El Cardenal Juan Sandoval Iñiguez anunció hoy la próxima beatificación del Anacleto González Flores y nueve laicos mártires de Jalisco, que murieron defendiendo la fe durante la “guerra Cristera” desatada en México por la persecución masónica.

Según explicó el Cardenal Sandoval, el anuncio de la beatificación de González Flores y sus compañeros mártires se esperaba para marzo de este año, pero se pospuso por la muerte del Papa Juan Pablo II.

Mons. José Trinidad González Rodríguez, Obispo auxiliar de Guadalajara  y promotor de las causas de canonización de la Arquidiócesis y del Episcopado Mexicano, señaló que  las nuevas beatificaciones “serán una bendición para Jalisco y para México”. “Varios de ellos son de nuestra tierra: De la tierra alteña y de la bella y provinciana ciudad de entonces, Guadalajara”.

El Lic. Anacleto González Flores, nació en Tepatitlán, Jalisco el 13 de julio de 1889. Miembro de una familia pobre y numerosa, trabajó desde muy pequeño para ayudar en el sustento familiar. Sin embargo, su amor por la cultura y su deseo de formarse para defender la fe ante las agresiones anticlericales masónicas, lo llevó a titularse de abogado en 1922, año en que contrajo matrimonio.

Se dedicó a enseñar historia y literatura en colegios particulares de Guadalajara y en 1925 fue presidente y fundador de la “Unión Popular de Jalisco”. Desde 1926 luchó arduamente por que no se realizara la rebelión armada, pues siempre se opuso a la violencia contra las agresiones anti-católicas.

En cambio, fue un exitoso promotor del “boicot” proclamado por los católicos contra medios de comunicación y negocios masónicos. Su ejemplo y sus enseñanzas lo convirtieron en una  figura simbólica  ampliamente reconocida y respetada por la revolución Cristera; por lo que fue tomado prisionero el 1º de abril de 1927, un primer viernes de mes.

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Yo muero, pero Dios no muere

Apenas capturado, Anacleto comenzó a ser brutalmente torturado para que revelara el lugar donde se ocultaba el Obispo Orozco y Jiménez. Lo suspendieron en presencia de sus compañeros por los pulgares de las manos, mientras con cuchillos herían sus pies descalzos.

Ante su heroica resistencia, comenzaron a desgarrar su cuerpo con el cuchillo, y fue sometido, según sus biógrafos a “otras torturas incontables e inenarrables”.

Cuando comenzaron a torturar a los jóvenes que habían arrestado con él –y que lo acompañarían en el martirio- Anacleto gritó: “¡No maltraten a esos muchachos, si quieren sangre aquí está la mía!”.

Anacleto fue descolgado y con el un golpe de culata le destrozaron el hombro. Sin embargo, el mártir siguió alentando a sus compañeros para que no flaqueen.

Se simuló entonces un “consejo de guerra sumarísimo” que condenó a lo prisioneros a la pena de muerte “por estar en convivencia con los rebeldes”.

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Al oír la sentencia, Anacleto respondió: “Una sola cosa diré y es que he trabajado con todo desinterés por defender la causa de Jesucristo y de su Iglesia. Vosotros me mataréis, pero sabed que conmigo no morirá la causa. Muchos están detrás de mí dispuestos a defenderla hasta el martirio. Me voy, pero con la seguridad de que veré pronto desde el cielo el triunfo de la religión de mi Patria”.

Uno de los jóvenes, ante la burla de los soldados, señaló que deseaba confesarse antes de morir, pero Anacleto le exhortó: “¡No hermano, ya no es tiempo de confesarse, sino de pedir perdón y perdonar! Es un Padre y no un juez el que te espera. Tu misma sangre te purificará”.

En seguida, Anacleto comenzó a recitar el Acto de Contrición, que corearon sus compañeros. Al finalizar la oración, una descarga de fusil acabó con la vida de los otros jóvenes. Anacleto, aún de pie a pesar de sus terribles dolores,  se dirigió al general que presenciaba la tortura diciéndole: “General, perdono a usted de corazón; muy pronto nos veremos ante el tribunal divino; el mismo juez que me va a juzgar será su juez; entonces tendrá usted un intercesor en mí ante Dios”.

Como los soldados no se atrevían a dispararle, el general ordenó a un capitán que lo atravesara con una bayoneta.

Según el testimonio de numerosos soldados arrepentidos que fueron testigos del martirio, herido mortalmente, Anacleto pudo incorporarse para gritar: “Por segunda vez oigan las Américas este grito: Yo muero, pero Dios no muere ¡Viva Cristo Rey!”.

Al decir “por segunda vez”, el mártir se refería a las mismas palabras pronunciadas décadas atrás por el Presidente del Ecuador Gabriel García Moreno, asesinado a golpes de machete en las escalinatas de la Catedral de Quito por masones enfurecidos por haber consagrado al Ecuador al Sagrado Corazón de Jesús.

El ejército trató de justificar el asesinato de Anacleto y sus compañeros aduciendo que no había sido capturado por católico, sino por “conspirador y secuestrador”; una especie que, pese a haber sido desmentida por la historiografía contemporánea, aún sigue siendo difundida por la masonería mexicana y, paradójicamente, por la agencia marxista autodenominada “católica” Adital.
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