tsByTagName(o)[0];a.async=1;a.src=g;m.parentNode.insertBefore(a,m) })(window,document,'script','https://www.google-analytics.com/analytics.js','ga'); ga('create', 'UA-526318-1', 'auto'); ga('require', 'GTM-MKNZDXB'); uerte, aunque arrepentidos, confiesen sus propias y las expíen con tormentos que deben padecer”.

San Juan Crisóstomo asegura también, a su vez, que no en vano establecieron los Apóstoles que, cuando se celebran los sacrosantos misterios, se haga conmemoración de los que pasaron ya a la otra vida; porque ellos sabían que tanta práctica le es de gran provecho y alivio”. Por tanto, según este santo doctor, la oración hecha por los difuntos, en su forma más sublime y santa, radica ciertamente en los tiempos apostólicos, y nos sirve de documento y de prueba para demostrar la fe que en aquellos primeros siglos tenían los cristianos siglos en la existencia del Purgatorio.

Y como este Santo Padre se expresan también los Santos Basilio, Anastasio, Hilario, Jerónimo, Gregorio, Agustín y muchísimos otros que sería prolijo enumerar; todos los cuales, Padres y escritores de los primeros siglos de la Iglesia, enseñaron del modo más claro la existencia del Purgatorio, y el poder que tenemos para aliviar y socorrer a las almas que se hallan en él. Por cuanto ellos nos transmitieron se ve que no se trata ya de una innovación y variación de la doctrina cristiana, sino de una doctrina universal que data de la primera y más pura edad de la Iglesia, siendo los Padres y Doctores reconocidos como los expositores más autorizados de la religión cristiana. Pues bien, su unanimidad respecto de la doctrina que atañe al Purgatorio es tal que, Calvino, el más violento enemigo del mismo, se vio forzado a exclamar: “Confieso que desde hace mil trescientos años fue consagrado el uso de hacer oraciones por los difuntos”. Verdad es que, poco después, él mismo, como arrepentido de haberse demostrado demasiado dócil a la verdad, quiso afirmarse en su obstinación añadiendo solapadamente esta temeraria impiedad: “Todos ellos, lo confieso, fueron arrastrados al error…, y los Padres antiguos se adhirieron a la creencia del Purgatorio para condescender con la opinión corriente y vulgar”. Pero ¿qué persona de recto juicio no ve el punto que este subterfugio de Calvino no es sino una atroz impostura y calumnia contra todos los Padres?

Finalmente, entre los muchos testimonios de la antigüedad que dan fe de la creencia en el Purgatorio entre los primeros cristiano, existe también el de las catacumbas romanas. Basta solamente penetrar en aquellos subterráneos para convencerse de esta verdad. Allí, en aquellas silenciosas lápidas, que cierran los lóbulos en donde reposan los cuerpos de los primitivos cristianos, está indeleblemente esculpida la creencia en el Purgatorio. Encima de ellos la vemos expresada en los votos que se hacen por la paz del difunto, en las preces por las que se implora refrigerio para su espíritu, en la esperanza que allí se expresa de que pronto legue a posesionarse de la eterna bienaventuranza, y en las oraciones que el fallecido pide a los vivos para apresurar su liberación. Ahora bien, estos votos, estas preces, esta esperanza suponían, sin duda alguna, el temor de que aquellas almas estuviesen todavía alejadas de la felicidad a la cual suspiraban por llegar. Y las oraciones que ellas imploran de los vivos predican claramente la fe en la utilidad de nuestros sufragios. En otros términos, también, aquellas antiquísimas lápidas, que son de las más antiguas, y datan todas de tiempos anteriores a la paz de Constantino, revelan en los primitivos cristianos su fe en el Purgatorio.

Cortesía de: José Gálvez Krüger
Texto tomado de Falletti, Luis
Nuestros difuntos y el Purgatorio
Luis Pili, Editor, Barcelona, 1939

Comentarios

Síguenos:

El blog de Mons. José Gómez

Tendencias:

Cara a cara con Alejandro Bermúdez
Libros del padre José Antonio Fortea