r].l=1*new Date();a=s.createElement(o), m=s.getElementsByTagName(o)[0];a.async=1;a.src=g;m.parentNode.insertBefore(a,m) })(window,document,'script','https://www.google-analytics.com/analytics.js','ga'); ga('create', 'UA-526318-1', 'auto'); ga('require', 'GTM-MKNZDXB'); sona, como si son los médicos los que suponen que lo pedirían si pudieran?

¿Quién decide cuál es el concepto de "humano" o "no humano", después de que se ha negado la naturaleza humana, la ontología de la persona y la adecuada concepción de la dignidad humana? ¿Subsiste en el moribundo la dignidad humana, de modo que nadie pueda arrogarse un despotismo de vida y de muerte sobre el que sufre y está a punto de morir?

La cuestión fundamental consiste en redescubrir la dignidad del hombre, de todo hombre como portador del valor de persona, un valor que trasciende la realidad terrena, fuente y fin de la vida social, un bien en el que converge el universo ("quod est perfectissimum in rerum natura", santo Tomás de Aquino), un bien que no puede subordinarse a otro interés cualquiera (como recuerda también la mejor tradición de la moral laica desde Kant). En esta dignidad de persona la tradición bíblica ve la "imagen y semejanza" con el Creador y, en el cristianismo en particular, encuentra la identificación con Cristo mismo ("Estaba enfermo y me visitasteis": Mt 25, 36). Se trata de salvar, a la vez, el concepto de humanidad y el fundamento de la moralidad, respetando la vida y la dignidad de la persona.

La aportación de la Iglesia

La postura de la Iglesia por lo que respecta a la eutanasia es bien conocida; ha sido reafirmada y confirmada constantemente. Es preciso considerarla desde la perspectiva de la defensa de la dignidad y de la vida de todo hombre: "Ahora bien, es necesario reafirmar con toda firmeza que nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie, además, puede pedir este gesto homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad, ni puede consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo. Se trata, en efecto, de una violación de la ley divina, de una ofensa a la dignidad de la persona humana, de un crimen contra la vida, de un atentado contra la humanidad" (Declaración de la Congregación para la doctrina de la fe sobre la eutanasia, 5 de mayo de 1980, parte II: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 6 de julio de 1980, p. 8).

La encíclica Evangelium vitae del Papa Juan Pablo II, que reafirma la condena moral de la eutanasia como "una grave violación de la ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana" (n. 64), insiste en sugerir un "camino diverso (...), el camino del amor y de la verdadera piedad, al que nos obliga nuestra común condición humana y que la fe en Cristo redentor, muerto y resucitado, ilumina con nuevo sentido. El deseo que brota del corazón del hombre ante el supremo encuentro con el sufrimiento y la muerte, especialmente cuando siente la tentación de caer en la desesperación y casi de abatirse en ella, es sobre todo aspiración de compañía, de solidaridad y de apoyo en la prueba" (n. 67). La Iglesia, con su enseñanza, sus actividades y sus instituciones se sitúa constantemente en esta perspectiva.

Europa, que se está presentando al mundo como una unión de pueblos solidarios en nombre de los "derechos del hombre", aún capaz de conservar un patrimonio plurimilenario de civilización humanística, marcada por el respeto de la persona y la práctica de la solidaridad, debería rechazar cualquier infiltración cultural inspirada en el cinismo utilitarista o en la primacía de la economía sobre el hombre, para seguir proponiendo modelos legislativos que defiendan al hombre y su dignidad, en una sociedad solidaria.

Mons. Elio SGRECCIA
Vicepresidente de la Academia pontificia para la vida

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