La importancia vital de la música sacra para la liturgia, la necesidad de que todo católico esté vigilante y preparado para las cuatro postrimerías, y el reconocimiento de que sólo el reinado de Cristo traerá la verdadera paz fueron algunos de los mensajes clave que el Cardenal Robert Sarah llevó a Estados Unidos a finales del año pasado.

La visita del Cardenal Sarah a Estados Unidos giró en torno a la presentación de su nuevo libro, The Song of the Lamb: Sacred Music and Heavenly Liturgy (El canto del Cordero: Música sacra y liturgia celestial), escrito junto con el músico eclesiástico Peter Carter.

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En dos conferencias los días 21 y 22 de noviembre de 2025, pronunciadas en la Universidad de Princeton, donde Carter ejerce como director de música sacra del Aquinas Institute, el Cardenal Sarah subrayó que, en un tiempo en que, desde hace décadas, la liturgia de la Iglesia ha sido ha sido “instrumentalizada con demasiada frecuencia”, es importante entender qué es la liturgia y por qué la música sacra es una parte central del culto divino.

Señalando que la liturgia “se ha politizado” en las últimas décadas, el prefecto emérito del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos también defendió a quienes han señalado legítimamente abusos, y denunció como algo “equivocado” el hecho de que algunas autoridades de la Iglesia hayan “perseguido y excluido” a estos críticos.

Recordando la hermenéutica de la continuidad de Benedicto XVI entre la liturgia reformada y la pre-reformada, y el énfasis del difunto Pontífice en que “lo que las generaciones anteriores tenían por sagrado, también para nosotros sigue siendo grande y sagrado”, el Cardenal Sarah afirmó que los abusos litúrgicos restan valor a la doble naturaleza y finalidad de la liturgia: “rendir a Dios todopoderoso el culto que se le debe” y reconocer que la liturgia “no trata de lo que nosotros hacemos”, sino de lo que el Señor “hace por nosotros y en nosotros”.

Por medio del culto ofrecido por la Iglesia en sus ritos litúrgicos, “nosotros somos santificados”, subrayó el Cardenal Sarah, y por eso “la participación plena, consciente y actual en la liturgia es esencial”. Al hablar de participación, dijo que no se refería a muchas acciones externas, sino a sintonizar “nuestra mente, nuestro corazón y nuestra alma” con el “significado de los ritos sagrados, los cantos y las oraciones de la liturgia de la Iglesia”.

“Así es como nos ‘enchufamos’ o conectamos con la acción salvadora de nuestro Señor Jesucristo en los ritos litúrgicos”, dijo. “Esto, amigos míos, es lo que hace que la liturgia sea ‘sagrada’”.

La liturgia, añadió el cardenal, “no es algo que ustedes o yo podamos inventar o cambiar, aunque pensemos que somos expertos o incluso seamos obispos. No. Debemos ser humildes ante la sagrada liturgia, tal como nos ha sido transmitida en la Tradición de la Iglesia”.

Tras explicar esta esencia de la liturgia y la importancia “crítica” de la música en su interior, distinguió entre música litúrgica y música sacra, y la que no es ni una cosa ni la otra. Dijo que era “incluso escandaloso en ocasiones” tocar o cantar en las iglesias música que no pertenece a un género litúrgico o sagrado. Citando a Benedicto XVI, afirmó: “En lo que respecta a la liturgia, no podemos decir que una canción vale tanto como otra”.

El cardenal guineano compartió que lleva la música está en su sangre, indicando que había aprendido de sus padres y de los misioneros franceses que evangelizaron su aldea que distintos tipos de música pertenecen a lugares distintos, y que la música litúrgica está apartada para el culto a Dios y “por eso, con razón se llama ‘sacra’”. También señaló que, como africano, la música utilizada en la liturgia no tiene por qué ser “exactamente la misma que la música de mi propia cultura” y que ni siquiera tiene que estar en la lengua de uno. Él aprendió el significado de los cantos y los cantó con devoción “debido a la tradición católica más amplia en la que nos sumergían”.

Su comunidad “recibía” la música litúrgica que cantaba, explicó el cardenal, y añadió que quienes componían música sacra lo hacían después de haber “recibido primero y de haber llegado a conocer y a vivir en, y a partir de, la propia Tradición”.

La música sacra “tiene una objetividad propia”, dijo, y esa objetividad está arraigada en la tradición litúrgica de la Iglesia. “Es decir, lo que se canta en la liturgia puede decirse verdaderamente que es ‘el canto del Cordero’, que alaba y da gloria a Dios todopoderoso y le suplica por las necesidades de su pueblo”.

“Creo que, si la música que cantamos en la sagrada liturgia se ajusta a este criterio, podemos llamarla verdaderamente ‘sacra’ y, en conformidad con las disposiciones pertinentes de los libros litúrgicos, con el canto gregoriano ocupando siempre el primer lugar”.

El cardenal concluyó animando a quienes preparan y celebran la sagrada liturgia, a veces enfrentando oposición, e instándolos a formar a otros en la tradición litúrgica y musical de la Iglesia. La música sacra, dijo, “no es un complemento 'bonito' de la liturgia; es un componente esencial de ella”.

“Hemos sido creados para cantar las alabanzas de Dios todopoderoso por toda la eternidad”, dijo el Cardenal Sarah. “Al hacerlo tan bien y tan hermosamente como nos sea posible en la sagrada liturgia de esta vida, nos preparamos a nosotros mismos y a los demás para la eternidad; de hecho, al hacerlo somos capaces de vivir con mayor fidelidad nuestra vocación sobrenatural en las circunstancias cotidianas de nuestra particular vocación aquí y ahora”.

La realeza de Cristo y la verdadera paz

En una homilía en la capilla de la Universidad de Princeton el 23 de noviembre de 2025, Solemnidad de Cristo Rey en el nuevo rito, el Cardenal Sarah continuó con este tema del papel de la música sacra en la liturgia, explicando cómo esta “eleva nuestros corazones y nuestras mentes hacia Dios todopoderoso en adoración de Él”. Añadió que la música sacra “ensancha y abre nuestros corazones para que Él pueda entrar de nuevo en ellos, purificándonos, sanándonos y fortaleciéndonos para su servicio, mediante la gracia que nos ofrece a través de la sagrada liturgia y de los sacramentos que la liturgia celebra”.

Prosiguiendo, señaló que “Cristo es el Rey de la paz entre las naciones del mundo” y subrayó que, “sin Él y sin someternos a su verdad, a su ley de amor abnegado”, puede haber “pocas esperanzas de una paz que perdure” en los asuntos privados o en la política.

El sufrimiento de Cristo en la cruz mostró que su paz y su reino no eran de este mundo, dijo el Cardenal Sarah, y añadió que la paz que Él vino a traer “trasciende incluso lo peor del sufrimiento que este mundo puede infligir”.

Explicó que la naturaleza de la paz de Cristo se halla en la humildad y en la oración de San Dimas, el ladrón crucificado junto a Cristo, que pidió a Jesús que se acordara de él cuando entrara en su reino. Jesús respondió: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Él no lo rescata de su destino terrenal, pero muestra que, sea cual sea la magnitud del sufrimiento personal, cada persona debe hacer la misma oración “con toda humildad”.

“Porque es aceptando nuestros sufrimientos y buscando ante todo el reino de Dios (cf. Mateo 6,33) como el Señor nos abrirá el camino al paraíso”, dijo el Cardenal Sarah. El reino de Cristo no es de este mundo, añadió, y “la paz que Él vino a traer no es, en lo fundamental, de carácter político”.

Aunque recalcó la importancia de rezar por la paz en el mundo, el cardenal afirmó que esa paz es siempre frágil y no puede durar, y por ello es necesario trabajar por la verdadera paz, que llega cuando las personas, los grupos y los Estados se someten al “señorío salvador de nuestro Salvador, Jesucristo, Rey del Universo”.

Ser vigilantes y prudentes

Estos temas estuvieron también presentes en la homilía del Cardenal Sarah durante una Misa tradicional en latín celebrada en la Solemnidad de Cristo Rey de 2025 en la parroquia de St. John the Baptist, en Allentown, Nueva Jersey. Durante la homilía, exhortó a los fieles a no desanimarse por el estado actual de la Iglesia y por las “muchas quejas” sobre ella, que “no carecen de fundamento”.

“Alegraos por la gracia que Dios nos da”, dijo, sobre todo en la sagrada liturgia que, agregó, purifica y fortalece a cada alma en su particular vocación.

Dijo que, al final del año litúrgico, la Iglesia, “como una madre sabia, […] llama con razón nuestra atención sobre las cuatro postrimerías: muerte, juicio, cielo e infierno”, ya que estas “son realidades, y las ignoramos, o fingimos que no existen, para nuestra perdición”.

El Cardenal Sarah exhortó a los fieles presentes a no dejarse arrastrar por un “truco del diablo” en lo que respecta a las conversaciones sobre el fin de los tiempos. Esto puede conducir a una paranoia y a una obsesión que hace que algunas almas sean incapaces de cumplir fructíferamente sus vocaciones. Si uno sigue con vida cuando el mundo termine, “Dios nos dará la gracia necesaria de claridad de entendimiento que necesitemos en ese momento, siempre que permanezcamos fieles a Él”, dijo.

El cardenal recordó la exigencia del Señor de vigilancia a sus discípulos como la respuesta correcta. Eso no es obsesión ni paranoia, dijo, sino “prudencia y sabiduría”. Así como es prudente prepararse bien para un viaje, también se necesita prudencia con respecto a las cuatro postrimerías, añadió. “Demasiadas personas viven como si el día de su muerte nunca fuera a llegar”, observó, y añadió: “Este es el truco más insidioso del diablo”, porque transmite la idea de que “no podemos prepararnos para ese momento ni para el juicio al que todos nos enfrentaremos en el momento de nuestra muerte”.

“Debemos ser prudentes y prepararnos para rendir cuentas de nuestra vida y, cuando sea necesario, si nos hemos desviado, debemos arrepentirnos y buscar la misericordia y el perdón de Dios y hacer penitencia mientras podamos”, exhortó el Cardenal Sarah. Dios es misericordioso, añadió, con quienes se arrepienten y vuelven su vida hacia Él, y del mismo modo “respetará nuestro libre rechazo de Él”.

Subrayó que, en este contexto, era importante tener la misma confianza que San Pablo en su oración en la Carta a los Colosenses: llevar una vida digna del Señor, que le sea plenamente agradable, dando fruto en toda clase de buenas obras, siendo al mismo tiempo prudentes y vigilantes en medio de las tribulaciones del mundo. “Porque si somos fieles a Cristo y a la enseñanza de su Iglesia”, dijo el Cardenal Sarah, “no tenemos nada que temer. ¡En verdad, tenemos la promesa de la vida eterna!”.

Traducido y adaptado por el equipo de ACI Prensa. Publicado originalmente en el National Catholic Register.