teElement(o), m=s.getElementsByTagName(o)[0];a.async=1;a.src=g;m.parentNode.insertBefore(a,m) })(window,document,'script','https://www.google-analytics.com/analytics.js','ga'); ga('create', 'UA-526318-1', 'auto'); ga('require', 'GTM-MKNZDXB'); ía se reviste la casulla: su nombre ya indica que es como una especie de "casa pequeña", a modo de manto amplio que cubre a la persona (como el "poncho" americano actual).  La casulla es el indumento litúrgico que ha venido a caracterizar sobre todo la celebración eucarística.  Mientras que se va perdiendo la "dalmática" (que vendría a ser como una casulla con mangas) que llevaban antes los diáconos.

Hay otros vestidos menos usados: el "palio", que es como una estola que utilizan los arzobispos a modo de escapulario, de tela blanca salpicada de cruces, que les envía el Papa como distintivo de su especial dignidad; la "capa pluvial" que se utiliza principalmente en las procesiones; las vestiduras corales de los canónigos (por ejemplo el manto coral y la muceta negra); las "insignias" distintivas (por ejemplo para el obispo, la cruz pectoral, el anillo, el báculo pastoral, el solideo color violeta -para el Papa es blanco el solideo, para los cardenales, rojo, y para los abades, negro)...

Ultimamente diversos Episcopados, ateniéndose a la flexibilidad que el mismo Misal sugiere (IGMR 304), han pedido y obtenido de Roma un reajuste en el vestido litúrgico del que preside la Eucaristía, con una soluci6n que tiende a unificar la casulla, el alba y la estola.

La casulla que, durante siglos, había sido amplia y elegante, había adquirido con el correr del tiempo unas formas más recortadas y de poco gusto, hasta llegar a la forma de guitarra que todos hemos conocido, recargada, además, con adornos y bordados que hacían de ella más un "ornamento" que un vestido.

En 1972, a petición de los obispos franceses, se aprobó el uso de una especie de alba con una gran estola encima, que por su amplia forma de corte se puede decir que es a la vez alba y casulla.  Se ha ido aprobando) por Roma para todos los países que lo han pedido (Argentina, Brasil, Canadá, Filipinas ... ), sobre todo para las celebraciones de grupos, concelebraciones o actos de culto que se tienen fuera de la iglesia, quedando en pie que el vestido litúrgico del que preside la Eucaristía es la casulla sobre el alba y la estola, y reconociendo que esta forma de alba-casulla cumple, en esas circunstancias mencionadas, la finalidad buscada.  La búsqueda de una estilización de los vestidos litúrgicos, más en consonancia con el gusto estético de nuestros días, no quiere oscurecer, sino por el contrario favorecer, la razón de ser que tienen en la liturgia cristiana: expresar pedagóigicamente, con el lenguaje simbólico que les es propio, la dignidad de lo que celebramos, y el ministerio característico de cada uno de los ministros que intervienen en la celebración. (Cfr. En Phase 72 (1972) 570-571 la carta de concesión de esta casulla-alba a los obispos franceses).  Ya antes se había hecho una sabia "modernización" en este terreno, cuando en 1968 se dieron normas para la simplificación de las insignias y vestidos pontificales.  Entonces ya se invitó a que el obispo, para la celebración solemne, se revistiera aparte (y no delante de la asamblea, como sucedía hasta entonces); que no hacía falta que se pusiera diversos distintivos como los guantes o las sandalias; que bastaba con el alba debajo de la casulla (sin necesidad de otras túnicas que antes se sobreponía); que la "cátedra", su sede, no debía parecerse a un trono, con su baldaquino y todo... Se quería conjugar a la vez la expresión gráfica de lo que es un obispo para la diócesis -maestro, animador espiritual, signo genuino de Cristo Pastor- con una sencillez más evangélica en los signos de esa dignidad...

El sentido de que los ministros se revistan

¿Por qué se revisten los ministros en la celebración cristiana?

La respuesta la da el mismo Misal, en su introducción: "En la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, no todos los miembros desempeñan un mismo oficio.  Esta diversidad de ministerios se manifiesta en el desarrollo del sagrado culto por la diversidad de las vestiduras sagradas, que, por consiguiente, deben constituir un distintivo propio del oficio que desempeña cada ministro.  Por otro lado, estas vestiduras deben contribuir al decoro de la misma acción sagrada" (IGMR 297).

Los vestidos en la liturgia no tienen una finalidad en sí mismos, como si fueran algo sagrado.  Tienen una función que podemos llamar pedagógica, en la línea que hemos visto funcionar en la vida social, con el lenguaje expresivo y simbólico que les es propio.

Ante todo, estas vestiduras distinguen las diversas categorías de los ministros. 

Es lógico que el obispo, por la plenitud de ministerio que tiene en la comunidad cristiana, signifique con algún distintivo su identidad: el báculo, la cruz pectoral, el anillo, el solideo, la mitra... Es lógico que el que preside la Eucaristía, presbítero u obispo, en nombre de Cristo, se revista de un modo determinado, que ha venido a ser con la casulla.

Naturalmente que estos vestidos no están pensados para "separar" a los ministros de la comunidad.  Toda la comunidad cristiana que celebra la Eucaristía es "pueblo sacerdotal", con una dignidad radicalmente igual, que le viene del Bautismo.  Todos son hermanos en la casa de Dios.  Estos vestidos no son signos de poder o de superioridad, por parte de los ministros.  Son unos signos simbólicamente eficaces, que recuerdan a todos en primer lugar a los mismos ministros- que ahora no están actuando como personas particulares en su oración o en su predicación, sino como ministros de Cristo y de la Iglesia.  Que están actuando "in persona Christi" y también "in persona Ecclesiae".  El vestido tiene, para esta finalidad, una contrastada eficacia, como en la vida civil, judicial, política o académica.  Aquí, en la celebración, "distinguen" sin separar.  Ejercen una cierta mediación pedagógica para favorecer el clima y la identidad de la celebración cristiana, en la que hay una alternancia interesante entre una comunidad y sus ministros.

Estos vestidos ayudan también al decoro, a la estética festiva de la celebración.

No se trata de hacer ostentación de riqueza, sino de mostrar, por el mismo modo exterior de actuar, el aprecio que se tiene a lo que celebramos.  Se unta el valor de la Palabra, de la Eucaristía, de la asamblea misma, del día del Señor- si es domingo-, del misterio de la presencia del Señor en medio de los suyos: todo esto hace que la celebración cristiana sea un momento privilegiado en el conjunto de la vida de fe.  Un momento que pide signos exteriores de aprecio; y el vestido, junto a las imágenes y los cantos y tantos otros signos, es uno de los elementos más fácilmente inteligibles para subrayar el carácter festivo de la acción.

En el fondo está siempre la proporción pedagógica entre lo que celebramos y el modo exterior de comportarnos.  Y aquí lo que celebramos es en verdad algo importante y festivo.  Y cuanto más festivo, tanto más significativo debería ser también el vestido litúrgico que nos ponemos.  Un domingo no es lo mismo que otro día de la semana.  La noche de Pascua no es como cualquier otro domingo... La estética y la "festividad" (lo que el Misal llama "decoro") son los objetivos de estos vestidos litúrgicos que se endosan los ministros.

Al decoro festivo de toda la celebración contribuye ciertamente el que se respeten las leyes e a estética y la dignidad en esas vestiduras.

Unas leyes que hoy están presididas por la sencillez (contra el barroquismo que antes gustaba), por la dignidad en la belleza, sin ampulosidad, pero también sin tacañería, de modo que exista autenticidad también en este signo: unos verdaderos "vestidos", nobles y dignos, que favorezcan el aprecio a la misma celebración y el ejercicio del ministerio por parta de los ministros.

De alguna manera los vestidos litúrgicos ayudan a entender el misterio que celebramos.

Expresan elocuentemente que estos ministros -sobre todo el presidente- están animando una celebración sagrada.  Lo que está sucediendo aquí no es como otros encuentros que se pueden tener en una comunidad o en una parroquia, sino una verdadera experiencia sacramental de la gracia de Cristo, un encuentro con el Cristo presente en su Palabra, en su Eucaristía, en la misma comunidad reunida en su nombre.  Y como tal acción misteriosa y sagrada, se realiza con signos exteriores diversos de los ordinarios.

El que los ministros se revistan de modo especial quiere expresar el sentido de este "salto" que existe entre las otras acciones y ésta: la "ruptura" con la vida normal.  Porque la Palabra que aquí se proclama no es lo mismo que las mil palabras que nos envuelven continuamente.  La comunión con el Cristo de la Eucaristía no es como una comida de hermandad cualquiera.

Así como a un ministro, el vestido especial le recuerda que no actúa como persona privada, sino como ministro de Cristo y de la Iglesia, le recuerda también que él no es "dueño de la Eucaristía", ni de la Palabra.  Que está realizando, en nombre de Cristo y de la Iglesia, una acción que le sobrepasa totalmente a él: que está sirviendo a un misterio de comuni6n entre Dios y su Pueblo.

Claro que todo esto no lo dice sólo la indumentaria: es todo un conjunto de comportamientos, de signos, de palabras y de acciones lo que nos introduce pedagógicamente a la experiencia de este misterio cristiano de comunión con Cristo.  Pero no es indiferente el factor del vestido.  Tampoco en el caso de los grupos más reducidos (una asamblea de niños, de jóvenes, de grupos o comunidades): precisamente porque son grupos más pequeños y homogéneos, a ellos también les hace falta subrayar con signos exteriores que ellos no son dueños de lo que celebran, sino que lo hacen en unión con toda la Iglesia, y el ministro que les preside no lo hace porque es un amigo suyo, sino como ministro de toda la comunidad.

Dejar hablar a los signos

También en el caso de los vestidos litúrgicos habría que evitar los dos extremos: la supervaloración cuasi-idolátrica, y el abandono o menosprecio de su función pedagógica.  No tienen un tono fetichista de valor en sí mismos.  Pero siguen expresando pedagógicamente la dignidad de la acción sagrada, siguen "ambientando" el encuentro con Dios, siguen recordando a los ministros su papel de tales en este encuentro misterioso.

No son lo más importante en liturgia ni lo más eficaz en la pastoral.

No hace falta resucitar las oraciones alegóricas con que antes nos revestíamos cada uno de los ornamentos.  Ni obligar a las mujeres a llevar "velo".  Ni tachar de pecado mortal al sacerdote que celebra sin casulla.  Pero lo que sí hay que decir es que estos vestidos son un factor válido en el conjunto de la celebración.

Seguir, también en esto, las sobrias normas de la Iglesia actual, es un signo de eclesialidad y de pedagogía celebrativa.  Despreciarlos -actuando sin estos vestidos en la celebración- creo que, además de ser falta de disciplina, es un empobrecimiento del lenguaje simbólico de la liturgia.  En una liturgia que está ya muy llena de palabras, tenemos que dejar hablar también a los signos.  Y los vestidos, aunque en el conjunto son menos trascendentales, en comparación con la proclamación de la Palabra o de las oraciones o los gestos sacramentales, son un elemento muy visible y que ayuda al tono general de la celebración y a destacar la identidad de los ministros.

Desde el Concilio se ha dado mayor libertad para que en las diversas regiones las correspondientes Conferencias Episcopales adapten, si lo creen conveniente, las vestiduras litúrgicas a la propia cultura y costumbres (IGMR 304, siguiendo a SC 128).

Esta adaptación, allí donde se realice, irá aportando ciertamente vestidos más convenientes, más estéticos, como hemos visto en el caso de la casulla-alba.  Buscar una mejor estética es también importante para la dignidad del culto cristiano, evitando los diversos abusos que en esto se habían producido (sensiblería, imaginaría, barroquismo, ostentación).

Junto a la estética, se irán respetando siempre los fines por los que están pensados estos vestidos, y de lo que hemos hablado repetidamente: resaltar el papel de los ministros, subrayar el carácter sagrado de la celebración, y ayudar a su tono festivo y estético.  Cuando Roma, el año 1972, permitió la casulla-alba a los países que se lo iban pidiendo, vino a razonar así: no está de acuerdo con la "letra" que hasta ahora era norma (por ejemplo, en el Misal), pero un vestido así sirve muy bien al "espíritu" de la norma.

Extracto del libro "Gestos y símbolos" de José Aldazabal
Dossier CPL nº 40  (Barcelona)

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