Carta de Próspero de Aquitania a Rufino sobre la gracia y el libre albedrío

AL DIGNO Y VENERABLE RUFINO, AMADO HERMANO EN JESUCRISTO, PRÓSPERO LE DESEA SALVACIÓN ETERNA
 
Traductor: P. TEODORO CALVO MADRID
 
PRÓLOGO
 
1. Por un amigo común, recibí testimonios de tu fraternal solicitud para conmigo, y en eso reconozco tu sincero afecto, por el que te doy las gracias. Podría temer que los rumores malévolos, llegados hasta tus oídos, te hubieran causado inquietud y aflicción. Mi deseo es tranquilizarte en la medida en que puede hacerse con una carta, dándote a conocer con franqueza muchas cosas que ignoras, todo lo que dicen nuestros enemigos, y los vanos esfuerzos que hacen para sembrar la división en una y otra parte.
 
Pero, ante todo, quiero precisarte en qué consiste la cuestión que es causa de tan apasionados movimientos. Así conocerás mejor la falsedad de sus discursos, y la luz brillará para ti más resplandeciente en medio de las tinieblas.
 
Capítulo 1. EL ERROR MÁS PERNICIOSO Y SUTIL DE LOS PELAGIANOS
 
2. La herejía pelagiana es demasiado conocida para que sea necesario hablar de ella. Es sabido cómo con sus doctrinas ataca a la fe católica, y todos conocen los esfuerzos que hace para derramar el veneno de sus impiedades en el corazón de la Iglesia, y en las entrañas del cuerpo místico de Cristo.
 
La doctrina más principal y dañosa consiste en decir que la gracia de Dios se nos da según nuestros méritos. Ante todo, los pelagianos quieren afirmar la integridad de la naturaleza humana, diciendo que, mediante el acto libre, puede conquistar el reino de los cielos. Dicen que posee plenamente las fuerzas de la condición primitiva, y que posee esencialmente la inteligencia y la voluntad para, sin dificultad, hacer el bien y evitar el mal. Afirman que los malvados son libres para obrar en un sentido o en otro y así obran el mal, no por falta de capacidad para el bien, sino por falta de buena voluntad. Según ellos, como ya dijimos, la justicia del hombre se basa en la fuerza y en la rectitud natural. Mas como la sana doctrina católica rechazaba semejante definición, y los católicos la condenaban, los herejes emplearon toda clase de ardides para disimular sus doctrinas, y así acabaron por confesar que la gracia de Dios era necesaria al hombre para comenzar el bien, para continuar en él y para perseverar.
 
Capítulo 2. LA GRACIA SEGÚN PELAGIO
 
3. Pero esta profesión de fe que hacían los vasos de ira estaba llena de emboscadas, y era necesario que Dios hiciera conocer esto a los vasos de la misericordia 1. Así se comprende y se ve claramente que la gracia, tal como la entendían los maniqueos, no era más que una especie de consejera para el libre albedrío, pues se contentaba con emplear la exhortación, la ley, la enseñanza, la contemplación del universo, los prodigios y el miedo, para obrar exteriormente sobre la voluntad, de modo que cada uno, siguiendo su propio impulso, encontraría si lo buscaba, recibiría si lo pedía, y entraría si llamaba a la puerta. Pretendían, pues, que esa gracia no era en nosotros más que una influencia exterior, para amonestar a nuestro libre albedrío, y era solamente la ley, un profeta o un doctor, que se preocupan generalmente por todos los hombres del mundo entero, para mover o creer a quienes quisieren, y para que creyendo fueran justificados por el mérito de su fe y de su buena voluntad.
 
De esa manera la gracia de Dios sería concedida según los méritos del hombre, y en ese sentido la gracia no sería ya una gracia. Porque si es un premio del mérito, y no el principio de las buenas obras, en vano se la llama gracia.
 
Capítulo 3. LA ASTUCIA DE LOS PELAGIANOS DESENMASCARADA y VENCIDA
 
4. Tales eran las engañosas sutilezas con las cuales los hijos de las tinieblas querían transformarse en hijos de la luz. Pero los Obispos del Oriente, la Sede Apostólica, los Concilios del África lo descubrieron todo. El bienaventurado Agustín, gloria principal del sacerdocio en ese tiempo, escribió numerosos y brillantes trabajos para probar los errores y sofismas de esa herejía. Porque entre los dones que el Espíritu de la verdad le había abundantemente concedido, poseía sobre todo esa fuerza de la ciencia y de la sabiduría que provienen del amor de Dios, y con la espada invencible de sus palabras aniquiló muchas herejías, y en último lugar el pelagianismo, cuyos restos todavía palpitan. Pero tampoco se libró de los ataques de los malignos este hombre, tan grande por las palmas y las coronas recibidas; este doctor que brillaba como una antorcha, para el honor de la Iglesia, y para la gloria de Jesucristo, por el que estaba iluminado. Los hijos de la Iglesia no se avergüenzan de murmurar sordamente contra él, y sus murmuraciones son escuchadas por otros, y como ofrecen sus oídos complacientes a los herejes, así describen las obras contra los pelagianos, diciendo que en ellas Agustín niega el libre albedrío, y que bajo el nombre de gracia incluye una necesidad fatal. Añaden que divide al género humano en dos masas o grupos, y que quiere hacernos creer que hay dos naturalezas en la humanidad. Así no temen atribuir a un hombre tan piadoso la impiedad de los paganos y de los maniqueos.
 
Si esas acusaciones están bien fundadas, ¿de dónde procede su negligencia, e incluso su impiedad en no rechazar rápidamente de la Iglesia una tan dañosa calamidad? ¿Por qué no se oponen a esos sermones tan insensatos, o al menos por qué no citan algunos escritos del autor de semejante doctrina? Sería glorioso para ellos, y útil para el género humano haber convencido de error al mismo Agustín. Quizás quieran aparecer como moderados y nobles críticos, respetando deferentemente y por compasión a un anciano de tan grandes méritos, y se tranquilicen pensando que nadie se preocupará ya más de sus libros. Ignoran, o más bien saben, que la Iglesia de Roma y de África, y que todos los hijos de la promesa en el mundo entero están de acuerdo con él sobre los principios de la fe y de la gracia; saben que incluso en los lugares donde se alzaron protestas contra él, Dios ha permitido que muchos hombres hayan tomado de sus escritos la doctrina del evangelio y de los apóstoles, haciendo aumentar así, por su poder expansivo, la ley que constituye el Cuerpo Místico de Cristo. Si estamos en el error, ¿por qué no tratan de refutarnos? Si no merecemos ningún reproche, ¿por qué nos muerden en secreto?
 
Capítulo 4. LAS CONFERENCIAS DE CASIANO
 
5. ¿Quién ignora de dónde provienen la intemperancia de su lenguaje en privado, y su silencio calculado ante el público? Quieren gloriarse en su propia justicia más que en la gracia de Dios 2, y no pueden soportar que les ofrezcamos resistencia, cuando atacamos todo lo que dicen en sus numerosas conferencias- contra un doctor de tan gran peso. Saben muy bien que planteando esta cuestión en una asamblea del clero o del pueblo, les opondrían miles de obras escritas por el bienaventurado Agustín, bien conocidas por todos, y que llevaron la poderosa luz de la verdad a todos los corazones. ¿Pues qué hombre verdaderamente creyente y religioso, habiendo bebido en las fuentes de esta elocuencia divina los verdaderos conocimientos de la salvación, desearía sumergirse en una doctrina llena de humo y de orgullo?
 
En cuanto a mí, espero que Dios en su misericordia infinita, después de haber permitido que esos hombres desvaríen en sus disquisiciones sobre el libre albedrío, abandonando las sendas de la humildad, no les privará para siempre y hasta el fin de la luz de la inteligencia; hará retornar a los que viven en tierras lejanas, y cuanto más tardío sea su retorno, más aparecerá en su gloria la obra de la gracia, mediante la sumisión de los corazones rebeldes que se expusieron a perderse al querer discutir sobre las virtudes y sobre la muerte moral. No digo que carezcan de méritos; pero ciertamente pierden el fruto de sus obras, atribuyéndolas al poder de la naturaleza, y cuando hacen intervenir la gracia, ésta sólo se presenta como consecuencia de las buenas obras y de la buena voluntad.
 
Capítulo 5. TEXTOS DE LA SAGRADA ESCRITURA QUE USAN MAL LOS PELAGIANOS
 
6. Los pelagianos apoyan su doctrina en los testimonios de la Sagrada Escritura. Pero no los emplean adecuadamente. Porque para probar una definición, las pruebas alegadas no deben tomarse en otro sentido, apartándose de la regla e interpretación común. Aplican al libre albedrío esta expresión del Evangelio: Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré; tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es suave, y mi carga ligera 3. Aplican estas palabras a todos los hombres que trabajan en el decurso de esta vida y que están cargados de pecados, diciendo que quienes quieran imitar la mansedumbre y la humildad del Salvador, encontrarán descanso para sus almas en la esperanza de la vida eterna, y los que no quieran obrar así, se perderán por su culpa, pues si lo hubieran querido, se habrían salvado. Pero esos herejes deberían oír estas palabras que dice el Señor al libre albedrío: Sin mí nada podéis hacer 4, y nadie viene a mí, si no le trajere el Padre que me ha enviado 5; nadie puede venir a mí, si no se lo concede mi Padre; como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así da la vida a quien le parece bien 6. Y en otro lugar se dice que nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo revelare 7.
 
Esos textos expresan una verdad fundamental, sin que puedan ser entendidos en otro sentido. ¿Pues quién dudará de que el libre albedrío obedece a la voz del que le llama, cuando la gracia de Dios suscita en él el deseo de creer y de obedecer? De lo contrario, el hombre sólo tendría necesidad de ser amonestado, y no sería necesario formar en él una nueva voluntad, según estas palabras de la Sagrada Escritura: la voluntad es preparada por el Señor 8, y también según el dicho de San Pablo de que Dios obra en nosotros el querer y el ejecutar, según su beneplácito 9. ¿Qué es ese beneplácito? ¿No es lo que Dios obra en nosotros, a fin de que habiendo dado el querer, dé también el hacer?
 
Capítulo 6. EL EJEMPLO DEL CENTURIÓN CORNELIO ALEGADO POR LOS ADVERSARIOS
 
7. Para probar el poder del libre albedrío, los adversarios citan el ejemplo del centurión Cornelio; que antes de recibir la gracia divina, ya era un hombre religioso y temeroso de Dios, y se dedicaba por su propia voluntad a hacer limosnas, a los ayunos y a la oración; y así Dios dio testimonio a sus obras, y le concedió el don de la regeneración. Pero no comprenden que esas buenas disposiciones de Cornelio ya eran un don de la gracia. En efecto, cuando San Pedro tuvo la visión, en la que veía toda clase de animales, y en la que se indicaba que debía bautizar a Camelia, y enseñar a todas las naciones, como San Pedro no quería violar la ley judía, comiendo alimentos impuros y comunes, se dejó oír una voz por tres veces que decía: no llames impuro a lo que Dios ha purificado 10. Lo que constituye una prueba clara de que la gracia de Dios inspiraba las obras de Camelia a fin de purificarle, a fin de que el Apóstol, viendo que el Señor ya le había prevenido con sus dones, no dudara en conferirle el Sacramento. Se hubiera podido dudar de la vocación de los gentiles que todavía no había sido revelada, si ciertas señales en las disposiciones precedentes no hubieran manifestado que Dios los había escogido. Pues la fe no pertenece a todos 11, ya que no todos obedecen al evangelio 12. Los que creen son movidos a creer por el Espíritu de Dios, y quienes no creen se apartan con su libre albedrío. Así, pues, nuestra conversión no procede de nosotros mismos, sino de Dios, según lo que dice el Apóstol: pues de gracia habéis sido salvados por la fe, y esto no os viene de vosotros, sino que es don de Dios; no viene de las obras, para que nadie se gloríe 13.
 
Capítulo 7. LA VERDADERA JUSTICIA DEL HOMBRE SÓLO VIENE POR CRISTO
 
8. Tenemos que reconocer la debilidad humana, y confesar que todas las generaciones sucesivas resultaron condenadas en el primer hombre. Y cuando los muertos resucitan, los ciegos ven, y los impíos se convierten en justos y dan gloria a Cristo, entonces es Dios quien les da la vida, la luz y la justificación, de modo que quien se gloríe, que se gloríe en el Señor 14, y no en sí mismo. Pues cuando era impío, ciego o muerto, recibió gratuitamente de su libertador la justicia, la luz y la vida. No se puede decir que ya estaba en la justicia, y que su justicia fue aumentada; que caminaba hacia Dios, y que su caminar fue robustecido; que amaba a Dios, y que su amor fue enardecido. Debemos decir que estando sin fe, y siendo impío, recibió el espíritu de la fe y se convirtió en justo; porque el justo vive de la fe 15, y sin fe nadie puede agradar a Dios 16, pues todo lo que no viene de la fe, es pecado 17. De modo que es verdad que la justicia de los infieles no es la justicia, y que la naturaleza sin la gracia está corrompida.
 
Capítulo 8. LA CARIDAD Y LA FE SON DONES DE DIOS
 
9. Cuando el hombre perdió su inocencia natural, se convirtió en desterrado, en perdido, caminando al azar, y hundiéndose cada vez más en los senderos tenebrosos del error. Pero fue buscado y encontrado, y llevado e introducido en el camino que es verdad y que es vida. Y fue encendido en su corazón el amor a Dios, quien ama primero a quien no le ama, según lo que dice San Juan: en eso consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó 18; carísimos: amémonos nosotros unos a otros, porque la caridad procede de Di

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