2 de marzo de 2019 8:02 pm

Así ayuda la Iglesia en Chile a las mujeres que sufren violencia

Redacción ACI Prensa

Imagen referencial / Crédito: Cathopic (Marthaartess). Dominio Público
Imagen referencial / Crédito: Cathopic (Marthaartess). Dominio Público

La Vicaría de Pastoral Social Caritas del Arzobispado de Santiago (Chile) recibe cada año a centenares de mujeres y a sus hijos, víctimas de la violencia intrafamiliar, quienes encuentran en las casas de acogida una atención integral para salir adelante.

Según cifras del Centro de Estudios y Análisis del Delito de la Subsecretaría de la Prevención del Delito, en 2018 hubo en Chile 64.361 denuncias relacionadas con violencia intrafamiliar, de las cuales el 76% fue contra mujeres.

Ese año, la Pastoral Social Cáritas recibió en sus dos casas de acogida en Santiago a 86 mujeres y a 115 niños. Hoy, el 30% de sus residentes son inmigrantes.

“Las mujeres ingresan vía derivación del Ministerio Público, Tribunales de Familia y Sernameg (Centros de la Mujer), Carabineros de Chile y a través de la pauta de evaluación de riesgo unificada”, indicó Loreto Rebolledo, trabajadora social y jefa del Área de Animación Solidaria de la Pastoral Social Cáritas, a Comunicaciones del Arzobispado de Santiago.

Rebolledo explicó que se trata de un programa del Servicio Nacional de la Mujer y la Equidad de Género (Sernameg) ejecutado por el Arzobispado de Santiago, que consiste en brindar residencia temporal de calidad a mujeres mayores de 18 años, con o sin hijos, en situación de violencia por parte de su pareja o expareja.

Dentro de la casa se concientiza sobre el riesgo y consecuencias de la violencia, estrategias de autocuidado y desarrollo de la autonomía. A los niños se les da atención psicoeducativa e intervención en crisis, resignificación de la violencia vivida e incorporación de estrategias de autoprotección.

Según Rebolledo, “una de las cosas que es más difícil de trabajar y de superar es la resignificación de las relaciones afectivas y del concepto de familia ideal, ya que sus interrelaciones aprendidas se caracterizan por seguir patrones de dependencia, sometimiento y subordinación, provocando, en la mayoría de los casos, que se repliquen prácticas violentas en la relación que generan las mujeres con sus hijos e hijas”.

En ese sentido, la pastoral trabaja para que las personas cuestionen las raíces de la violencia y se comprometan en la edificación de “una sociedad más justa y equitativa”.

“Enfatiza en la expresión de un mundo justo, fraterno y solidario, donde todo hombre y mujer tiene derecho a una vida plena y abundante”, sostuvo Rebolledo.

Indicó que las víctimas “necesitan entender por qué vivieron una situación de violencia y cómo han llegado a ella”, para que así disminuyan su “sentimiento de culpa” y pongan fin al maltrato.

“Las redes familiares y de amistad juegan un rol clave. La escucha activa, la empatía, el apoyo, el no juzgar y la información son fundamental. Que sepan y sientan que no están solas”, señaló.

“Gracias a Dios me ha ido bien”

Una de las personas beneficiadas en los hogares es Sandra, de 41 años, quien por años fue maltratada por su expareja y padre de sus tres hijos. En 2014 pidió asilo a la pastoral y luego de ocho meses logró reanudar su vida, esta vez sin violencia.

“Las drogas, el alcohol y el machismo influyeron mucho. Aguanté tanta violencia porque él era el que traía la comida. El episodio que más recuerdo y que gatilló mi salida, fue cuando una vez yo estaba cocinando porotos y no le gustaron. Me tiró toda la comida en la cara, luego me azotó contra la cocina y empezó a tirar balazos al aire, porque tenía una pistola”, relató.

“A mi hija en el colegio le preguntaron qué regalo que no se compra con dinero le gustaría tener. Ella respondió: ‘Que mi papá nunca más le pegue a mi mamá’. Después de eso, me llamaron del colegio y yo exploté. Por primera vez perdí el miedo y conté todo lo que había vivido durante cinco años y llegué a la casa de acogida”, recordó.

Sandra reconoció que “fue difícil al comienzo, pero aquí me ayudaron y por sobre todo a mis hijos. Después de los ocho meses que estuve en la casa, tuve miedo de salir a la calle nuevamente con mis hijos, pero me atreví y gracias a Dios me ha ido bien. Logré trabajar de garzona (mesera) y pude pagar un arriendo”.

Etiquetas: Chile, Iglesia en Chile, Violencia contra la mujer, Arzobispado de Santiago, casas de acogida

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