Encontrando a Dios en la prisión de  Franco: una nueva edición del “Salterio de mis horas” de Luis Lucia.

Por Jean Boudet

La guerra civil española (1936-9) planteó un dilema al mundo católico. Apoyar a Franco, pro-católico y anticomunista, era, en alianza con Hitler y Mussolini, apoyar el fascismo y oponerse al estado de derecho democrático. Apoyar al gobierno electo de la República constitucional era, en alianza con Stalin, apoyar el comunismo y la persecución del catolicismo. En esas circunstancias, los que se oponían a las matanzas de sacerdotes y monjas no podían luchar en el mismo lado que los que se oponían a las matanzas de judíos.

Luis Lucia Lucia (1888-1943) fue un periodista y político de Valencia que sufrió ese dilema en su misma persona: él era a la vez un católico conservador y un republicano progresista en lo social. Fue encarcelado por la República por complicidad con Franco y posteriormente por Franco por complicidad con la República. Pero lo absurdo de su sufrimiento le dio el entendimiento: conformidad ideológica y amor de Dios son dos cosas diferentes. El legado espiritual de Lucia, un corto libro de reflexiones místicas escritas en prisión (1937-40), Salterio de mis horas, está ahora disponible por primera vez en una edición amplia, completa y sin censura. (Luis Lucia Lucia, Salterio de mis horas, con Introducción y Notas de Vicent Comes Iglesia, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2014)

Lucia había ayudado a fundar en Valencia el primer partido demócrata cristiano español y, en el contexto de la Segunda República Española (el sistema de gobierno democrático de España, que se formó en 1931, cuando el rey Alfonso XIII abdicó, y que fue derrocado en 1939 por el general Francisco Franco, quien implantó a continuación una dictadura militar), sirvió como diputado en el Parlamento y en 1935 como ministro del gobierno. Dieciocho meses después estaba en la cárcel. Lucia apoyó la República y el estado de derecho bajo una constitución democrática, y lo hizo frente a católicos conservadores enamorados de lo que él llamaba “la mística de la violencia” como política social. Aunque gustaba de hacer distinciones precisas, él no veía diferencia entre el martirio por el estado de derecho, incluso cuando este le traicionaba, y el martirio por su fe católica. Si el amor al prójimo del cristianismo requiere compromiso social, como él pensaba, su persecución política era persecución en nombre de Cristo.

Este nuevo volumen de la Biblioteca de Autores Cristianos está editado por Vicent Comes Iglesia, un  historiador especializado en la España contemporánea que enseña en Florida Universitaria (Valencia) y que investiga sobre los católicos conservadores del siglo XX de orientación social progresista. Su larga introducción está basada en su biografía política de Lucia, En el filo de la navaja (2002). Tras los eventos de 1936, Lucia cayó en la obscuridad. Según Comes, Lucia fue silenciado por Franco, que murió en 1975, e ignorado por la transición posfranquista, resultando siempre incómodo para ambos bandos. El volumen intenta traer de nuevo a la luz no solo la trayectoria y el pensamiento político de Lucia sino también, en palabras del director de la BAC Carlos Granados, “una obra poético-religiosa de enorme valor” y “el testimonio cristiano de un gran hombre de fe, de un gran creyente”.

En el colegio de los jesuitas el joven Lucia había aprendido “virtud y letras” así como servicio social dentro de un proyecto jesuita para la educación de trabajadores en Valencia. Después del colegio se licenció en Derecho y practicó como abogado por unos años, pero finalmente decidió dedicarse al periodismo de opinión, actividad profesional que ejerció de forma ininterrumpida desde 1918 hasta el comienzo de la guerra civil.

Comes presenta extractos del vehemente periodismo de Lucia que evocan vivamente el sentir de aquellos tiempos. Por ejemplo, Lucia escribió en 1922 sobre sus objetivos para el periodismo católico: “Pensad en la mejor institución cristiana que pueda el celo de los hombres inventar; llevad al orden piadoso la más bella y mejor organizada iniciativa; fundad Órdenes religiosas nuevas que asombren al mundo por la santa sagacidad de sus procedimientos de reconquista espiritual; levantad templos cuyas líneas arquitectónicas sean pasmo de las generaciones venideras; formad entidades sociales con idearios selectísimos y organizaciones admirables (…). Si ante todas esas obras, sumum de la aspiración de los católicos, no levantáis una muralla de rotativas que inunden el mundo de doctrina cristiana, no habréis hecho más que preparar pasto abundante para que con él gocen  las fieras del bolcheviquismo, que encontrarían el frente flanco a sus furias antirreligiosas y antisociales”.

A partir de 1919, según Comes, Lucia se separó del carlismo –agrupamiento de católicos conservadores, monárquicos y tradicionalistas– y tuvo la oportunidad de traer las ideas del siglo XX a la política católica, reinterpretando el antiliberalismo de Pío IX y el Syllabus. Su púlpito fue la dirección del Diario de Valencia, una ciudad cuya política estaba dominada por el republicanismo anticlerical. Las ideas que se convertirían en sus preocupaciones políticas características empiezan a emerger en sus escritos de los años 1920: apoyo a los sindicatos, a los derechos de los trabajadores y a un salario digno; oposición a las preguntas sobre religión para entrar a militar en el sindicato; insistencia global en equilibrar el derecho a la propiedad privada con el bien común dando prioridad a la justicia social por encima de la caridad y el mecenazgo. La progresista enseñanza social de León XIII obligaba a los católicos; Lucia encontraba heterodoxa la despreocupación por la justicia social que mostraban sus rivales políticos desde un catolicismo más conservador.

La dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923-1930), a cuya censura gubernamental estaba sujeto el Diario, le preocupaba a Lucia. En 1931dio la bienvenida desde el Diario a la fundación de la República Española y animó a los católicos a participar en democracia, lo que representaba una postura liberal en aquella España de los años 1930. Su concepción del compromiso político era la de los obispos españoles, si no el de todos los conservadores católicos: los católicos debían ser indiferentes a la forma de gobierno bajo la que vivían, fuera monarquía o república, esperando algún bien posible incluso en un régimen hostil a la Iglesia.

En 1930 en su libro, En estas horas de transición, Lucia criticaba duramente a los conservadores demasiado puros para involucrarse en política: “Nuestra generación (…) tiene un defecto del que la izquierda carece. (…) Por ahí anda toda esa legión numerosísima de los 20 a los 50 años, jóvenes beneméritos, caballeros dignísimos, modelo de católicos y de ciudadanos, con los cuales bastaría y sobraría para revolucionar cristianamente a España, para que la España cívica (…) fuera un reflejo fiel de los princi s del derecho público cristiano. Pero ¡¡ay!! que ellos no quieren contaminarse con la política, con la ¡nefanda política!, con ¡la pequeña y grosera política! Ellos no quieren ¡«significarse»! Se creen algo así como la aristocracia quijotesca del espíritu, que entrega estos bajos menesteres de determinar si su patria ha de regirse conforme a las leyes de Dios o a las del infierno, a un grupo de prosaicos, resellados para siempre con el tatuaje «partidista» (…) Es en la tribuna de las corporaciones y los parlamentos donde se riñen hoy las grandes batallas de la fe, y en las luchas de la calle.”

Pero la legislación anticatólica del gobierno republicano (que en 1931-33 cerró iglesias y conventos, expulsó a los jesuitas y prohibió la enseñanza a  las órdenes religiosas) puso a prueba el optimismo de Lucia. En respuesta, él escribía: “Nosotros queriendo hacer republicanos, es decir, ciudadanos que acaten sinceramente el nuevo régimen por convencimiento. El Gobierno procurando, con inconsciencia suicida o con sectarismo inconcebible, hacer monárquicos por natural reacción contra su actuación antirreligiosa. ¿Quién defiende más y mejor a la República?”.
En 1933, también como respuesta, Lucia pasa a ser cofundador y vicepresidente de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), una coalición política de derechas partidaria de la República que obtuvo la mayoría relativa en las elecciones de noviembre de 1933. Lucia ocupó su escaño en el Parlamento y sirvió como Ministro del Gobierno en dos períodos breves bajo dos gobiernos en 1935, en las carteras de Obras Públicas la primera vez, y Obras Públicas y Comunicaciones la segunda vez. En su corto tiempo como ministro, trabajó en programas de infraestructura en áreas rurales: irrigación, comunicación, teléfonos y carreteras.

Lucia había visto la CEDA como una coalición de conservadores republicanos: reconociendo el imperio de la ley incluso bajo un régimen anticlerical, renunciando a la violencia, defendiendo la doctrina social de los papas. Pero a pesar de las esperanzas que Lucia albergaba de establecer puentes entre la ortodoxia católica y el progresismo, la realidad era que la CEDA estaba dirigida por el autoritario José María Gil-Robles. Ambos tenían diferencias constantemente, minimizadas en la  prensa, según Comes, quien se cuida mucho de distinguir entre los dos políticos. Comes me dijo por correo electrónico que Lucia había planeado abandonar la CEDA en una convención prevista para septiembre de 1936, antes de que los acontecimientos cambiaran todo. Lucia recuperó su escaño de diputado en las elecciones de febrero de 1936, pero la victoria del izquierdista Frente Popular terminó de destrozar todo rastro de unidad dentro de la CEDA entre los conservadores y los democratacristianos.

La sublevación militar contra el gobierno del Frente Popular el 17 de julio de 1936 planteó a Lucia el dilema de toda una vida. Como testimonio de su creencia en el sistema democrático había escrito en 1933: “No pretendamos los hombres de derecha tener el monopolio de la honradez; hombres naturalmente buenos los hay en todas partes, y el número de los equivocados es en este mundo, para honor de la dignidad humana, infinitamente mayor que el de los perversos. (…) La política es lucha de ideas, no de personas. La política es batalla de inteligencias, no de brazos. (…) Y por eso la política no debe ser (…) injuria, sino cordialidad. Y no debe ser insulto, sino educación. (…) Combate rudo, fiero, constante, implacable contra las ideas, pero con total y absoluto respeto a las personas, parándonos y descubriéndonos como caballeros a las puertas de su honor, que por ser de hombres es tan respetable como el nuestro, y que por ser de hombres que no somos nosotros es todavía, si cabe, más respetable que el nuestro…”

De acuerdo con esas convicciones, al día siguiente, el 18 de julio, apenas unas horas después de que se conociera la noticia en la península, envió un telegrama crucial al gobierno democrático confirmando su lealtad: “Como ex ministro de la República, como Jefe Derecha regional valenciana, como diputado y como español, levanto en esta hora grave mi corazón por encima de todas diferencias políticas para ponerme al lado de la autoridad que es frente a la violencia y la rebeldía la encarnación de la República y de la patria. Luis Lucia Lucia.”

Como el telegrama representaba el apoyo de un político de la CEDA, el Gobierno lo difundió por la radio a lo largo de aquel día, pero eso no le salvó de que se le identificara con los militares sublevados. Tras unos meses escondido por temor a los grupos incontrolados, fue arrestado en 1937, encarcelado en Valencia y luego en la cárcel Modelo de Barcelona, y posteriormente acusado, sin pruebas, de complicidad con la rebelión militar, por lo que el fiscal llegó a solicitar para él una pena de 30 años.

Cuando Barcelona cayó ante Franco en enero de 1939, los prisioneros políticos de derechas fueron liberados, pero esto no supuso la libertad para Lucia. Las pruebas para su defensa bajo el régimen republicano fueron tomadas como pruebas en su contra en el régimen de Franco. El telegrama de Lucia había enfurecido a Franco. El texto de la sentencia (27 febrero 1939) deja claro que su crimen fue el antifascismo y la adhesión al imperio de la ley:
“…los hechos evidencian la evolución ideológica del procesado que va desde la santa rebeldía contra la iniquidad (…)  a la mansedumbre servil y conformista de un régimen que, por los caminos del deshonor y del crimen, hubiera llevado a España al abismo (…) Este ideario que en los momentos precedentes y coetáneos al Alzamiento Nacional mantenía el Sr. LUCIA, es enemigo de todo procedimiento de violencia, es defensor de la democracia y de las vías legales, es de respeto absoluto al Poder constituido.”

El gobierno militar de Franco condenó a Lucia a la pena de muerte “por auxilio a la rebelión”. La sentencia fue conmutada, tras la intervención de varias autoridades, a 30 años de prisión, y posteriormente, en julio de 1941, al exilio en Mallorca. Autorizado a volver a Valencia para el tratamiento de lo que resultó ser un cáncer de páncreas, Lucia murió allí el 5 de enero de 1943 y fue enterrado discretamente tras una Misa funeral privada.

El Salterio de mis horas, el legado de la arruinada vida de Lucia, le mantuvo ocupado durante las largas horas de los cuatro años de prisión (1937-40), escribiendo de forma espontánea, “sin borrador alguno y al correr de la pluma”. Está solo, frío, perdido y hambriento. Pero el Señor está con él: “Me hablas siempre, a todas horas”, como calor, camino y pan de vida. Lucia lo pensó inicialmente como un texto privado para su esposa, sus cinco hijos y unos pocos amigos íntimos con los que tenía “una absoluta identificación espiritual”, incluida su hermana carmelita. Espiritualmente, era “demasiado delicado” para que lo leyera cualquier otra persona; se requería la “máxima discreción”. Pasó el texto a limpio y lo dedicó en la Nochebuena de 1940, “en las quintas Navidades de mi cárcel por mi Dios y por mi España.  Barcelona, cárcel Modelo, celda 17”.

 Lucia había considerado y abandonado la idea de una publicación anónima del Salterio, nos dice Comes, y poco después de su muerte en 1943 la familia se había asegurado de obtener la aprobación eclesiástica del manuscrito. Pero al parecer la publicación fue desalentada por el régimen. Una primera edición privada, limitada a unas 500 copias, fue organizada en 1956 en Valencia por la familia y amigos, animados por el Arzobispo Marcelino Olaechea Loizaga (1946-66). El texto se basó en una copia que la hija de Lucia, Josefina, había mecanografiado al dictado en Mallorca en 1941 y que Olaechea pudo leer en el hogar de otra hija de Lucia, Pilar.

La edición de 1956 era casi completa e incluía la referencia de las numerosas citas bíblicas que Lucia había transcrito de memoria. Pero la censura gubernamental exigió la supresión de toda referencia a la autoría del Salterio por parte de un prisionero político, de su dedicatoria en Nochebuena desde la cárcel, así como de la nota final en la que pedía discreción.

Esta elegante nueva edición del Salterio, basada en un manuscrito autógrafo que todavía guarda la familia, es por lo tanto la primera publicación de la obra totalmente libre de censura. Una introducción por el Arzobispo de Valencia (hasta octubre de 2014, ahora Arzobispo de Madrid) Carlos Osoro Sierra recuerda el apoyo de Olaechea a la obra. Contiene 15 ilustraciones en color que muestran las diversas etapas del texto y muestran a Lucia en su esplendor ministerial en 1935 y en las rebajadas circunstancias de 1940 en un retrato a la acuarela realizado por un compañero de prisión.

El Salterio, con 28 salmos en total, es una “expansión del alma” para que la escuchemos como por sorpresa. Él entiende su encarcelamiento como un Calvario y su salterio como un Getsemaní que ora sobre la ofrenda de su cáliz. Lucia se pregunta, como el salmista bíblico antes que él, acerca de la providencia de Dios en un mundo miserable y contradictorio: ¿Por qué me han desposeído de todo? ¿Cómo puedo perdonar a mis enemigos? “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Sin embargo, “Mis quejas no son quejas, sino desahogos de amor... Porque pedir no es exigir…”

Los salmos de Lucia son poemas en prosa. Se basan para su música en ritmos retóricos tales como la anadiplosis (como en Romanos 5, “la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza…” o, como en un pasaje de un artículo periodístico de Lucia que Comes cita, “La educación es respeto, y el respeto es paz, y la paz es orden, y el orden la base primaria e indispensable para la vida de las sociedades y para la mutua comprensión de los ciudadanos que la integran…”). Un ejemplo:

“Perfección es cooperación.
Cooperación de gracia y de voluntad…
Voluntad que es libertad.
Libertad que es posibilidad de mérito.
Posibilidad de mérito, que es la llave puesta en mis manos por tu Amor para en­trar a mi antojo en el reino de tu gloria...”

También usa paralelismos (como en los salmos bíblicos):

“Cuando la pobreza me rodea, es porque me quieres pobre, y porque sabes el fruto de austeridad que puedo sacar de mi pobreza.
Y cuando el hermano me calumnia, es porque me quieres calumniado y porque sabes el fruto de humildad que puedo sacar de la calumnia…”

Prisionero tanto de la República como de Franco, se ha hecho especialmente sensible a la paradoja, y esta es su técnica retórica más utilizada. Él intenta reconciliar los equilibrios y contradicciones más difíciles de la vida cristiana, queriendo ser una “balanza en equilibrio” que se inclina hacia donde Dios quiere. Buscar respuestas de Dios es compatible con el sometimiento a la voluntad de Dios. La obediencia a Dios no es conformidad auto-aniquiladora, sino unión e identificación. Él busca amar sin temor, pero el amor le provoca el temor de perder para siempre a aquel a quien ama.

La prisión le lleva a meditar sobre la libertad: “Yo quiero ser libre.
Yo quiero saber ser libre.” Pero el propósito de la libertad, paradójicamente alcanzable en prisión, es el sometimiento a la voluntad de Dios.
“… con el acto más soberano de mi libertad…renuncio a mi libertad”. En el Eclesiastés, el principal deber de la persona humana es temer a Dios y hacer su voluntad. “Pues bien, Señor: yo quiero ser todo un hombre.
Y porque quiero serlo, me entrego completamente a Ti.” Sin embargo, Lucia distingue entre diferentes tipos de obediencia: él quiere hacer la voluntad de Dios no en “conformidad” sino en “identificación” y unión:

“Porque conformidad sabe a resignación y resignación a sacrificio.
Y en mí, no hay sacrificio.
Y porque conformidad dice dolor de renunciamiento.
Y no es doloroso, sino gozoso mi renunciamiento.
No quiero, Señor, conformarme contigo, sino uniformarme contigo...
Uniformar nuestra voluntad con la de Dios es la cumbre de la perfección.
¡Y yo quisiera, Señor, llegar a esa cumbre...!”

Por supuesto, los cristianos tienen que amar a su prójimo. Para Lucia, la formación religiosa presupone empatía y se convierte en un acto de servicio y solidaridad, no de poder:

“Si yo fuera el único hombre del mundo creado, sólo una fe ciega te pediría, Se­ñor.
Pero yo tengo hermanos.
Y porque mis hermanos han hambre y sed de tu Fe, yo te la pido razonada tam­bién…
Por eso, cuando hurgo en tus llagas buscando las razones de mi fe… ¡no te me duelas, Señor!
Que buscar no es dudar.
Y el que busca es porque quiere y cree encontrar.
Y no busco para mí, sino para mis hermanos.
Dame, Señor, para mí, la ciega fe del carbonero.
Pero dame, también, para infundirla en mis hermanos, toda la ciencia de la fe de tus grandes doctores...”

Como Jesús murió no solo por los que le amaban, sino también por los que le crucificaron, Lucia debe perdonar a los enemigos políticos que le condenaron a muerte, sus antiguos amigos y colegas:

“Pero mi prójimo, Señor, no es sólo… el que está junto a mí…
sino todo hombre.
Lo mismo el de mi raza, que los de las razas que contra la mía se levantan.
Lo mismo el que me dio su sangre que el que me la arrebató.
Lo mismo mi amigo que mi enemigo.”

Pero como Lucia busca el perfecto amor de Cristo, él distingue entre el perdón a los enemigos, que a veces solo significa olvido, y el amor real hacia ellos:

“A las puertas de la muerte me llevaron porque no sabía odiar.
Y de las puertas de la muerte vuelvo y aún no he aprendido a odiar…

Mató el asesino para dar al amor de sí mismo el placer de su venganza.
Y robó el ladrón para dar al amor de sí mismo el placer de su riqueza.
Y se revolcó en el fango el lujurioso para dar al amor de sí mismo el placer de su lujuria.”

Lucia aspira a la indiferencia, a ser papel en blanco para la pluma de Dios, agua para cualquier jarrón, arcilla del alfarero, pues dolor y placer deberían ser lo mismo para él (“Y yo no puedo ir a Ti en regateo egoísta del dolor de mis sudores”), pero su desprendimiento no es ascético o decadente:

“Pero este desasimiento, Señor, no puede excusarme de mis deberes ni para conmigo, ni para con mi prójimo.
Porque el desasimiento de los bienes, no es abandono material sino desafección espiritual.”

El santo desasimiento de las cosas de este mundo no es una huida del mundo. Ni el amor a Dios implica desprecio del mundo:

“Y porque soy imagen tuya, puedo gozar de todos los privilegios de la dignidad humana…
Todas las cosas son tuyas.
Y no te amara verdaderamente a Ti, si no amara también a todas tus cosas…
Amo el aroma embriagador de tus flores, porque Tú me has dado el sentido para que lo perciba.
Amo los frutos de tus campos,  porque Tú me has dado el sabor que me permite gustarlos.
Y amo lo mismo a la mano que me acaricia que a la espina que me hiere, porque Tú me has dado la sensibilidad lo mismo para la dulzura que para el dolor.”

Lucia ha experimentado una conversión en la prisión. Las amenazas de Jesús le aterran: el juicio contra el hombre de los muchos talentos, la maldición de la higuera, las palabras “apartaos de mí todos los obreros de la iniquidad”.  Lucia es el hijo pródigo que ahora desea volver a la casa de su Padre. Aunque, el Señor lo sabe, sus labios le “proclamaron en la gran asamblea”, su mérito es pequeño comparado con sus grandes pecados. A veces usó su talento para “deslumbrar” más que para “alumbrar” a su gente. A veces estaba demasiado ocupado para  Dios. “Quise deshacerme de tu suave yugo, que creí pesado, y fui a caer como esclavo en el rudo servicio de los hombres implacables.”

¿De qué pecado estaba Lucia avergonzado? Después de una vida política dedicada a defender el pensamiento y los intereses del catolicismo, ¿qué quiere decir cuando afirma “te he negado muchas veces con mi conducta”? Nada vergonzoso en particular, cree Comes, tal como me dijo, pero cuando Lucia a sus más de 50 años se vuelve para contemplar su vida pasada, tratando de entender por qué está en prisión y por qué ha sido condenado como traidor por un régimen establecido por todos sus antiguos amigos, él ve su carrera como figura pública como pobre y espiritualmente vacía.

Lucia ahora busca la perfección, una profunda unión con Dios. “Cansado y desengañado” de la política en general, él se arrepiente de la ideología política: “Harto de servir a señores que se me puedan morir y de poner mi corazón en causas que no sean Tú mismo y sólo Tú mismo, jamás tuve más hambre de Ti, ni más sed de Ti, ni más loco anhelo de Ti.”

Ahora, convertido y relativizando cualquier ideología, se identifica simplemente con la voluntad de Dios, con la cruz. ¿Cómo puede ser sufrimiento cuando el sufrimiento lleva a Dios? Dirigiéndose a su cruz, escribe:

“Primero, te sufrí con paciencia.
Después, te llevé con gusto.
Hoy te abrazo ya con amor...”

Ejerciendo como laico su parte en el sacerdocio de Cristo, Lucia concluye el Salterio llenando el cáliz de la ofrenda con sus sufrimientos en unión con la comunión de los santos y orando por toda la Iglesia, por los trabajadores de la cosecha, por la unidad de los cristianos, por las pacíficas intenciones de Pío XII, por su familia y sus seres queridos, y finalmente por España, “mi España… que hoy quiere retornar a Ti y que, por haber rehuido tantas veces tu llamamiento, tiene que pasar ahora por encima de tantas vidas, y de tanta sangre y de tantos dolores y lágrimas…” “Y llegan, Señor, a mí los dulces y a la vez escalofriantes ecos de tu Gran Promesa, de tu Gran Ofrenda y de tu Gran Plegaria…”
La tarea de situar el Salterio en un contexto literario y teológico más amplio está fuera del alcance de la introducción de Comes, pero él nos dice que su influencia más inmediata fue la de Élisabeth Arrighi Leseur (1866-1914, ahora sierva de Dios), cuyo itinerario espiritual leyó Lucia en la prisión en el verano de 1939. Ella había experimentado una conversión desde un catolicismo convencional y aburguesado a un misticismo profundo a finales de los años 1890, y pacientemente logró la conversión de su anticlerical marido tras su muerte. Lucia estaba impresionado, tal como escribía a su familia, por una “joven casada francesa que en medio de la sociedad parisina fue una santa sin que nadie advirtiera otra cosa que la santidad de su alegría que hasta parecía mundana”, y se sentía sacudido por sus palabras, “el sufrimiento es la forma más elevada de acción, … útil para los demás y para las grandes causas que uno anhela servir”.
Lucia también hereda ampliamente de la espiritualidad católica tradicional; el Salterio encuentra un lugar entre los escritos de prisión tales como la carta a los Filipenses, en la que Pablo encarcelado perdona a sus compañeros cristianos, que se habían convertido en sus enemigos y que ahora se burlan de su desgracia, mientras Cristo sigue siendo predicado, o las cartas de Ignacio de Antioquía en su camino al patíbulo, o los Cánticos Espirituales de Juan de la Cruz, encarcelado por su compañeros carmelitas, o los últimos escritos de Tomás Moro. Otro ejemplo de político desposeído que había llegado a ser optimista sobre las posibilidades de un estado católico, Moro escribió desde la Torre en 1534 una oración no muy diferente de la de Lucia:

“Para cortar toda recreación innecesaria,
Para ganar a Cristo, que estime en nada de nada la pérdida de fortuna, amigos, libertad, vida, y todo.
Para que tenga a mis peores enemigos por mis mejores amigos; pues los hermanos de José nunca podrían haberle hecho tanto bien con su amor y favor como le hicieron con su odio y maldad.”

Como Francisco de Asís, él ama toda la creación: “Soy hermano de todas las cosas”. Pero como Agustín, él también reconoce esa frustración inherente a la creación que apunta a Dios: “Y es amarte a Ti también, amar el dolor de las cosas que para nuestro penar creaste”. Él cita a Francisco de Sales: “Uniformar nuestra voluntad con la de Dios es la cumbre de la perfección”. Y se hace eco de los cánticos de Teresa:

“¡Morir en el amor!
¡Morir por el amor!
¡Morir para el amor!
¡¡¡Morir de amor!!!…”

El Salterio también mira al futuro. Habiéndose enfrentado a su manera a la violencia y contradicción características del siglo XX, Lucia comparte lo que pronto serían las preocupaciones conciliares de mitad del siglo. Su énfasis en la libertad y en la distinción entre conformidad y unión con Dios anticipa la idea filosófica juanpaulina de “persona y acto”. Karol Wojtyla, en “Llego al corazón del drama” (1974) escribe como un poeta gemelo:

“Tú pagas con todo tu ser tu libertad de persona cabal.
Pagando siempre, llegas a poseerte de nuevo;
Y a esto hay que llamarlo libertad.
Pagando siempre,
Entramos en la historia
Y trascendemos todas sus épocas…”

Cuando Lucia habla de la semejanza de la persona humana con Dios como la base de la solidaridad y el preludio de la auto-donación, se anticipa a la Gaudium et Spes.

La vida y la oración de Lucia dramatizan un tema que Josef Ratzinger / Benedicto XVI comenzó a desarrollar en Introducción al cristianismo (1968): “el hombre, dejando atrás la cerrazón y la tranquilidad de su yo, sale de sí mismo para seguir las huellas del crucificado y para existir para los demás, mediante la crucifixión de su propio yo”; y que continúa en Caritas in veritate (2009): “Sólo el encuentro con Dios permite no «ver siempre en el prójimo solamente al otro», sino reconocer en él la imagen divina, llegando así a descubrir verdaderamente al otro y a madurar un amor que «es ocuparse del otro y preocuparse por el otro»”.

Pero Lucia no reza y escribe desde una prisión de los romanos o de los Tudor, sino, durante parte de su pena, desde la prisión de un régimen reconocido por el Vaticano y por el mundo católico en general. El autor del Salterio aprendió a diferenciar conservadurismo de ortodoxia, y ortodoxia de la unión con Dios crucificado y torturado. La cruz es algo más que un símbolo coercitivo, como lo fue para Constantino o Franco. Es más bien un desconcertante calvario que a Lucia le lleva a amar, “a besar  las manos benditas que firmaron mis sentencias de muerte”, en vez de desear matar a sus enemigos políticos en su pugna por un régimen católico. La figura de Lucia da luz sobre cómo la política fascista (y también la anticlerical) implica una teología y una espiritualidad anti-personalista, y cómo los cristianos en actitud de humilde servicio podrían reconocer la humanidad de un enemigo, incluso en política. El Salterio de Lucia nos debería dejar claro que, cualesquiera que sean los posibles atractivos del autoritarismo político para imponer una ortodoxia católica o un bello orden social, en palabras del director de la BAC Carlos Granados, “la belleza cristiana no es nunca el esteticismo mundano. La belleza cristiana es más bien esa cualidad propia de la verdad crucificada”.

(Esta nueva edición del Salterio de Lucia es también de interés por la conexión de la obra con la historia del padre Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, quien se apropió de ella haciéndola pasar como suya. Este tema será tratado en un segundo artículo.)

Publicado originalmente en Catholic News Agency (CNA) en el mes de julio. Traducido por Fernando Sols Lucia, nieto de Luis Lucia.

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