Martes 14 de Febrero de 2017

Los discípulos se habían olvidado de llevar pan y no tenían más que un pan en la barca. Jesús les hacía esta recomendación: "Estén atentos, cuídense de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes". Ellos discutían entre sí, porque no habían traído pan. Jesús se dio cuenta y les dijo: "¿A qué viene esa discusión porque no tienen pan? ¿Todavía no comprenden ni entienden? Ustedes tienen la mente enceguecida. Tienen ojos y no ven, oídos y no oyen. ¿No recuerdan cuántas canastas llenas de sobras recogieron, cuando repartí cinco panes entre cinco mil personas?". Ellos le respondieron: "Doce". "Y cuando repartí siete panes entre cuatro mil personas, ¿cuántas canastas llenas de trozos recogieron?". Ellos le respondieron: "Siete". Entonces Jesús les dijo: "¿Todavía no comprenden?". 

Comentario:

La levadura es esa sustancia que hace que la masa fermente y crezca. Y sabemos también que con sólo un poquito de levadura, es suficiente para que toda la masa crezca. Es así el Reino de los Cielos, así es como Jesús actúa. Él no nos impone nada, sino con mucha delicadeza nos invita, como esa pizca de levadura, toca delicadamente a la puerta de nuestro corazón y si lo dejamos entrar, esa llamada tan discreta y reverente que nos hace Jesús nos transforma la vida, acrecienta nuestra capacidad de amar, hace que empiecen a brotar las virtudes en nuestro corazón y la masa de nuestra vida interior crece y da mucho fruto.

Pero también puede suceder al revés. Porque en este Evangelio el Señor nos advierte de la levadura de los fariseos y la de Herodes. En los fariseos esta levadura mala podía ser la hipocresía, o la dureza de corazón. En Herodes el sensualismo o la superficialidad. Preguntémonos también cuál es esa levadura mala que está en nuestro corazón y que quizá está fermentando y creciendo y que si no la combatimos, nos hace daño. El Papa Francisco ha dicho cómo las tentaciones, cuando las vamos permitiendo, tienen tres características: en primer lugar empiezan a crecer como la levadura, y empiezan a ganar terreno. Luego contagian, porque el pecado es difusivo y busca siempre a otro para hacer compañía. Y finalmente siempre se justifica. Cuando el pecado ha crecido y se ha convertido en un vicio en nuestro corazón, nos volvemos unos expertos en excusarnos, ya no aceptamos nuestros errores, y siempre tenemos una buena justificación para evadir nuestra lucha. Dejemos que la buena levadura, la del amor de Jesús crezca en nosotros, para que demos abundante fruto.

P. Juan José Paniagua

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