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Mensaje del Papa Juan Pablo II al llegar a los territorios autónomos de la Autoridad Nacional Palestina
22 de Marzo del 2000
(traducido por ACI Digital)

Estimado Presidente Arafat,
Sus Excelencias,
Queridos amigos Palestinos,

1. "Aquí Cristo nació de la Virgen María": estas palabras, grabadas sobre el lugar donde, de acuerdo a la tradición, Jesús nació, son la razón del Gran Jubileo del año 2000. Ellas son la razón de mi venida a Belén hoy. Ellas son la fuente de la alegría, la esperanza, voluntad, que, por dos milenios, han llenado innumerables corazones humanos al sólo escuchar el nombre "Belén".

Gente de todos lados vuelve su mirada hacia este singular rincón de la tierra con un esperanza que trasciende conflictos y dificultades. Belén donde el coro de ángeles cantó: "Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres de buena voluntad." (Lc 2, 14) se mantiene, en cada lugar y en cada época, como la promesa del regalo de Dios de la paz. El mensaje de Belén es la Buena Nueva de la reconciliación entre los hombres, de paz a todos los niveles de relaciones entre los individuos y las naciones.

Belén es un cruce universal donde todas las gentes pueden encontrarse para construir juntas un mundo merecedor de nuestra dignidad y destino humanos. El Museo de la Natividad, recientemente inaugurado, muestra como la celebración del Nacimiento de Cristo se ha convertido en parte de la cultura y arte de la gente de todas partes del mundo.

2. Señor Arafat, así como le agradezco por la cálida bienvenida que me ha ofrecido en nombre de la Autoridad y Pueblo palestinos, le expreso mi alegría de estar aquí hoy. ¿Cómo puedo dejar de rezar para que el don divino de la paz sea cada vez más una realidad para todos aquellos que viven en esta tierra, a la que las intervenciones de Dios han dado una característica única? ¡Paz para el pueblo palestino! ¡Paz para todos los pueblos de la región! Nadie puede ignorar todo lo que el pueblo palestino ha sufrido en las últimas décadas. Vuestro tormento está ante los ojos del mundo. Y ha durado demasiado.

La Santa Sede ha reconocido siempre que el pueblo palestino tiene el derecho natural de poseer una patria y el derecho de poder vivir en paz y tranquilidad con los otros pueblos de esta zona. A nivel internacional, mis predecesores y yo hemos proclamado repetidamente que no se pondría fin al triste conflicto en Tierra Santa sin garantías sólidas para los derechos de todos los pueblos que viven en ella, sobre la base de la ley internacional y de las importantes resoluciones y declaraciones de las Naciones Unidas.

Debemos continuar trabajando y orando por el éxito de cada esfuerzo genuino de traer la paz a esta tierra. Sólo con una paz justa y duradera -no impuesta sino garantizada mediante negociado- las legítimas aspiraciones de los palestinos se verán satisfechas. Sólo entonces Tierra Santa vislumbrará la posibilidad de un futuro nuevo y luminoso, que no se derrochará ya más en rivalidades y conflictos, sino que se basará sólidamente en la comprensión y la cooperación para el bien de todos. Los resultados (éxito) dependen enormemente de la disposición valerosa de los responsables del destino de esta parte del planeta para dirigirse hacia nuevas actitudes de compromiso y complacencia con las demandas de justicia.

3. Queridos amigos, soy plenamente consciente de los grandes desafíos que la Autoridad y el pueblo palestino tienen que afrontar en todos los campos del desarrollo económico y cultural. De manera particular, dirijo mis oraciones a aquellos palestinos -musulmanes y cristianos- que se ven todavía privados de una casa propia, del lugar que les corresponde en la sociedad y de la posibilidad de una vida laboral normal. Deseo que mi visita de hoy al campo de refugiados Dheisheh sirva para recordar a la comunidad internacional la necesidad de una acción decisiva para mejorar la situación del pueblo palestino. Fue algo muy grato para mí la aceptación unánime de las Naciones Unidas de la Resolución sobre Belén 2000, que compromete a la comunidad internacional a ayudar en el desarrollo de esta zona y a mejorar las condiciones de paz y reconciliación en uno de los lugares más estimados y significativos lugares de la tierra. La promesa de paz hecha en Belén será una realidad para el mundo sólo cuando se reconozcan y se respeten la dignidad y los derechos de todos los seres humanos creados a imagen de Dios.

El pueblo palestino está en mis oraciones hoy y siempre a Aquél que sostiene el destino del mundo en sus manos. ¡Que el Dios Altísimo ilumine, sostenga y guíe a todo el pueblo Palestino en la senda de paz!

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