III. La muerte de María y la celebración de la Eucaristía

La muerte amante de María y la celebración hecha por la Iglesia del sacrificio eucarístico al que la Virgen se asocia, constituyen puntos culminantes del misterio de sus maternidades espirituales respectivas.

Así como el Nuevo Adán, Jesucristo, engendró a la humanidad para la vida sobrenatural y divina por su muerte en la cruz, de igual manera es esencialmente por su compasión al pie de la cruz y por la aceptación de su muerte futura como una participación en el sacrificio de su Hijo que María colaboró en la regeneración espiritual de los hermanos, según la carne, de su Hijo único.

Esta afirmación, subrayando siempre el carácter vivificante de la muerte y de la compasión de la Virgen-Madre, es tributaria de la exégesis que Pablo VI hace del sentido de “”He ahí a tu Madre” en Signum Magnum.

Analógicamente, la Iglesia engendra a sus hijos y los nutre sacrificándose por ellos. La Eucaristía es inseparablemente sacrificio y sacramento: la Iglesia no se limita a ofrecer a Cristo por sus miembros y a ofrecerles a Cristo en la comunión; la Iglesia se ofrece por ellos, con Cristo y con María, en una oblación amante que les confiere la vida de la caridad.

Sin las lágrimas de María al pie de la cruz, no tendríamos, en los hechos, la vida divina. Sin la celebración realizada por la Iglesia del sacrificio eucarístico en el que se ofrece ella misma por cada de uno de sus miembros, estaríamos, además, privados de la divinización eucarística. La Iglesia no engendra más que para integrar a su sacrificio en favor del mundo.

El consentimiento de María a la Encarnación y a la Pasión de Jesús perduró hasta a su muerte y es siempre ofrecida de nuevo durante la celebración de cada Misa: es mediante esta oblación que María colaboró de manera singular, en el amor, en la restauración de la vida en las almas.

Ofreciéndose como víctimas para el mundo, María y la Iglesia le obtienen la vida divina; ayudan a cada cristiano a comprender en su momento que no puede concebir a Cristo por la fe y engendrarlo por las obras más que en la medida en que se asocie como víctima al sacrificio de la Cabeza. Es en esta misma medida que participa en la maternidad espiritual de María y de la Iglesia. Misterio de fe, que también desborda sus sentidos, su experiencia y su razón. El cristiano no ve que engendre a Cristo en los otros por su ejemplo y por sus palabras, por la ofrenda de sus penitencias y de sus obras; él cree: credo memetipsum esse matrem Christi viventis in aliis, pero opera fidei vivæ, quatenus sum in statu grati.

Traducido del francés por: José Gálvez Krüger
Director de la Revista Humanidades Studia Limensia

 

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