Cristo se entregó a sí mismo, enteramente, a los dolores y a la muerte por amor a la Iglesia

DOM Columba Marmion

San Pablo nos dice que “Cristo amó a la Iglesia”, La Iglesia significa aquí el reino de aquellos que deben, como lo dice igualmente el Apóstol, formar el cuerpo místico de Jesús. Cristo amó esta Iglesia, y es porque la amó que se entregó por ella. Fue el amor quien comandó la Pasión.

Sin duda, antes de todo, es por amor por su Padre que Jesús quiso sufrir la muerte de la cruz. Lo dijo Él mismo explícitamente: Ut cognoscat mundus quia diligo Patrem, sic facio, “Con el fin de que el mundo sepa que amo a mi Padre,  realizo su voluntad, que es que me entregue a la muerte”.

Vean a Cristo Jesús en su agonía. Durante tres horas, la tristeza, el temor, las angustías, inundan su alma como un torrente, y lo invaden al punto que la sangre se escapa de las venas sagradas. ¡Qué abismo de dolores en esta agonía! ¿Y qué dice Jesús a su Padre? “Padre si es posible aparta de mí este cáliz. ¿Acaso Cristo no aceptaba la voluntad de su Padre? ¡Sí! Ciertamente. Pero esta oración es el grito de la sensibilidad de la pobre naturaleza humana triturada por el disgusto y el sufrimiento: en ese momento, es sobre todo Vir sciens infirmitatem: un “hombre tocado por el dolor”. Nuestro Señor siente el peso espantoso de la agonía pesar sobre sus espaldas; quiere que lo sepamos, y este es motivo por el hace esta oración.

Pero escuchen lo que agrega súbitamente: “Sin embargo, Oh Padre, que no se haga mi voluntad, sino la tuya” He aquí el triunfo del amor. Porque ama a su Padre, pone la voluntad de su Padre por encima de todo y acepta sufrirlo todo. Destaquen que el Padre habría podido, si lo hubiese querido en sus designios eternos, atenuar los sufrimientos de Nuestro Señor, cambiar las circunstancias de su muerte; no lo quiso. En su justicia, exigió que, para salvar al mundo, Cristo se entregara a todos los dolores. ¿Esta voluntad disminuyó el amor de Cristo? Ciertamente no; no dijo: “Mi Padre habría podido disponer las cosas de otra manera”; no, Él acepta plenamente todo lo que quiere su Padre: Non mea voluntas, sed tua fiat.

Irá, en adelante hasta la culminación del sacrificio. Algunos momentos antes de su agonía, en el momento de su arresto, cuando San Pedro quiso defenderlo y golpea con su espada a uno de los que venían para prender a su Maestro, ¿qué le dice el Salvador? Guarda la espada en la vaina; “¿acaso no beberé yo el cáliz que mi padre me ha entregado?” Calicem quem dedit mihi Pater, non bibam illum?

Así pues, es ante todo, el amor por su Padre que empuja a Cristo a aceptar los sufrimientos de la Pasión. Pero, es también el amor que nos tiene. En la última cena, cuando va a llegar la hora de terminar su oblación, ¿qué dice a sus apóstoles reunidos alrededor de él? “No hay amor más grande que aquel de dar su vida por sus amigos”, Majorem hac dilectionem nemo habet, ut animam suma Ponta quis pro amicis suiis. Y este amor que sobrepasa todo amor, Jesús nos lo va a mostrar Jesús, porque, dice San Pablo, “fue por todos que se entregó”. Murió por nosotros, “cuando éramos sus enemigos”. ¿Qué mayor prueba de amor podía darnos? Ninguna.

Igualmente, el Apóstol no cesa de proclamar que “es porque nos ama que se entregó” : por causa del amor que me tuvo, se dió por mí”. Y “entregó”, “dio” ¿en qué medida? Hasta la muerte: Semetipsum tradidit.

Dedicado a Françoise Devaux Patel


Traducido del francés por José Gálvez Krüger  para Aci Prensa

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