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El trabajo es una llamada a participar a la obra de Dios

Dios les dijo… llenad la tierra y sometedla

«Sed fecundos y multiplicaos,
llenad la tierra y sometedla;
dominad a los peces del mar, a las aves del cielo
y a todos los vivientes que se mueven sobre la tierra». Genesis 1, 28

El hombre no debe sólo contemplar esta creación «muy buena», sino que también es una llamada a la colaboración. En efecto, para todo hombre el trabajo es una llamada a participar a la obra de Dios y, por esto, un verdadero lugar de santificación. Transformando la realidad, este reconoce que el mundo viene de Dios, el cual lo implica para llevar a cumplimiento la obra buena que Él ha iniciado. Esto significa, por ejemplo, que el grave desempleo fruto de la actual crisis económica mundial, no sólo priva a las familias de los medios de sustentamiento necesarios, sino que, al negar o reducir la experiencia laboral, impide que el hombre se desarrolle plenamente.

El trabajo no debe someter al hombre, sino que el hombre, mediante el trabajo, está llamado a «someter» la tierra (Gn 1, 28).

Todo el globo terrestre está a disposición del hombre a fin de que, mediante su ingenio y compromiso, descubra los recursos necesarios para vivir y haga el debido uso de la tierra. Para este fin, hoy mucho más que en el pasado, no debemos olvidar que la tierra nos la confió Dios como un jardín que cultivar y cuidar (Gn 2, 15).

El uso responsable de los recursos de la tierra, con el fin de obtener un desarrollo sostenible, hoy se ha convertido en una cuestión de primer plano, la «cuestión ecológica». La degradación medio ambiental de numerosas zonas del planeta, el crecimiento de los niveles de contaminación y otros factores negativos como el recalentamiento de la tierra suenan como campanillas de alarma respecto a una dirección del progreso tecnológico-científico que descuida los efectos colaterales de sus empresas. Estudiar políticas industriales, agrícolas y urbanísticas que se centren en el hombre y la salvaguardia de la creación es la condición imprescindible para garantizar a las familias, ya hoy y especialmente en el futuro, un mundo habitable y acogedor.

Después de haber trabajado durante seis días en la creación del mundo y del hombre, el séptimo día Dios descansa. El descanso de Dios recuerda al hombre la necesidad de suspender el trabajo, para que la vida cristiana personal, familiar, comunitaria no se vea sacrificada a los ídolos de la acumulación de riqueza, del hacer carrera, del incremento del poder. No se vive sólo de relaciones de trabajo, funcionales a la economía. Se requiere tiempo para cultivar las relaciones gratuitas de los afectos familiares y de los vínculos de amistad y parentesco.

Lamentablemente en Occidente la cultura dominante tiene tendencia a considerar al individuo sólo más funcional a la sociedad de la producción y de los consumos: mayormente productivo porque está más dispuesto a la movilidad y a la flexibilidad de horarios, consume, en porcentaje, más que aquellos que viven en familia.

Seleccion de texto, Ricardo Fco. Padilla

Fuente: Catequesis VII Encuentro Mundial de la Familia. "El trabajo, la Fiesta y la Familia".

 
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