está divinamente inspirado- pero comparte con ellos la voluntad de comunicar unos hechos que la fe descubre, reconoce y confiesa como salvíficos. Gibson se siente con el derecho de contar las cosas como sucedieron, porque se trata de un mensaje que interesa a todos los hombres; y cada uno de ellos tiene, también, el derecho a escuchar la verdad. Como artista, Gibson se siente con la libertad de crear una obra de arte que logre comunicar su "inspiración artística". Esta inspiración no es ajena a la vida del artista. Gibson ha confesado que desde hace 12 años la pasión de Cristo lo persigue, porque cuando tenía 35 años tuvo la gracia de penetrar en el misterio de amor divino revelado en la pasión. Ese misterio puede iluminar la vida de cualquier hombre, sobre todo aquellas dimensiones más oscuras y misteriosas como son el sufrimiento y el pecado. El dolor y las heridas de Cristo en su pasión, las llagas en su rostro y en su cuerpo, tan duras a la vista, se revelen muy hermosas cuando se descubren sufridas y soportadas voluntariamente por amor.

Un análisis sobre la película, publicado por el padre Peter Malone msc, presidente de la Asociación católica mundial para la comunicación Signis, esclarece el tema de la historicidad. "Una de las dificultades con las que se enfrentan las películas sobre la vida de Jesús, sobre todo de parte de estudiosos y teólogos no versados en las técnicas y convenciones de la narración cinematográfica, es que los filmes a veces tienden a ser criticados y juzgados como si fueran el Evangelio. Sus expectativas se ubican en ese nivel por lo que están más cerca de la condena que de la comprensión del filme. Éste es un peligro con el que también se encuentra La Pasión. Es necesario repetir que ésta es una película y que por tanto el guión es una 'versión' de las historias del Evangelio sin exigir que el filme sea el Evangelio".

El análisis de P. Malone distingue, también, entre realismo y naturalismo. Una película es "naturalista" si retrata la acción como es; las películas caseras son un ejemplo popular de naturalismo. El "realismo" consiste en "hacer una película que ayude al público a tener una percepción genuina de qué está pasando en la pantalla, como si fuera real. Un número de técnicas cinematográficas, como el estilo de las diferentes composiciones para la pantalla, los tamaños de plano y el ritmo de la edición pueden usarse para dar esta impresión de realismo". La Pasión es a la vez naturalista y realista. "Mel Gibson ha elegido que gran parte de su filme sea 'naturalista'. Él tiene suficiente tiempo disponible y no tiene prisa en quitarnos la imagen de Jesús sufriendo. Quizás varias personas del público encontrarán la flagelación (particularmente en dos partes) como algo difícil de mirar. Con la mayoría de personajes siendo retratados de una manera naturalista, la acción parece auténtica". Este naturalismo se ve en el juicio de Jesús, en la flagelación y la coronación de espinas y, especialmente en el Vía Crucis "mostrando cómo Jesús se esfuerza con la cruz, cae haciendo un ruido sordo por el impacto, es clavado y levantado en la cruz". La Pasión de Cristo ofrece un Jesús naturalista, creíble, cuyos sufrimientos de cuerpo y espíritu son reales. Sin embargo, para ser realista, Gibson se sirve de recursos del cine que alteran la percepción como, por ejemplo, el uso frecuente de la cámara lenta para subrayar momentos particulares, la estilización en los primeros planos, "las diferencias en la iluminación (el azul para Getsemaní, la pálida luz del espacio asfixiante de la corte del Sumo Sacerdote, la amplia luz del día en el Vía Crucis), la presentación de los personajes de acuerdo a la tradición de pinturas cristianas, la iluminación y la composición, el paso de tiempo cuando Jesús cuelga de la cruz, su muerte y la consecuencia apocalíptica, los avisos de la resurrección. Esto consigue una imagen creíble y una mejor comprensión de la persona de Jesús".

Muy relacionada con la polémica sobre la fidelidad histórica se halla la cuestión de la violencia de las escenas. Jim Caviezel (Jesús), en una entrevista al diario Globe and Mail, asegura que lo sufrido realmente por Jesucristo fue más duro de mostrado en la película. Hay mucha sangre. No se puede mentir. Sin embargo, la fidelidad a lo ocurrido no debe alejar al espectador del mensaje. "No vamos a llegar a un punto en el que la gente se sienta tan afectada por lo que ve en la pantalla que no saque nada del relato. No queremos -concluye Caviezel- eso". La violencia revela a la vez la maldad del pecado y la grandeza del amor de Dios.

Juan Manuel de Prada, vistas las reacciones posteriores al estreno, se pregunta por qué la violencia enfática, hiperbólica, de otros cineastas fascina, mientras que la de Gibson provoca rasgamientos de vestiduras. Y se responde: "Por una razón evidente: porque no es gratuita, porque interpela al espectador, porque lo obliga a enfrentarse al dolor en estado puro. Nos hemos acostumbrado a una violencia banal, coreográfica, meramente esteticista, que hace del hiperrealismo una forma sublimada de irrealidad; no podemos soportar, en cambio, la violencia catártica que estimula nuestro horror y nuestra piedad, que nos hace partícipes de un sufrimiento sobrehumano y nos ayuda a entender en toda su magnitud un sacrificio que remueve nuestra capacidad de comprensión" (ABC, 28-II-2004).

La violencia de la película no parece gratuita. Las escenas violentas no provocarán odio y rencor entre los espectadores porque "uno de los grandes logros de esta película -comenta el cardenal Castrillón- es mostrar con precisión tanto el horror del pecado y del egoísmo como el poder redentor del amor. Al ver la película se suscitan en el espectador sentimientos de compasión y amor. Hace que el espectador desee amar más, perdonar, ser bondadoso y fuerte, no obstante los obstáculos, como Cristo lo fue incluso ante un sufrimiento tan terrible" (La Stampa, 18-IX-2003). Este es, en mi opinión, uno de los mayores logros de la película: que, en el horror de la pasión, el amor brille con más fuerza que la sangre misma, y que aquel ante el cual uno ocultaría el rostro pueda ser contemplado con gratitud y amor.

A quienes acusan a Gibson de incurrir en errores sobre los verdaderos responsables de la muerte de Jesús, el rabino Lapin responde con palabras del cardenal Castrillón: "Gibson ha tenido que tomar muchas opciones artísticas para conformar su retrato de los personajes y los acontecimientos que se dan cita en la Pasión, y ha completado la narración del Evangelio con las percepciones y reflexiones hechas por santos y místicos a lo largo de los siglos. Mel Gibson no sólo sigue rigurosamente el relato evangélico, dando al espectador una nueva apreciación de esos pasajes bíblicos, sino que, gracias a sus opciones estéticas, ha hecho una película fiel al sentido de los Evangelios, tal y como los interpreta la Iglesia" (Jewsweek, 3 octubre 2003). La libertad de un artista creyente, que quiere ser fiel al evangelio, ha creado una obra que todos pueden apreciar. La estimará mejor quien sintonice con la fe que ha inspirado esta obra de arte. El cardenal Castrillón confeso haber experimentado "momentos de profunda intimidad espiritual con Jesucristo. Es una película que lleva al espectador a la oración y reflexión, a una contemplación que conmueve el corazón. De hecho -y se lo dije al señor Gibson después de la proyección- yo con gusto cambiaría algunas de las homilías que he dado acerca de la pasión de Cristo por alguna de las escenas de esta película" (La Stampa, 18-IX-2003).

Unas palabras de un espectador de excepción han sido ocasión para una larga polémica en los medios de comunicación: si Juan Pablo II, después de ver la película, pronunció o no la frase "es como fue". El Director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Joaquín Navarro-Valls, para aclarar el asunto publicó una nota oficial: "Tras haber consultado con su secretario personal, el Arzobispo Stanislaw Dziwisz, confirmo que el Santo Padre ha tenido la oportunidad de ver la película The Passion of the Christ" (22-I-2004). La nota, además, describe la película como "una adaptación cinematográfica del hecho histórico de la Pasión de Jesucristo según el relato evangélico". Esta descripción es relevante, considerando que una de las controversias giraba en torno a su fidelidad a los hechos históricos y al relato evangélico. Sin embargo, el comunicado anota que si el Pontífice hubiese dicho la frase "es como fue", ésta no debería ser tomada como un respaldo oficial: "Es costumbre del Santo Padre no expresar juicios públicos sobre obras artísticas, juicios que están siempre abiertos a diversas valoraciones de carácter estético".

El comunicado de Navarro Valls, por una parte, parece responder a la evidente presión para distanciar al Papa de cualquier conexión directa con la película y, por otra, parece prestarle un limitado apoyo. El comunicado deja muy claro en su parte principal que el Papa no hace juicios públicos sobre "obras artísticas", como las películas, porque siendo un juicio de naturaleza estética, y no doctrinal o moral, cae fuera de la competencia papal.

Historia, fe y arte, en esta película, parecen inseparables. El especialista en Sagrada Escritura, en cultura oriental, en teología espiritual o en arte cinematográfica podrá hacer un análisis minucioso de la obra y, quizás sobre todo en detalles de fidelidad histórica, encontrar deficiencias o hacer reparos. Un análisis de este tipo no es difícil. Lo meritorio es lograr la síntesis artística, la  creación de una obra de arte. El único reparo que me parece fundado es cuestionar si hacía falta recurrir a las visiones de una mística, que no necesariamente relatan verdades históricas, para comunicar la experiencia de fe. Personalmente, hubiera preferido que Gibson no recurriese a ellas. Pero, por otra parte, ¿es tan grave haberlo hecho? De hecho, no desdibuja los méritos artísticos de la obra, y no impedirá, posiblemente, el fruto de una obra que su director, productores y varios de los artistas han pretendido. Quizás sean esas las libertades que el artista puede permitirse.

3. Una obra de arte cristiano

La Pasión de Cristo es una obra muy bella, si por belleza entendemos la "manifestación sensible de la idea" (Hegel). La calidad artística de Mel Gibson es tan indiscutible como su adhesión creyente a la fe cristiana y su deseo de ser fiel a la historia evangélica. Estos ingredientes han producido una obra de arte cristiano, "un triunfo del arte y de la fe" que, en opinión del cardenal Castrillón, "será una herramienta para explicar la persona y el mensaje de Cristo. Estoy seguro de que ayudará a todos los que la vean -tanto cristianos como no cristianos- a ser mejores. Acercará a las personas a Dios y entre sí".

A la luz de esta obra y de este artista, parecen hacerse concretas y plásticas algunas ideas expresadas por Juan Pablo II en La carta a los artistas del 4 de abril de 1999. La carta está dirigida "a los que con apasionada entrega buscan nuevas «epifanías » de la belleza para ofrecerlas al mundo a través de la creación artística", a los "geniales constructores de belleza". El artista imita de un modo propio al Creador. Sólo Dios es "creador" en sentido estricto, pues sólo él da el ser mismo y "saca" algo de la nada. El artífice, por el contrario, se sirve de algo ya existente para darle forma y significado (cf. n. 1). El artista no puede prescindir de su propia experiencia, pues al modelar una obra "el artista se expresa a sí mismo hasta el punto de que su producción es un reflejo singular de su mismo ser, de lo que él es y de cómo es" (n. 2).

La belleza que el artista expresa no es ajena al bien, "es en un cierto sentido la expresión visible del bien, así como el bien es la condición metafísica de la belleza" (n. 3). La Pasión de Cristo no cae en el esteticismo. Su belleza manifiesta sensiblemente el mayor bien, el amor más grande, el amor hasta el extremo de dar la vida por los amigos.

La Pasión de Cristo no sólo es fruto de la fe del cristiano Gibson, sino también el reclamo interior de un artista que sólo a través de la representación de este misterio llega a su plenitud vocacional. "El artista vive una relación peculiar con la belleza. En un sentido muy real puede decirse que la belleza es la vocación a la que el Creador le llama con el don del 'talento artístico'". El artista -poeta, escritor, pintor, escultor, arquitecto, músico, actor, etc.- sabe que no puede malgastar este talento y que debe "desarrollarlo para ponerlo al servicio del prójimo y de toda la humanidad" (n. 3). Los hombres tienen necesidad de artistas que presten su "servicio social cualificado en beneficio del bien común" (n. 4).

Estas verdades valen para todo artista, pero de un modo particular para el artista cristiano que expresa en su obra el misterio de Cristo, Verbo encarnado. La ley del Antiguo Testamento prohíbe representar a Dios invisible e inexpresable con la ayuda de una "imagen esculpida o de metal fundido" (Dt 27, 25), porque Dios transciende toda representación material. Sin embargo, en el misterio de la Encarnación, el Hijo de Dios en persona se ha hecho visible. Dios se hizo hombre en Jesucristo. "Esta manifestación fundamental del 'Dios-Misterio' aparece como animación y desafío para los cristianos, incluso en el plano de la creación artística. De ello se deriva un desarrollo de la belleza que ha encontrado su savia precisamente en el misterio de la Encarnación. En efecto, el Hijo de Dios, al hacerse hombre, ha introducido en la historia de la humanidad toda la riqueza evangélica de la verdad y del bien, y con ella ha manifestado también una nueva dimensión de la belleza, de la cual el mensaje evangélico está repleto. La Sagrada Escritura se ha convertido así en una especie de 'inmenso vocabulario' (P. Claudel) y de 'Atlas iconográfico' (M. Chagall) del que se han nutrido la cultura y el arte cristianos" (n. 5). El Antiguo y el Nuevo Testamento han inspirado la imaginación de pintores, poetas, músicos, autores de teatro y de cine. "Desde la Navidad al Gólgota, desde la Transfiguración a la Resurrección, desde los milagros a las enseñanzas de Cristo, llegando hasta los acontecimientos narrados en los Hechos de los Apóstoles o los descritos por el Apocalipsis en clave escatológica, la palabra bíblica se ha hecho innumerables veces imagen, música o poesía, evocando con el lenguaje del arte el misterio del 'Verbo hecho carne'" (n. 5).

La representación artística de la palabra bíblica "constituye un vasto capítulo de fe y belleza en la historia de la cultura, del que se han beneficiado especialmente los creyentes en su experiencia de oración y de vida. Para muchos de ellos, en épocas de escasa alfabetización, las expresiones figurativas de la Biblia representaron incluso una concreta mediación catequética. Pero para todos, creyentes o no, las obras inspiradas en la Escritura son un reflejo del misterio insondable que rodea y está presente en el mundo" (n. 5). San Gregorio Magno en una carta del año 599 al Obispo de Marsella, Sereno, decía que "la pintura se usa en las iglesias para que los analfabetos, al menos mirando a las paredes, puedan leer lo que no son capaces de descifrar en los códices". Quizás el séptimo arte pueda descubrir a los "analfabetos religiosos" de nuestro tiempo a ese Cristo que no han conocido en los evangelios.

Lo que Juan Pablo II atribuye a toda intuición artística adquiere nuevas e insospechadas dimensiones cuando el arte representa los misterios de la vida de Cristo: "La auténtica intuición artística va más allá de lo que perciben los sentidos y, penetrando la realidad, intenta interpretar su misterio escondido. Dicha intuición brota de lo más íntimo del alma humana, allí donde la aspiración a dar sentido a la propia vida se ve acompañada por la percepción fugaz de la belleza y de la unidad misteriosa de las cosas". "Si ya la realidad íntima de las cosas está siempre 'más allá' de las capacidades de penetración humana, ¡cuánto más Dios en la profundidad de su insondable misterio! El conocimiento de la fe es de otra naturaleza. Supone un encuentro personal con Dios en Jesucristo. Este conocimiento, sin embargo, puede también enriquecerse a través de la intuición artística" (n. 6). El arte es una vía privilegiada de expresión y comunicación de los misterios más ricos y profundos. "Toda forma auténtica de arte es, a su modo, una vía de acceso a la realidad más profunda del hombre y del mundo. Por ello, constituye un acercamiento muy válido al horizonte de la fe, donde la vicisitud humana encuentra su interpretación completa. Este es el motivo por el que la plenitud evangélica de la verdad suscitó desde el principio el interés de los artistas, particularmente sensibles a todas las manifestaciones de la íntima belleza de la realidad" (n. 6).

Aunque el misterio de Dios sea insondable y la limitación de los medios artísticos muy grande, los misterios de la fe pueden representarse. En la "lucha iconoclasta" del siglo VIII, las imágenes sagradas, "muy difundidas en la devoción del pueblo de Dios, fueron objeto de una violenta contestación. El Concilio celebrado en Nicea el año 787, que estableció la licitud de las imágenes y de su culto, fue un acontecimiento histórico no sólo para la fe, sino también para la cultura misma. El argumento decisivo que invocaron los Obispos para dirimir la discusión fue el misterio de la Encarnación: si el Hijo de Dios ha entrado en el mundo de las realidades visibles, tendiendo un puente con su humanidad entre lo visible y lo invisible, de forma análoga se puede pensar que una representación del misterio puede ser usada, en la lógica del signo, como evocación sensible del misterio. El icono no se venera por sí mismo, sino que lleva al sujeto representado" (n. 7).

Durante la Edad Media y el Renacimiento, fe, cultura y arte estuvieron estrechamente unidos y florecieron juntos. En la edad moderna, junto al humanismo cristiano que ha seguido produciendo significativas obras de cultura y arte "se ha ido también afirmando progresivamente una forma de humanismo caracterizado por la ausencia de Dios y con frecuencia por la oposición a Él. Este clima ha llevado a veces a una cierta separación entre el mundo del arte y el de la fe, al menos en el sentido de un menor interés en muchos artistas por los temas religiosos" (n. 10). Quizás a ese menor interés de los productores corresponda la sed de los consumidores y el extraordinario éxito que han tenido obras como La Pasión de Cristo o la serie de películas religiosas producidas para la televisión italiana.

La Iglesia, por su parte, sigue alimentando un gran aprecio por el arte como tal, pues "es por su naturaleza una especie de llamada al Misterio. Incluso cuando escudriña las profundidades más oscuras del alma o los aspectos más desconcertantes del mal, el artista se hace de algún modo voz de la expectativa universal de redención" (n. 10). ¡Cuánto más si el objeto representado es la redención misma! El arte cristiano, tanto en sus formas literarias como plásticas, no son meras ilustraciones estéticas, sino que a su modo son verdaderos "lugares" teológicos [4] .

La Iglesia tiene necesidad del arte para transmitir el mensaje que Cristo le ha confiado, porque "debe hacer perceptible, más aún, fascinante en lo posible, el mundo del espíritu, de lo invisible, de Dios. Debe por tanto acuñar en fórmulas significativas lo que en sí mismo es inefable. Ahora bien, el arte posee esa capacidad peculiar de reflejar uno u otro aspecto del mensaje, traduciéndolo en colores, formas o sonidos que ayudan a la intuición de quien contempla o escucha. Todo esto, sin privar al mensaje mismo de su valor trascendente y de su halo de misterio. La Iglesia necesita, en particular, de aquellos que sepan realizar todo esto en el ámbito literario y figurativo, sirviéndose de las infinitas posibilidades de las imágenes y de sus connotaciones simbólicas" (n. 12). Ante esta "eficacia" comunicativa del arte, no resulta exagerada la expresión del cardenal Castrillón: "con gusto cambiaría algunas de las homilías que he dado acerca de la pasión de Cristo por alguna de las escenas de esta película".

La Pasión de Cristoparece una respuesta a la "llamada especial" que en su carta Juan Pablo II hizo a los artistas cristianos: "Quiero recordar a cada uno de vosotros que la alianza establecida desde siempre entre el Evangelio y el arte, más allá de las exigencias funcionales, implica la invitación a adentrarse con intuición creativa en el misterio del Dios encarnado y, al mismo tiempo, en el misterio del hombre. Todo ser humano es, en cierto sentido, un desconocido para sí mismo. Jesucristo no solamente revela a Dios, sino que 'manifiesta plenamente el hombre al propio hombre' (Gaudium et spes, 23). En Cristo, Dios ha reconciliado consigo al mundo. Todos los creyentes están llamados a dar testimonio de ello; pero os toca a vosotros, hombres y mujeres que habéis dedicado vuestra vida al arte, decir con la riqueza de vuestra genialidad que en Cristo el mundo ha sido redimido: redimido el hombre, redimido el cuerpo humano, redimida la creación entera, de la cual san Pablo ha escrito que espera ansiosa 'la revelación de los hijos de Dios' (Rm 8, 19). Espera la revelación de los hijos de Dios también mediante el arte y en el arte. Ésta es vuestra misión. En contacto con las obras de arte, la humanidad de todos los tiempos -también la de hoy- espera ser iluminada sobre el propio rumbo y el propio destino" (n. 14). Esta ha sido la intuición artística y la intención del director y de los productores de La Pasión de Cristo. Los espectadores dirán si lo han logrado.

Muchos de los espectadores de La Pasión de Cristo aseguran que se trata de una auténtica obra de arte que les suscitó una profunda experiencia de fe. La película ha llegado a las pantallas. La obra está servida. La experiencia estética y espiritual dependerá también de la sensibilidad artística y religiosa de cada uno.


[1] La película pasó por varias vicisitudes. El título en inglés de esta producción de  ICON Productions iba a ser The Passion, pero por motivos del registro de derechos hubo que cambiarlo a The Passion of Christ, pues ya existe otro proyecto de la distribuidora Miramax con ese nombre y, además, el director quiso evitar confusiones con otras películas. Superado el boicot inicial de las compañías, el film es distribuido en Estados Unidos por Newmarket Films, una pequeña compañía especializada en películas independientes de calidad. La empresa Aurum Producciones ha adquirido los derechos de distribución para España. Fox distribuye en América latina. Gibson se ha reservado los derechos de distribución en Australia y en Gran Bretaña. Las resistencias francesas a la proyección fueron superadas el mismo día del estreno americano.

[2] El reparto aunque no muy conocido ha demostrado ser de primer nivel: Jim Caviezel (Jesús), Maia Morgenstern (María, la Madre de Jesús), Rosalinda Celentano (Satanás), Monica Bellucci (María Magdalena), Ivano Marescotti (Pilato), Claudia Gerini (mujer de Pilato), Luca Leonello (Judas). Alrededor de un millar de extras completan el elenco de la producción: discípulos, soldados romanos y población palestina.

[3] El 21 de julio de 2003 Mel Gibson tuvo un encuentro con Mons. William P. Fay, secretario general de la conferencia episcopal de Estados Unidos, para aclarar términos y manifestar sus buenas disposiciones (cf. Inside the Vatican, 16-VIII-03).

[4] Cf. Marie Dominique Chenu, La teologia nel XII secolo, Jaca Book, Milán 1992, p. 9

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