Pecado y conversión del Hijo Pródigo que soy

Resumen de la homilía del Padre Bertrand de Margerie S.J.
en la Iglesia de San Luís de los Frances de Lisboa (Portugal)
Primer domingo de cuaresma (21 de febrero de 1988)

El Pecado

“Tengo necesidad de tus criaturas, pero no de ti, mi Creador”

Paradoja: el pecador se ama hasta despreciar a Dios, pero desprecia, también su verdadero yo, en su alma inmortal. He huido de mi propia interioridad.

Respuesta del Padre celeste:
Mi  fortuna devino en hambruna; el mundo, don de Dios, se transforma en castigo misericordioso, para mi conversión.

Hemos pecado de diferentes maneras:

a) Venialmente: enfriamiento de nuestra caridad con consecuencias eternas.
b) Mortalmente: ruptura radical con la Trinidad: opción fundamental ingrata y odiosa para la muerte espiritual.
c) no solamente personalmente, sino socialmente: mis faltas más secretas, al privar a los otros de  gracias suplementarias, facilitaron sus pecados, de los que soy indirectamente culpable.
d) esta opción contra Dios puede volverse definitiva al momento de la muerte; trocarse en pecado final de impenitencia, eternizando en el infierno la muerte espiritual. ¡Última consecuencia del pecado original y de los pecados actuales!. Cristo en 16 pasajes de su Evangelio, nos revela la existencia del infierno eterno para preservarnos de él. De ahí el carácter racional del temor al infierno, único capaz - en ciertos momentos- de refrenarnos frente al abismo del pecado mortal.

II CONVERSIÓN A SÍ Y A DIOS POR LA CONTRICIÓN

El pródigo alienado termina por disgustarse de vivir fuera de sí mismo, absorbido por las criaturas, por sus pasiones, por su orgullo. Vuelve a sí mismo para regresar al Padre, mediante el examen de conciencia:

a) Sea por la contrición imperfecta (Lc 15,17): muero de hambre física, “temo el purgatorio y el infierno; por tanto me vuelvo a Dios”. Amor real, en cierta medida interesado, que es desde ya un gran don de Dios, porque prepara a un ser carnal al amor perfecto;

b) Sea por la contrición perfecta (Lc 15,18): “Padre, he pecado contra ti, no merezco ser llamado hijo tuyo”. Conversión debida, no al temor por los castigos terrestre o eternos de Dios - temor de esclavo -  sino por el temor filial de ofenderle y de perderle. Dios es amado en sí mismo y por sí mismo, más allá de su dones, promesas y amenazas: “porque tú  eres mi padre”.

El acto de contrición imperfecta, cuyos motivos nos son más accesibles, nos prepara para el acto de contrición perfecta, en el cual ya se recibe el perdón de Dios: porque incluye la decisión de recurrir mediante la confesión al poder de las llaves (Mt. 16; Jn 20). En la Misa ofrecemos el sacrificio del Hijo para nuestra propia conversión; de ahí la utilidad de hacer celebrar Misas para nuestra conversión.


Cortesía de José Gálvez Krüger
Traducido del francés

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