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Serie Juan Pablo II y empresa (Parte II)
El empresario; la realidad de la empresa y la DSI

Por Guillermo Arroyo, Presidente de Crese y Empresa Responsable

Dentro de la Doctrina Social de la Iglesia, el trabajo lo considera el Papa como “el centro de la cuestión social”. En la encíclica Laborem Exercens, el Papa dirige a los empresarios un mensaje específico, en razón a que ellos son quienes contratan el trabajo y cuyo trabajo consiste en emprender, dirigir y coordinar a los trabajadores, siendo dos factores de la producción que equívocamente se han planteado como si fueran antagónicos en vez de plantearlos como necesario complemento.

La empresa, es ante todo una sociedad de personas, en la que se conjuntan capital, trabajo y organización, para alcanzar un fin arduo, dice Carlos Llano. Siendo ante todo una sociedad de personas hay que señalar, la necesidad apremiante de lograr una armonía y colaboración, respetando la equidad entre las partes a efecto de poder alcanzar ese arduo fin común y poder contribuir al bien común, tanto de la organización como de la sociedad.

El Pontífice, con toda claridad señala que no se puede separar capital y trabajo y menos contraponerlos, en función a que tanto la labor de empresario y la trabajador, son labores realizadas por seres humanos, cuya dignidad está por encima de la objetividad de la labor que realizan, debiendo dar prioridad al sujeto que la lleva a cabo y para ello es necesario superar la Antinomia Trabajo Capital como lo señala en la Encíclica que nos ocupa: “Ante todo, a la luz de esta verdad, se ve claramente que no se puede separar el «capital» del trabajo, y que de ningún modo se puede contraponer el trabajo al capital ni el capital al trabajo, ni menos aún —como se dirá más adelante— los hombres concretos, que están detrás de estos conceptos, los unos a los otros. Justo, es decir, conforme a la esencia misma del problema; intrínsecamente verdadero y a su vez moralmente legítimo, puede ser aquel sistema de trabajo que en su raíz supera la antinomia entre trabajo y el capital, tratando de estructurarse según el principio expuesto más arriba de la sustancial y efectiva prioridad del trabajo, de la subjetividad del trabajo humano y de su participación eficiente en todo el proceso de producción, y esto independientemente de la naturaleza de las prestaciones realizadas por el trabajador”

La antinomia entre trabajo y capital no tiene su origen en la estructura del mismo proceso de producción, y ni siquiera en la del proceso económico en general. Tal proceso demuestra en efecto la compenetración recíproca entre el trabajo y lo que estamos acostumbrados a llamar el capital; demuestra su vinculación indisoluble. El hombre, trabajando en cualquier puesto de trabajo, ya sea éste relativamente primitivo o bien ultramoderno, puede darse cuenta fácilmente de que con su trabajo entra en un doble patrimonio, es decir, en el patrimonio de lo que ha sido dado a todos los hombres con los recursos de la naturaleza y de lo que los demás ya han elaborado anteriormente sobre la base de estos recursos, ante todo desarrollando la técnica, es decir, formando un conjunto de instrumentos de trabajo, cada vez más perfectos: el hombre, trabajando, al mismo tiempo «reemplaza en el trabajo a los demás».(Cfr. Jn. 4,38) Aceptamos sin dificultad dicha imagen del campo y del proceso del trabajo humano, guiados por la inteligencia o por la fe que recibe la luz de la Palabra de Dios. Esta es una imagen coherente, teológica y al mismo tiempo humanística. El hombre es en ella el «señor» de las criaturas, que están puestas a su disposición en el mundo visible. Si en el proceso del trabajo se descubre alguna dependencia, ésta es la dependencia del Dador de todos los recursos de la creación, y es a su vez la dependencia de los demás hombres, a cuyo trabajo y a cuyas iniciativas debemos las ya perfeccionadas y ampliadas posibilidades de nuestro trabajo. De todo esto que en el proceso de producción constituye un conjunto de «cosas», de los instrumentos, del capital, podemos solamente afirmar que condiciona el trabajo del hombre; no podemos, en cambio, afirmar que ello constituya casi el «sujeto» anónimo que hace dependiente al hombre y su trabajo.

El hombre en su calidad de sujeto del trabajo, como nos lo indica la Encíclica, debe ser contemplado como el señor de la creación estableciendo su dependencia del Creador, no como un ser cuya dependencia está en función de un proceso económico, donde sólo aparece como un elemento más del mismo, tanto en su calidad de trabajador, como en la de capitalista, donde no se le considera como señor del capital y de las cosas materiales, que al fin y al cabo sólo son un medio y el hombre sí es un fin en sí mismo, por tanto esos medios materiales deben quedar subordinados al sujeto del trabajo, deben en síntesis, contribuir con el hombre a que éste pueda alcanzar su fin último. El empresario no puede perder de vista que el capital debe estar subordinado al trabajo y no en forma contraria, ya que como se señala, la persona es un fin en si misma y el capital un medio.

En cuanto a la organización económica, hay que entender que no está en primer término el capital invertido sino el hombre, ya que las organizaciones productivas son producto de la asociación de seres humanos que lo hacen de muy diversas maneras, por lo cual la organización debe estar al servicio del hombre y no el hombre a de la organización. Esta no implica que se pueda dar una anarquía, sino que dentro del debido orden quede a salvo la unidad de la dirección, lo que no impide que se deba promover, con acierto y prudencia, la participación en la gestión de todos los miembros de la empresa.

Cuando el trabajo se contempla en su dimensión subjetiva, la clasificación del mismo en directivo y operativo, como hoy en día se plantea dentro del mundo empresarial, o como intelectual y manual, carece de sentido, ya que tanto el que dirige como el que opera, son ante todo personas con una dignidad. Lo que trae como consecuencia que todo trabajo honrado realizado por el hombre, tiene la misma dignidad y por lo mismo no hay trabajo humano de poca monta.

El empresario cuyo trabajo es dar trabajo a los demás, arriesgando su patrimonio, tiene que poner por obra los principios de la Doctrina Social de la Iglesia y a él corresponde su implementación, en calidad de cabeza y ordenador de la estructura, lo cual no significa que el trabajador esté exento de responsabilidad en el papel que le toca jugar.
La responsabilidad del empresario es muy compleja y ardua, ya que debe ser capaza de lograr cumplir con una seria responsabilidad social, logrando una equidad en la consecución de varios objetivos: lograr sustentabilidad en la organización, ofreciendo un rendimiento justo a los inversionista, cumplir con una función social, que implica dar justa prioridad al hombre sobre el capital y los medios materiales, satisfacer equitativamente a todos los involucrados con la empresa, para poder mantenerla en operación, contribuyendo en forma muy importante al Bien Común.

 
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