IV El don de María que Jesús hace a Juan incluye un mandamiento y una promesa

Es el punto de vida que subrayaba, en sus notas espirituales, san Leopoldo de Castelnuovo, O.F.M. Cap. :”Creo este dogma de la fe católica: la bienaventurada Virgen María es una segunda Eva, es porque creo que hay en la Iglesia una perpetua providencia materna de la bienaventurada Virgen María y que, siguiendo el mandamiento que le fue dado por su hijo agonizante en la cruz: “He ahí a tu hijo, he ahí tu madre”, María interpela siempre por nosotros al Padre, al cielo,  al mismo tiempo que su Hijo, que intercede siempre por el género humano, de tal manera que consuma en el cielo lo que ella operó bajo la cruz”.

Dicho de otra manera, la palabra de Cristo en la cruz, a María y a Juan, no es solamente declarativa de la maternidad espiritual de la Virgen, sino además una palabra que realiza y opera lo que declara, lo que manda; da y promete lo que dice. Cristo, al darnos a María, le manda velar sobre nosotros y nos promete el apoyo y la intercesión de su Madre. La maternidad espiritual de María, enraizada en el pasado de su vida terrestre, y especialmente en los puntos culminantes que constituyen su Anunciación, su Compasión, su muerte de amor, se despliega en el presente (al obtener el don de la vida) para consumarse en el futuro (gracias a la perseverancia final obtenida por la perseverancia de María, así como la gloria de la resurrección corporal de los elegidos, respuesta divina a la intercesión de la Virgen). “He ahí a tu Madre”: la que te engendró para la vida divina, la que nutre ahora  por medio de los sacramentos y la palabra de la Iglesia, la que, finalmente, quiere consumar tu génesis sobrenatural en el momento de tu muerte y de tu resurrección, obteniendo para ti la visión beatífica y la glorificación de tu cuerpo mortal.

El misterio de la maternidad espiritual de María totaliza así su vida en beneficio de toda la Iglesia. Abraza -y encontraremos bajo otros aspectos este punto de vista- la vida de la Virgen desde su Inmaculada Concepción hasta la Parusía y a la consumación de los elegidos por su intercesión de Resucitada en nombre de los méritos de su compasión y de su muerte de amor. María fue, es y será la madre de los hombres espiritual de su vida divina.

Traducido del francés por: José Gálvez Krüger
Director de la Revista Humanidades Studia Limensia

 

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