De la homilía de Juan Pablo II en la misa de beatificación (6-VI-2003)

3. «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?» (Mc 10,17). Es la pregunta que también sor María de Jesús Crucificado hizo a su Señor desde que, siendo joven, colaboraba en la parroquia de Blato, en la isla de Korcula, y se prodigaba al servicio del prójimo en las asociaciones del Buen Pastor y de las Madres católicas, así como en la cocina popular.
 
La respuesta resonó nítidamente en su corazón: «¡Ven y sígueme!». Así, conquistada por el amor de Dios, eligió consagrarse para siempre a él, realizando la aspiración de entregarse totalmente al bien espiritual y material de las personas más necesitadas. Luego fundó la congregación de las Hijas de la Misericordia de la Tercera Orden Regular de San Francisco, con la misión específica de «difundir y propagar, mediante las obras de misericordia espirituales y corporales, el conocimiento del Amor divino». No faltaron dificultades, pero sor María siguió adelante con indómita valentía, ofreciendo sus sufrimientos como actos de culto y sosteniendo a sus hermanas con la palabra y con el ejemplo. Durante cuarenta años gobernó con sabiduría materna su instituto, abriéndolo al compromiso misionero en diversos países de América Latina.
 
4. La figura de la beata María de Jesús Crucificado me lleva a pensar en todas las mujeres de Croacia, tanto en las que están casadas y son madres felices, como en las que están marcadas para siempre por el dolor de la pérdida de un familiar en la cruel guerra de la década de 1990, o por otras amargas desilusiones sufridas.
 
Pienso en ti, mujer, porque con tu sensibilidad, generosidad y fortaleza «enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas» (Carta a las mujeres, 2). Dios te ha confiado de modo especial las criaturas, y por ello estás llamada a convertirte en un apoyo importante para la existencia de toda persona, en particular en el ámbito de la familia.
 
El ritmo frenético de la vida moderna puede llevar al ofuscamiento e, incluso, a la pérdida de lo que es humano. Nuestro tiempo, tal vez más que cualquier otra época de la historia, necesita «el "genio" de la mujer, que asegure en toda circunstancia la sensibilidad por el hombre» (Mulieris dignitatem, 30).
 
Mujeres croatas, conscientes de vuestra altísima vocación de "esposas" y "madres", seguid mirando a toda persona con los ojos del corazón, salid a su encuentro y acompañadla con la sensibilidad propia del instinto materno. Vuestra presencia es indispensable en la familia, en la sociedad y en la comunidad eclesial.
 
5. De modo particular, pienso en vosotras, mujeres consagradas como María Petkovic, que habéis acogido la invitación a seguir con corazón indiviso a Cristo, casto, pobre y obediente.
 
No os canséis de responder fielmente al único Amor de vuestra existencia. En efecto, la vida consagrada no es sólo compromiso generoso de un ser humano; es, ante todo, respuesta a un don que viene de lo alto y que se debe acoger con plena disponibilidad. Que la experiencia diaria del amor gratuito de Dios a vosotras os impulse a entregar sin reservas vuestra vida al servicio de la Iglesia y de los hermanos, poniéndolo todo, presente y futuro, en sus manos.
 
6. «Jesús, fijando en él su mirada, lo amó» (Mc 10,21). Dios dirige una mirada llena de ternura a quien desea cumplir su voluntad y caminar por sus sendas (cf. Sal 1,1-3). En efecto, cada uno, según su vocación propia, está llamado a realizar, en sí y en torno a sí, el proyecto de Dios. Con este fin, el Espíritu del Señor reviste al hombre fiel a Dios «de entrañas de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia» (Col 3,12). Sólo así se puede edificar la ciudad terrena a imagen de la ciudad celestial.
 
Que vuestra comunidad cristiana crezca y se fortalezca en el perdón recíproco, en la caridad y en la paz: esta es la oración que hoy el Papa eleva al Señor por todos vosotros.
 
«Y todo cuanto hagáis, de palabra y de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por medio de él a Dios Padre» (Col 3,17).
 
A él la gloria por los siglos de los siglos.
 

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