Viernes 17 de Febrero de 2017

Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con sus santos ángeles". Y les decía: "Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no morirán antes de haber visto que el Reino de Dios ha llegado con poder". 

Comentario:

La cruz ha sido siempre el símbolo distintivo del cristiano, que nos recuerda que entre todos los caminos que Dios pudo haber escogido para salvarnos (porque éste definitivamente no era el único), escogió este y no otro. San Pablo decía que la cruz era escándalo para los judíos, es decir, piedra de tropiezo, porque para ellos era imposible que Dios pudiera haber llegado a este extremo. ¡Cómo es posible tanto amor y tanto sacrificio! Pero para los que quieren salvarse, la cruz es fuerza de Dios. 

Y Dios quiso escoger este camino porque nuestra vida también está llena de cruces. Él, como hermano mayor, quiso abrir el camino, quiso recorrer primero la senda para que sepamos que Él ya pasó por ella y que por tanto también nosotros la podemos recorrer. Porque nuestra vida humana está llena de cruces grandes y pequeñas. Eso es inevitable, todos tenemos cruces, pero la diferencia está en cómo las vamos a cargar. Algunas veces vive alguien que tiene mal carácter en nuestra casa, o llevamos una enfermedad, o una persona querida está sufriendo, o las cosas no se están dando como uno esperaría, o hay alguien que nos está haciendo daño o muchas otras realidades que nos pueden causar sufrimiento en la vida. ¿Cómo llevamos esas cruces? ¿Las arrastramos con pesar? ¿O las cargamos con amor? 

Porque muchas veces podemos pensar que así no se puede ser santos, que así no se puede ser felices. Que si Dios nos quitara las cruces, ahí si recién se podría. Pero nos olvidamos que más bien, esas situaciones difíciles, son quizá la ocasión propicia para que seamos mejores, para que amemos muchísimo, para que nos entreguemos mucho más, para que seamos generosos, para que seamos santos. La cruz nos exige que aprendamos a amar heroicamente, nos pide que tengamos la mirada puesta en Jesús y confiemos en Él, porque por nuestras solas fuerzas no podemos. Si la cruz la llevamos con esperanza y con fe, no nos aplasta, sino nos educa, ensancha nuestro corazón, nos moldea, nos ayuda a adquirir la forma de Cristo. 

El que quiera venir detrás de mí, cargue con su cruz y sígame, dice el Señor. Veamos a nuestra Madre María. Ella está al pie de la cruz, por lo tanto no hay qué temer.

P. Juan José Paniagua

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