“Holodomor”, en ucraniano, significa “muerte por hambre”. Con ese término la historiografía se refiere al genocidio perpetrado por Stalin contra la población ucraniana para, mediante un proceso de limpieza étnica, afianzar el control soviético sobre Ucrania.

Ucrania, un territorio que entonces era conocido como “el granero de Europa”, se vio de un día a otro sumido en una carestía de alimentos sin precedentes. La forma de hacer fue por medio de la incautación de tierras de cultivo a los campesinos ucranianos y su nacionalización.

De esa manera, las autoridades soviéticas dejaron morir de hambre a millones de ucranianos, uno de los más crueles exterminios en masa que jamás se hayan producido.

Ese hecho quedó grabado desde entonces en el subconsciente del pueblo ucraniano y ahora, como consecuencia de la larga guerra en la zona oriental de Ucrania, ha vuelto como un miedo latente.

La población del este de Ucrania está agotada tras años de conflicto, una guerra que el Papa Francisco ha definido como “guerra híbrida”, y que ahora amenaza bajo la forma del hambre a los ciudadanos locales.

Por eso, además de las muchas iniciativas de solidaridad, como la Colecta Especial del Papa por Ucrania, la Iglesia Greco Católica Ucraniana ha lanzado el evento “Da de comer al hambriento” que se desarrollará en todo el mundo en todas las diócesis greco-católicas por medio de sus parroquias. El objetivo: evitar un nuevo “Holodomor”.

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La iniciativa se ha articulado por medio de la carta sinodal de la Iglesia Greco Católica Ucraniana “Solo os queda una cosa: Todo lo que tengáis dádselo a los pobres”.

Se trata de una carta que afronta el momento presente de Ucrania y del mundo en la víspera de la Jornada Mundial de los Pobres que el Papa Francisco instituyó durante el Año Santo Extraordinario de 2015 dedicado a la Divina Misericordia.

Es también el modo en que la Iglesia Greco Católica de Ucrania aplica la encíclica del Papa Francisco Fratelli tutti.

En la carta del Sínodo se señala que el Papa Francisco en la Fratelli tutti señala que “el mayor peligro no está en las cosas, en las realidades materiales, en las organizaciones, sino en el modo en que las personas las utilizan”.

Las riquezas, por lo tanto, no se condenan. De hecho, los padres de la Iglesia, recuerda el Sínodo, subrayan que “los bienes, riquezas, ahorros si se usan con habilidad y sabiduría, deberían convertirse en herramientas no solo para nosotros mismos, sino también para nuestro prójimo”. Por eso, los ricos están llamados “a mostrar solidaridad y compasión por los pobres”.

Ahora bien: ¿de qué manera el contexto actual es similar al contexto en que se produjo el Holodomor? En la carta del Sínodo hay algunas cifras que lo ilustran. En Ucrania 8 de cada 10 pensionistas viven bajo el umbral de la pobreza, mientras que entre el 25 y el 45 % de ciudadanos ucranianos no son capaces de cubrir sus necesidades básicas, y esto “a pesar del hecho de que hemos recibido de Dios un enorme potencial natural económico y humano”.

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Según denunció el Sínodo de los obispos greco católicos ucranianos, estos datos son el resultado de una “larga y torpe política de las autoridades y de la incompetencia de las reformas”.

Debido a ello, “la mayor parte de los habitantes del país está destinada a la pura supervivencia”. Una situación de crisis agravada tanto “por la agresión rusa en el este del país” como por la pandemia.

De esta situación surge el llamado a trabajar para “extirpar el hambre que nos rodea”, porque son “millones de personas las que viven junto a nosotros a la sombre de esta lenta muerte por hambre: silenciosos, privados de dignidad, de atención, de compasión, ayuda y comprensión”.

Esta situación, se señala en la carta, nos recuerda precisamente al “Holodomor”. Y precisamente la memoria del “Holomodor” constituye, para el pueblo ucraniano, una responsabilidad, “no solo frente a los muertos, sino también ante nuestros contemporáneos que hoy están condenados a los mismos tormentos y los mismos sufrimientos que sufrieron nuestros hermanos y hermanas hace casi un siglo”.

La carta sinodal incluye un pedido a los ricos para que destinen sus medios para “salvar a los pobres, proteger a los débiles y ayudar a los necesitados”. Un llamado a los gobernantes para “adoptar medidas decisivas y eficaces para garantizar a los ciudadanos el acceso al trabajo y a un salario digno”.

Se señala la necesidad de que esas medidas implementen un modelo económico que no esté basado en los subsidios, sino en “modelos de negocios que tengan a la persona humana en el centro”.

Se pide también a los cristianos que no se queden en silencio “ante una situación en la que la moderna humanidad sufre numerosos traumas, heridas, pobrezas y carencia de las cosas más básicas”.

La carta expresa también el agradecimiento de los Obispos a los consagrados por su ejemplo de renuncia de los bienes materiales y se exaltan los servicios sociales.