El Papa Francisco dedicó la catequesis de la Audiencia General de este miércoles 9 de noviembre a su reciente viaje apostólico en el Reino de Bahrein que sintetizó en tres palabras clave: Diálogo, encuentro y camino.

“Resulta espontáneo preguntarse: ¿por qué́ el Papa quiso visitar este pequeño país de grandísima mayoría islámica? Hay muchos países cristianos ¿por qué no va antes a otros? Quisiera responder a través de tres palabras: diálogo, encuentro y camino”, explicó el Santo Padre.

A continuación, la catequesis pronunciada por el Papa Francisco:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Un poco frío, pero es lindo ¿no?

Antes de hablar sobre lo que he preparado quisiera centrar la atención en los dos niños que han venido aquí, ellos no pidieron permiso, ellos no han dicho ‘tengo miedo’, vinieron directamente. Así debemos ser nosotros con Dios, directamente. Nos han dado ejemplo de cómo nos debemos comportar con Dios, con el Señor, ir hacia adelante, Él nos espera siempre. Me hizo bien ver la confianza de estos dos niños. Ha sido un ejemplo para todos nosotros. Así debemos siempre acercarnos al Señor, con libertad. Gracias.
Hace tres días volví del viaje al Reino de Bahrein. Que yo no lo conocía de verdad, no sabía cómo era ese Reino. Deseo dar las gracias a todos aquellos que han acompañado esta visita con el apoyo de la oración, y renovar mi reconocimiento a su majestad el rey, a las otras autoridades, a la Iglesia local y a la población por la calurosa acogida.

Y también quisiera agradecer a los organizadores de los viajes. Para hacer estos viajes hay un movimiento de personas, la Secretaría de Estado trabaja mucho para preparar los discursos, preparar la logística, se mueven muchos, y después, los traductores, y el cuerpo de la gendarmería que son muy buenos, el cuerpo de la Guardia Suiza que buenísimos. Todo, un trabajo enorme, a todos quisiera agradecer públicamente por todo lo que hacen para que un viaje del Papa vaya bien. Gracias.

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Resulta espontáneo preguntarse: ¿por qué́ el Papa quiso visitar este pequeño país de grandísima mayoría islámica? Hay muchos países cristianos, por qué no va antes a otros. Quisiera responder a través de tres palabras: diálogo, encuentro y camino.

Diálogo: la ocasión del viaje, deseado desde hace tiempo, fue ofrecida por la invitación del rey a un foro sobre el diálogo entre Oriente y Occidente. Diálogo que sirve para descubrir la riqueza de quien pertenece a otras gentes, otras tradiciones, otros credos.

Bahrein, un archipiélago formado por muchas islas, nos ha ayudado a entender que no se debe vivir aislándose, sino acercándose. En Bahrein, aunque son islas, se han acercado, no se han aislado. Lo exige la causa de la paz, y el diálogo es “el oxígeno de la paz”. No se olviden de esto, el diálogo es “el oxígeno de la paz”, también en la paz doméstica. Si ha habido una guerra allí, entre marido y mujer, con el diálogo se va hacia adelante con la paz. En familia también dialoguen, que con el diálogo se construye la paz.

Hace casi sesenta años el Concilio Vaticano II, hablando de la construcción del edificio de la paz, afirmaba que tal obra «exige de ellos [los hombres] con toda certeza que amplíen su mente más allá de las fronteras de la propia nación, renuncien al egoísmo nacional ya a la ambición de dominar a otras naciones, alimenten un profundo respeto por toda la humanidad, que corre ya, aunque tan laboriosamente, hacia su mayor unidad» (Gaudium et spes, 82). Esto lo dice el Concilio.

En Bahrein sentí esta necesidad y deseé que, en todo el mundo, los responsables religiosos y civiles sepan mirar más allá de los propios confines, de las propias comunidades, para cuidar del conjunto. Solo así se pueden afrontar ciertos temas universales. Por ejemplo, el olvido de Dios, la tragedia del hambre, la custodia de la creación, la paz. Juntos, se piensa esto.

En este sentido el Foro del diálogo, titulado “Oriente y Occidente por la convivencia humana”, este era el título “Oriente y Occidente por la convivencia humana”, exhortó a elegir el camino del encuentro y a rechazar el del enfrentamiento.

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¡Cuánto lo necesitamos! ¡Cuánto necesitamos encontrarnos! Pienso en la insensata guerra, insensata guerra, de la que es víctima la martirizada Ucrania, y en tantos otros conflictos, que nunca se resolverán a través de la infantil lógica de las armas, sino solo con la fuerza mansa del diálogo. Pero además de Ucrania, que está siendo martirizada esta tierra, pensemos en guerras de hace años, pensemos en Siria, más de diez años, pensemos, por ejemplo… -Ven siéntate aquí, es valiente este (niño)-. Pensemos en Siria, en la guerra en Yemen, pensemos en Myanmar, en todas partes, ahora es más cercana Ucrania, pero ¿qué hacen las guerras? Destruyen, destruye la humanidad, destruyen todo. -Tú acomódate aquí (a una niña), los dos valientes de hoy-.

Pero no puede haber diálogo sin – segunda palabra – encuentro. En Baréin nos hemos encontrado, y muchas veces he sentido emerger el deseo que entre cristianos y musulmanes los encuentros aumenten, que se construyan relaciones más fuertes, que se preocupen más los unos de los otros.

En Bahrein – como se hace en oriente – las personas se llevan la mano al corazón cuando saludan a alguien. Yo también lo hice, para dar espacio dentro de mí a quien encontraba. Porque, sin acogida, el diálogo queda vacío, aparente, permanece cuestión de ideas y no de realidad.

Entre los muchos encuentros, pienso en el del querido hermano, el gran imán de Al-Azhar, querido hermano; y con los jóvenes de la Escuela del Sagrado Corazón, estudiantes que nos han dado una gran enseñanza: estudian juntos, cristianos y musulmanes. De jóvenes, de adolescentes, de niños es necesario conocerse, para que el encuentro fraterno prevalezca a las divisiones ideológicas. Quisiera agradecer a la Escuela del Sagrado Corazón, agradecer a sor Roselyn, que ha llevado adelante muy bien esta escuela, que han participado con los discursos, las oraciones, los bailes, el canto. Los recuerdo bien y muchas gracias.

Pero también los ancianos han ofrecido un testimonio de sabiduría fraterno: pienso en el encuentro con el Consejo Musulmán de Ancianos, una organización internacional nacida hace pocos años, que promueve buenas relaciones entre las comunidades islámicas, en nombre del respeto, de la moderación y de la paz, oponiéndose al integrismo y a la violencia.

Llegamos así a la tercera palabra: camino. El viaje en Bahrein no hay que verlo como un episodio aislado, forma parte de un recorrido, inaugurado por San Juan Pablo II cuando viajó a Marruecos. Así, la primera visita de un Papa a Baréin ha representado un nuevo paso en el camino entre creyentes cristianos y musulmanes: no para confundirnos o aguar la fe, el diálogo no se convierte en inacuación, sino para construir alianzas fraternas en el nombre del padre Abraham, que fue peregrino en la tierra bajo la mirada misericordiosa del único Dios del Cielo, Dios de la paz. Por esto el lema del viaje era: “Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”.

¿Por qué digo que el diálogo no se convierte en inacuación? Porque para dialogar se requiere tener identidad propia, se debe partir de la propia identidad. Si tú no tienes identidad no puedes dialogar, porque será algo que no entiendes ni tú. Siempre, para que un diálogo sea bueno se debe partir de la propia identidad, ser consciente de la identidad propia, y así se puede dialogar.

Diálogo, encuentro y camino en Bahrein se realizaron también entre los cristianos. Por ejemplo, el primer encuentro, de hecho, fue ecuménico, de oración por la paz, con el querido patriarca y hermano Bartolomé y con los hermanos y hermanas de varias confesiones y ritos. Tuvo lugar en la Catedral, dedicada a Nuestra Señora de Arabia, cuya estructura evoca una tienda, esa en la que, según la Biblia, Dios encontraba a Moisés en el desierto, a lo largo del camino. Los hermanos y las hermanas en la fe, que he encontrado en Bahrein, viven realmente “en camino”: la mayor parte son trabajadores inmigrantes que, lejos de casa, encontraron sus raíces en el Pueblo de Dios y su familia en la gran familia de la Iglesia.

Es maravilloso ver a estos migrantes, filipinos, indios, y de otras partes. Cristianos que se reúnen y se apoyan en la fe. Ellos van adelante con alegría, en la certeza de que la esperanza de Dios no decepcionada (cfr Rm 5,5). Encontrando los pastores, los consagrados y las consagradas, los trabajadores pastorales y, en la festiva y conmovedora Misa celebrada en el estadio, muchos fieles, procedentes también de otros países del Golfo, les llevé el afecto de toda la Iglesia. Esto fue el viaje.

Y hoy quisiera transmitiros su alegría genuina, sencilla y hermosa. Encontrándonos y rezando juntos, nos hemos sentido un corazón solo y un alma sola. Pensando en su camino, su experiencia cotidiana de diálogo, sintámonos todos llamados a ampliar los horizontes.

Por favor, corazones dilatados, no estos corazones cerrados, duros, abran el corazón, porque somos hermanos todos, para que esta fraternidad humana vaya hacia adelante, ampliar los horizontes, abrirnos y ampliar los intereses, a dedicarnos al conocimiento de los otros. Si tú te dedicas al conocimiento del otro, jamás vas a ser amenazado, pero si tú tienes miedo del otro, tú mismo haces la amenaza. El camino de la fraternidad y de la paz, para proceder, necesita de todos y cada uno. Yo doy la mano, pero si de la otra parte no hay otra mano, no sirve. ¡La Virgen nos ayude en esto! Gracias.