La opción preferencial por los pobres

Por medio de esta postura ante las necesidades de las víctimas de la injusticia, la Iglesia busca dar testimonio de la solidaridad que es el tener el fruto del encuentro con Jesús, insistiendo que esta solidaridad no es algo "añadido" a la vida de la fe sino la consecuencia en el terreno de la historia de la conversión y la comunión creadas por el encuentro. Es decir, la diaconía de la caridad es inseparable de la diaconía de la palabra y de la liturgia ya que tiene el mismo origen que ellas en el misterio pascual.
 
A mí me parece que el diácono, ministro del altar, es la privilegiada representación de esta relación entre la Eucaristía (conversión y comunión) y la lucha por la justicia social.
 
Durante cientos de años, los diáconos fueron administradores de los bienes temporales de las comunidades cristianas y se ocuparon de las obras de caridad. El patrono de los diáconos, San Esteban, es ejemplo de esto. Ahora, quiero recordarles que aún cuando San Esteban es un ejemplo sublime de la diakonía; el encargado de la administración del dinero y de la caridad entre los Apóstoles del Señor fue Judas Iscariote... Por eso, el modelo supremo del diácono debe ser Cristo y sólo Cristo: Cristo Siervo del Padre, Redentor de la humanidad. En su "administración" el diácono debe, pues, de estar muy consciente de quién es su modelo y de quiénes son aquellos a quien sirven: Cristo, la Cabeza y la Iglesia en su cuerpo. Que no sea ya él, sino Cristo quien viva y actúe en el diácono porque "ahora quedan tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande de todas es el amor" (1Cor. 13, 13).
 

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