Cuidar cuando no es posible curar, parte 1

Por Pilar Calva Mercado

Eutanasia, por su etimología (eu thánatos) es “buena muerte”, “morir bien”. Sin embargo, hoy se entiende por eutanasia la acción u omisión que –por su naturaleza o en sus intenciones– provoca la muerte del enfermo grave. Por lo tanto, la eutanasia representa siempre una forma de homicidio, pues implica que un hombre da muerte a otro, ya sea por un acto positivo o por la omisión de la atención y cuidados debidos.

Puede producirse por acción (administrar una inyección letal), se conoce como eutanasia activa; o por omisión (negar los cuidados mínimos o medidas ordinarias), es la eutanasia pasiva. Los cuidados mínimos son alimentación e hidratación (incluso por vía artificial), la limpieza especialmente de escaras, y la vía aérea permeable, es decir, que el aire pueda recorrer las vías respiratorias, ya sea al aspirar las secreciones o con la traqueostomía (hacer un agujero del cuello a la tráquea). Una persona sana o enferma (con mayor razón) necesita de esto, y si por ejemplo no se le alimenta, el paciente es probable que no se morirá de lo que tiene, sino se le matará de hambre.

La eutanasia voluntaria es pedida por el paciente, el suicidio asistido es cuando la misma persona la ejecuta y el médico sólo le pone los medios; y la Involuntaria o eutanasia homicida se realiza sin el consentimiento del paciente, de manera forzada.

Todas las formas de eutanasia son incorrectas, pues el medio u objeto, es decir, la acción u omisión, implican matar y, por lo tanto, es éticamente incorrecto.

La aparente justificación de la eutanasia está en dos ideas fundamentales:

  • El principio de autonomía del sujeto, que tendría derecho a disponer, de manera absoluta, de su propia vida.
  • Y la convicción, más o menos explicitada, de la insoportabilidad e inutilidad del dolor que puede a veces acompañar a la muerte.

El dolor de los pacientes –del que se habla y sobre el que se quiere fundamentar una especie de justificación o casi obligatoriedad de la eutanasia y del suicidio asistido– es hoy más que nunca un dolor que puede quitarse o disminuirse con los medios adecuados de la analgesia y de los cuidados paliativos, y con una adecuada asistencia humana y espiritual.

Detrás de algunas campañas en favor de la eutanasia se ocultan razones de gasto público, considerado insostenible e inútil frente a la prolongación de ciertas enfermedades.

La distanasia es lo contrario de la eutanasia y consiste en retrasar la muerte todo lo posible, por todos los medios, aunque no haya esperanza de curación y aunque eso signifique unos grandes sufrimientos añadidos para el enfermo. También se llama “ensañamiento terapéutico” y “encarnizamiento terapéutico”. Es no dejar que un paciente se muera de lo que tiene cuando no hay posibilidad objetiva de mejoría.

A un paciente se le deben asegurar siempre los cuidados ordinarios (que incluyen la alimentación y la hidratación, aunque sean artificiales, la limpieza y la vía aérea permeable-aspiración de secreciones y traqueostomía). El médico debe darlos, la familia estar pendiente que los reciba y el paciente no puede renunciar a ellos.

Los cuidados paliativos son aquellos que no curan al paciente, que no van a prolongar una agonía, pero si harán que esté mejor. El paciente, a diferencia de los cuidados mínimos, si puede renunciar a los mismos. Entre los cuidados paliativos está una adecuada terapia del dolor. Hoy cualquier dolor puede, si no quitarse, sí controlarse de manera importante. Otro ejemplo de cuidado paliativo es por ejemplo dar anticonvulsivantes; éstos no curan, no prolongan la vida, pero sí hacen que el paciente se sienta mejor. Los cuidados paliativos son la forma privilegiada de la caridad desinteresada. El enfermo debe sentirse rodeado por una presencia amorosa y humana.

El uso de analgésicos como los narcóticos (morfina) para aliviar el dolor, incluso con riesgo de abreviar sus días, puede ser moralmente lícito en conformidad con la dignidad humana, si se cumplen las premisas del doble efecto: que no haya alternativa para quitar el dolor (es decir, el paciente ya no responde a otros analgésicos más sencillos), sea primero el efecto bueno y después del malo (debe empezarse con la mínima dosis), la muerte no se busque como fin ni como medio, sea tolerada como inevitable, y la enfermedad comprometa la vida para que se cumpla la proporcionalidad, es decir, que el efecto bueno es quitar el dolor en una enfermedad que compromete la vida y el malo es que puede acortar la vida al provocar paro respiratorio. También debe tomarse en cuenta que los narcóticos disminuyen el estado de conciencia y son adictivos, por lo que causan tolerancia, y cada vez se necesitará mayor dosis para lograr el mismo efecto.

Es lícito en conciencia tomar la decisión de renunciar a tratamientos que sólo producirían una prolongación precaria y penosa de la vida (ensañamiento u obstinación terapéutica o distanasia), dado que existe gran diferencia ética entre "provocar la muerte" (eutanasia) y "permitir la muerte": la primera actitud rechaza y niega la vida; la segunda, en cambio, acepta su fin natural.

Para esto, hay que realizar un juicio de proporcionalidad, que se explicará en el artículo “Cuidar cuando no es posible curar Parte 2”.

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